CRONICAS DE EL CAMAJON
SINCELEJO 2014
Acerca del autor.
Nació en Montería el
28 de agosto de 1939. Hijo de un talabartero, José del Carmen y de una
campesina lavandera de ropas ajenas, Silvia Rosa. La lucha política de entonces
quedó enmarcada en lo que aún se llama “Época de la Violencia”, un sofisma
generalizado para ocultar la verdad y la historia. Su familia paterna, liberal,
fue blanco predilecto de los chulavitas, hasta dejarla en la ruina. La familia
materna se preciaba del remoquete de “goda” y entonces los “chusmeros” le
dieron de la misma taza. En aras de las doctrinas rojas y azules vivieron desde
entonces entre las tinieblas de la miseria.
Los requerimientos
familiares, que para el momento eran superiores a la veintena, le obligaron a abandonar
la única escuelita que pisó, en donde sobresalió por su voluntad de ser
diferente, a deambular por las calles de su pueblo vendiendo toda clase de
chucherías, sin dejar de adquirir las obras literarias más famosas que entonces
se editaban en folletos.
Ese afán por
devorar lo que encontraba escrito y la encomienda de llevar a lectores
clandestinos los periódicos revolucionarios, le permitieron analizar la
situación y a formarse criterios políticos, a escudriñar las diferencias entre
los rojos y los azules, pero sin traspasar los límites de la decencia
adquiridos en el hogar. Esas lecturas, si bien desordenadas, le abrieron caminos
que emprendió con suficiencia y pasar de vendedor de confituras, periódicos,
ayudante de camión, ayudante de albañilería, aprendiz de sastre, de
talabartería, zapatería, fotografía, operario de imprentas, linotipista a empleado
en numerosas entidades en donde, en su momento, fue exaltado hasta llegar al periodismo,
sin quererlo y sin buscarlo, actividad a donde arribó casi niño y en la que
espera morir en actividad.
Con buena
aceptación entre los lectores, hasta el momento ha publicado nueve obras sobre
distintos tópicos y piensa que antes de morir debe publicar dos novelas listas,
pero para las cuales no ha logrado patrocinio.
Su criterio, rayano
con la terquedad, insiste en que no es novelista, ni ensayista, ni cuentista. “Apenas
me atrevo a aceptar que soy periodista, porque por cincuenta años he pergeñado
el acontecer de los lugares en que he trabajado”. Ha recibido tantas preseas
que un humorista le recalcó en una visita a su oficina, que tenía más cartones
que un tugurio. Desde aquel momento, nadie sabe a dónde fueron a parar
diplomas, medallas, trofeos y otras formas que destacan su vida como periodista.
Ese es el personaje que entrega esta obra, que alborotará recuerdos y
denunciará lo que nadie se atrevió en más
de medio siglo.
In Memoriam
Julio Oviedo, jefe
conservador de buenos Aires (Antioquia); José Toscano, obligado a ser guía de
El Charro y los
Chulavitas en el Urabá costeño; Naudín bello González, conservador que se salvó
de la
sentencia Chulavita
y se tornó liberal. Mis padres, José del Carmen y Silvia Rosa, víctimas de la
acción
de criminales de
uniforme; Felicia Cuadrado, que en diferentes ocasiones se enfrentó machete en
mano
con los dementes de
la Popol o Chulavitas. La negra Candelaria, testigo presencial de horrendos
crímenes
de la policía.
Compañeros de la patota del barrio Obrero, liberales y conservadores, muchos de
los cuales
sufrieron el
vandalismo oficial.
Ellos y algunos
pocos que aún viven, nos entregaron sus testimonios para elaborar este
trabajo.
In Memoriam
Julio Oviedo, jefe conservador
de buenos Aires (Antioquia); José Toscano, obligado a ser guía de
El Charro y los Chulavitas en el
Urabá costeño; Naudín bello González, conservador que se salvó de la
sentencia Chulavita y se tornó
liberal. Mis padres, José del Carmen y Silvia Rosa, víctimas de la acción
de criminales de uniforme;
Felicia Cuadrado, que en diferentes ocasiones se enfrentó machete en mano
con los dementes de la Popol o
Chulavitas. La negra Candelaria, testigo presencial de horrendos crímenes
de la policía. Compañeros de la
patota del barrio Obrero, liberales y conservadores, muchos de los cuales
sufrieron el vandalismo oficial.
Ellos y algunos pocos que aún
viven, nos entregaron sus testimonios para elaborar este trabajo.
Escribir solo para lectores especializados,
para espíritus selectos, origina un distanciamiento entre la realidad de lo ocurrido
y la literatura. Generalmente lo que se escribe parte de un hecho cierto, un
acontecimiento real, que por razón del florilegio aparece en un escenario
diferente. La literatura se rodea de lujos, espacios elegantes y tiempos
favorables y ni siquiera los personajes secundarios e intrascendentes parecen
pertenecer a los estratos que les corresponde. En este contexto los miserables
no existen, solo lujo, belleza, ostentación, poder y riquezas. Tal vez a eso se
deba que la señora Corín Tellado publicara tantos libros, que ella misma no
supo cuántos. En las aventuras de vaqueros del oeste norteamericano, un Marcial
La Fuente Stefanía, creó un modelo de vaquero con equis pies de altura, cuerpos
estructurados y atléticos y una infinitud de virtudes, que convirtieron a la
lacra del viejo oeste norteamericano, a los asesinos gringos, en prototipo del
hombre perfecto y deseado por las mujeres. Ni aquella ni éste, pasaron de allí.
Sabemos quiénes somos, de dónde venimos y para dónde vamos y cuál es nuestro
lugar, y se nos facilita tomar decisiones. En ese aspecto mantenemos un
criterio que nos distancia del sistema imperante. No obstante, dejamos establecido
que no hay originalidad porque el primer paso lo dio el alemán GEORG BUCHNER
(1813-1863), ese sí autor consagrado por la crítica europea, y de las obras “LA
MUERTE DE DANTON” y “WOZZECK”, en las que por primera vez la miseria y las
pasiones del pueblo se introducen con toda su crueldad en el plano literario.
La realidad, la verdad, las proezas y los
fracasos, los aciertos y los errores, los defectos y las virtudes, el bien y el
mal son iguales en la cima de la clase empingorotada como abajo en el lumpen,
el arrabal, los tugurios que avergüenzan a los de arriba.
Los arrabales, los extramuros, las barriadas
populares y el campo, son tan apropiados para retratar la vida de una
comunidad, de una zona o de un país, como el de la clase alta.
Ofrecemos este trabajo con la esperanza que
desde la clase media —si es que para la época existe— hacia abajo, se entienda
el propósito. Si bien la historia, como los novelistas, se circunscribe en gran
medida a zonas sociales en estas calendas bautizadas élite, nada puede impedir que
la chusma sea usada en la escritura de la historia. Esa la potísima razón para
que resulten héroes los que nada meritorio hicieron. La gesta independentista
colombiana registra un caso singular. Mientras los de arriba trataban de atraer
a la gleba, al vulgo, hacia la plaza principal de Santafé de Bogotá en donde se
desgañitaba inútilmente un José Acevedo y Gómez, después llamado el “Tribuno
del Pueblo”, solamente el concurso de un hombre común, líder popular, como José
María Carbonell, pudo convencer a sus amigos para aprovechar la efervescencia y
el calor de los ricos para tumbar a los españoles. ¿Quién se acuerda de este
hombre del pueblo de alpargatas y ruana?
Uno piensa que el paso del tiempo pudo ser
justo y que los historiadores bien pudieron corregir el entuerto, pero no. La
injusticia sigue. Los héroes no nacen ni
se hacen como un mueble. Aparecen por fuerza de las circunstancias. Un viejo y
carcomido criterio impera y por eso se otorga título de héroe a quien muere en
el cumplimiento del deber. La heroicidad es como un rayo que en la tormenta
atraviesa las tinieblas fugazmente. Es más héroe quien pretende salvar vidas que
quien armado en medio de la lucha y dándole muerte a otros, salva a sus compañeros.
En el primer caso es una acción fortuita, sorpresiva, impensada. De allí la
heroicidad porque no busca preseas. En la otra no es más que cumplir con un
deber inculcado.
En este trabajo, finalizado en los primeros
meses de 1960, pretendimos exaltar los nombres de un grupo de personas del
común. Pasados los años y por diversas razones el compendio de experiencias
rodó por todas partes y en este momento nos vemos obligados a rendirle honores
a la memoria de amigos entrañables, que en silencio hicieron la historia de un
pueblo en donde la dirigencia inútil y bramadora cedió sus derechos a los opresores
de otros lugares que desde entonces reinan mediante la fuerza del poder mal
administrado y del abuso. La mayoría de los personajes, con participación real
en hechos que pueden considerarse baladíes, partieron para la dimensión
desconocida, esa donde se dice que empezaremos una vida nueva y diferente.
La marcha del tiempo, el paulatino cambio de
actitudes, el vaivén de la moda y la incidencia de los adelantos técnicos y
científicos, convirtieron en arcaicos algunos vocablos de la jerga popular y
son hoy ridículos antecesores de la parla de moda.
Si la que fue clase importante por su poder y
dinero desapareció por incapacidad, se requiere que los de abajo, el coralibe o
corroncho pata rajada, sea reconocido y resaltado en su aporte al desarrollo de
la que se convirtió en ciudad, porque los pobres también hacen historia.
El autor.
El
encuentro
En
los veinte años transcurridos entre su salida y el regreso al apacible pueblo
en el que un día llegó al mundo, acopió experiencias para sobresalir del común,
en pueblos nuevos, mundos nuevos, y una sociedad diferente.
No se sorprendió por los
cambios de allá ni por los de acá. Tal vez aparecían distintos y sin embargo no
lo eran. Solamente que una parte corría y la otra gateaba. Jamás se
encontrarían, pero lo cierto es que en el momento adecuado culminaría la
carrera. ¿Se imagina que El Cuzco, Roma, el antiguo Egipto no hubieran
envejecido?
Sin discusión, estaba de
nuevo en sus lares. No era el pueblo del que emigró, pero se semejaba al hombre
que deja crecer su barba y de un día para otro la rasura. Desaparecen los pelos,
pero la barba es la misma. Si el convento de monjas que funcionaba en la
esquina del parque del Libertador pasó del silencio al zumbido de voces en tono
bajo, de susurros y de rezongos a la algarabía de una torre de diez pisos; el
parque era el mismo, la nomenclatura igual. El relevo significativo se
reflejaba en la vestimenta. Los uniformes monjiles se cambiaron por diminutos
“pantaloncitos calientes”. Mientras a las monjas se las imaginaba desnudas, a
las abogadas y secretarias de ahora se intentaba verlas con la moda de la vieja
época.
Nada había cambiado y todo
había cambiado. En general, las variaciones creaban un enfrentamiento y
luchaban dos bandos de la ciudad: uno para lanzar bien lejos los ranchos que
resistían los ataques del tiempo y del modernismo. Los más, los que los ataban
las cuerdas de la pobreza venían perdiendo la pelea. La casita de techo pajizo
en donde un día llegó hasta este mundo, guardaba su viejo estilo y al pasar
frente a ella, aspiró los aromas viejos y nuevos a un mismo tiempo. “Cuando
regrese, si es que decido morir en mi pequeño terruño, no dudo que el rancho
lleva consigo mi primer grito, mis primeros gemidos y mis primeros placeres
para entregarlos en otra dimensión a la amorosa madre que me dio la vida y al
padre inolvidable que guio sabiamente mis pasos por el nuevo sendero”, se dice
mentalmente.
Si había estado toda la
mañana en el lugar era porque esperaba algo que no se concretaba en sus
recuerdos. Dirigía la mirada a todas partes y se atropellaban en su mente los
recuerdos de sus años de burócrata, pero buscaba otra cosa. Imprevistamente vio
venir hacia él a un hombre joven aún, que lo miraba con mucha atención. Esa era
una de las cosas que esperaba inconscientemente: a sus amigos de los años de
infancia, de juventud y de adulto. El hombre, con la mirada fija como para no
perder detalles, se acercó más y le preguntó:
—Perdone señor, ¿pero no es
usted don Perico de los Palotes, uno que vivía en el barrio Obrero?
—Viví en el barrio Obrero,
hasta que llegaron algunos irrespetuosos colocando motes a los demás.
Casi no alcanza a
levantarse de la banca para atajar la impetuosa arremetida del otro que con una
amplia sonrisa y los brazos abiertos se le vino encima y se estrecharon como
padre e hijo, en un silencio roto por los gemidos y las lágrimas. Fueron
soltándose para mirarse directamente, cara a cara y así, medio abrazados,
pasaron los minutos y del fuerte oleaje a la calma que les aflojó el nudo que
apretaba sus gargantas.
Miran el entorno consistente en un parque en memoria del Libertador, la
Catedral flanqueada por dos parques más, dedicados a un médico del poblado y el
otro a un político nacional cuya perversidad no tuvo límites pero que a medida
que pasa el tiempo va divulgándose en su cruda realidad y frente a este parque
dos edificaciones oficiales que por su forma arquitectónica integran
armoniosamente el pasado y el presente del poblado. Dos hombres observan
aparentemente indiferentes. Uno presenta las señales del que ha trajinado
accidentadamente por la vida y baja la cuesta de la montaña para terminar su
deambular por la tierra. El otro, trajinado también por otras razones, ni
siquiera ha llegado a la cumbre.
El intenso calor de la tarde los obliga a refugiarse bajo la fronda de
los árboles del parque, en cuyo centro el bronce de la estatua pedestre del
Libertador parece derretirse ante el ataque inclemente de los rayos solares,
sólo que el verdín del tiempo y la capa blanca de los excrementos de las
golondrinas que la tomaron como dormitorio desde las cinco de la tarde hasta
las cinco de la mañana del día siguiente, le ayudan a resistir el fuego. Las
vaharadas candentes amenazan con asfixiar a los transeúntes y a los eternos
habitantes de los parques, cuando se estrellan sobre el duro pavimento que
circunda el lugar. Es lo normal en una tierra a la que llaman caliente, y que acentúa sus rigores en la medida que el progreso arrasa la
forestación plantada por los tatarabuelos y bisabuelos que sus descendientes
remplazan con placas de triturado, arena y cemento. Es el precio que pagan las
viejas aldeas que se imponen la maldición de alcanzar el título de urbes. Y en
el pueblo en el que se encuentran, los árboles frutales que adornaban las
calles y patios, y los techos de palma que resistían el tiempo y el calor,
fueron condenados al olvido, remplazados por otras cosas y elementos que impone
el urbanismo, fruto del hombre nuevo que no cree en el desarrollo ni en el
aporte del campo y espera que un nuevo maná baje del cielo para así no requerir
tiempo ni dinero ni esfuerzos para producir lo que él mismo come.
Semejante a todos los parques del mundo, éste y los dos que flanquean el
templo, se llenan de ancianos, mendigos, locos irredimibles, vagos
consuetudinarios, desplazados de los campos en donde la sangre ya no permite el
uso de la tierra para los cultivos sino para cementerios, de desempleados a la
espera de vislumbrar al político por el cual depositaron el voto en las pasadas
elecciones y que luego de elegido no conoce a nadie ni se acuerda de promesas;
de mujeres que anhelan que cualquiera de los hombres que van y vienen les eche
una mirada y con ella la eventualidad de un encuentro sexual del que derivar lo
necesario para ella y sus hijos, y, en fin, de todos los pelambres. Hasta de
los que, muy pocos, por cierto, creen poder leer un libro en medio de la
algarabía de los que hablan en voz alta, de los gritos de los vendedores
ambulantes ofreciendo sus productos o de los ronquidos de quienes no lograron
emitirlos en noches de insomnio.
El joven señala los edificios que están al frente del parque e indaga a
su interlocutor sobre qué hubo en el lugar antes de construirlos, y éste, en
actitud meditativa, como si buscara en lo recóndito de la memoria los recuerdos
para ordenarlos, guarda silencio. Un rictus de amargura se refleja en su
rostro. Con lentitud saca del bolsillo de la camisa un paquete de cigarrillos,
escoge uno, lo sostiene entre labios mientras lo enciende y después de aspirar
y arrojar una bocanada de humo, dice:
—Sigues siendo niño y los años no te han quitado ni los defectos ni las
virtudes. Si te digo lo que hubo en ese lugar antes de construir estos dos
edificios, no me creerás. El niño y el joven preguntan y cuando se les responde
entonces no aceptan el informe y persisten en las dudas.
—Me late, amigo mío, que los roces con otras culturas tampoco te
quitaron algunas manías y ciertos defectos, ni las virtudes que te adornan y
que me hacen tenerte como un buen ejemplo. Sigues fumando a sabiendas del mal
que este vicio ha causado a la humanidad.
—Gracias muchacho, por tu observación. Ansío en este momento un cigarrillo.
Los de la patota sufríamos por adquirir una cajetilla de cigarrillos, fumamos
de todas las marcas, olores y sabores, de muchos países, analizamos el asunto y
no por salud sino para darle al cuerpo una alimentación siquiera regular,
abandonamos el vicio y dimos prioridad a la comida. Haciendo de tripas corazón,
como sentenciaba la vieja Carmelina, dejamos de comprar los olorosos habanos
que consumíamos por las noches, dizque para colaborar con la economía de la
isla revolucionaria y patria del barbudo de oro que nos marcó la ruta hacia la
libertad y la dignidad de los pueblos sojuzgados por el imperio. Es cierto, me
hace daño, pero como dice Lola Flórez, cantando el cuplé: Fumar es un placer, genial, sensual, y remata: así, mirando el humo, me suelo adormecer. En una ocasión el viejo Pelusa, me regaló un habano que llevé a
la reunión y fue el fin de los cigarrillos para la patota.
—Estoy al día con esas informaciones, pero dime, ¿cuál es la respuesta a
mi pregunta?
El hombre mayor como si tratara de ver más allá de las edificaciones, de
los parques y del río cercano, otea disimuladamente y algo se dibuja
inquietantemente en su rostro en el que comienzan a brotar las estrías de las
arrugas que no tardarán en patentizar sus años, y responde:
— ¿Es necesario tratar ese asunto, sepultado en los rincones más apartados
de los cerebros de los que nacimos en este pueblo?
— ¡Eche cuadro! ¿Qué pasa? ¡Parece que te hubiera mordido una culebra
mapaná rabo seco o una barba amarilla!
—Algo así. No alcanzas a comprender cómo se me envenena la sangre al
pasar por aquí y vienen a mi memoria recuerdos de la niñez. Sobre todo, porque
eso a nadie preocupa. Se puede afirmar que hay un pacto no escrito ni suscrito,
algo así como un propósito común de olvidar los malos momentos de este pueblo.
Reina tanta indiferencia que quienes hoy lo lideran descienden de los
protagonistas de acontecimientos sangrientos que lo llenaron de muertos,
heridos, desaparecidos, de cenizas al consumirse entre las llamas las casas,
los depósitos, los almacenes, animales y personas. En tu última carta me
expresas preocupación por la constante desaparición de ciudadanos, pero eso no
es nuevo. Te remito a las páginas de La Biblia y comprenderás. En la fecha de
que te hablo, fueron incontables los desaparecidos a quienes tildaron de
cobardes que huyeron desde que escucharon el primer disparo, pero es mentira.
Estaban muertos. Como deben estarlo todos los que en la historia fueron dados
como desaparecidos. Los recuerdos ingratos de aquí fueron sepultados en dos
fosas comunes. Una en el cementerio y otra en una céntrica residencia.
— ¡No joda, entonces viejo matusalénico, lo de aquí fue grave! Tú que
parlas sin pausa y sin cansancio, ahora estas pálido, miras a todos lados como
si te hubiera entrado culitis, el peor de los miedos del
hombre. ¡No joda, me pones a bailar la encefálica, inquieta por enterarse!
—Te previne de que no me creerías. En ese lugar funcionó una especie de
matadero, no de animales, sino de seres humanos, que llamaban El Manguito, porque en el patio estaba un árbol de ese fruto. Mangos que
exudaban lágrimas, dolor, con sabor a sangre y a excrementos expulsados bajo
los golpes de bastones de mando y sablazos en las espaldas y costillas. Mangos
preñados de injusticia y de muerte. Esos recuerdos me hacen considerar y
calificar estos edificios como tumbas, porque al paso de los años se
convirtieron en blancos por fuera, engalanados y embellecedores del panorama
circundante, pero en el interior habita una caterva que entra y sale y te mira por
encima del hombro, si es que se dignan mirarte, al creerse más importantes que
los demás mortales. Visten lujosas camisas, pantalones importados, zapatos
Valentino, marcados así en honor de un artista de cine que en las películas era
un monstruo del sexo con una capacidad increíble e inagotable para amar a las
mujeres, pero en la vida real, fuera de la pantalla, sufría de ginecofobia, una
enfermedad mental que hace que el hombre odie a la mujer, porque lo que le
gusta es abrir la puerta trasera para permitir el acceso a sus deseos. Esos
seres, en su mayoría, salieron de los mismos barrios en donde nacimos los
nativos, barrios humildes, barrios míseros, pero creen que con sus desplantes
van a quitarse el baldón.
—Lo de sarasa te lo entiendo, pero eso de las tumbas no. En el calabazo
donde reposa mi máquina de pensamientos, no localizo referencias. ¡Explícate,
gran sacerdote de Cronos!
—Fácil. Los ves firmes, erguidos, oponiéndose a los vientos, ufanos,
blancos, grandes y fuertes, pero por dentro están llenos de gusanos, de
podredumbre, de fétidos olores. No obstante, dentro de ellos está gran parte de
la historia del poblado y de nosotros.
— ¡No joda, viejo barrigón! No me las aprietes que me duelen. ¿Este
pueblo tiene historia? ¿Nosotros tenemos historia?
—Sí. Este y todos los pueblos, todas las cosas, tú, yo, todo tiene una
historia.
— ¡Tronco de historia debo tener, coño! Toda la vida pasando hambre,
trabaja y trabaja como un animal de carga, semejante al meneco de Rosa
Mondongo, que lo sueltan en la huerta a las doce de la noche y cuando está
acomodándose para dormitar van a sacarlo para trabajar otra vez. Aquí,
analfabeta, en cueros, llenándome de lombricientos que viven con una hijueputa
diarrea como si a la jermu antes que la leche de la vida, el esperma vital, le
inyectara mierda en la vagina en las noches de amor que son todas las noches
con excepción de los tres días de semáforo en rojo. Felices nuestras
tatarabuelas zenúes que, sin tener ningún Harvard, MIT, Jhon Hopkins, Yale ni
Academia de Ciencias Soviéticas, eliminaron la menstruación sin dejar de
concebir. ¡Eso que aseveras no es historia viejo chévere! ¡El pobre no tiene historia,
ilustre antecesor del eslabón perdido! Esas mariconadas son exclusivas de los
leídos, los estudiados y algunos pocos de los ricos, porque si la inteligencia
proporcionara riquezas, ¿cuántos de los que hoy tienen al genio de la lámpara
de Aladino, estarían rogando una limosna por el amor de Dios? A los pobres se
nos condenó, desde antes de ser concebidos, a no estudiar, a vivir en medio del
océano de la ignorancia, por cuanto si nos educamos ¿quién servirá de esclavo a las vacas sagradas
que más cagan en cada pueblo? Creo que se te pegaron las güevonadas de los
cachacos y por eso me suena en el dial la onda de que te metieron la mano por
el culo y te dieron la vuelta, porque ni siquiera parlas como nosotros. Te
remilgas demasiado. Y eso sí que es grave, prehistórico rechauchío, porque aquí
estamos hasta la coronilla de tanto paisa y cachaco loco y de medio pelo para
abajo que nos envían los dueños del balón a colonizarnos a punta de puñal y
plomo corrido, semejante a las delicadas operaciones de los que nos
“descubrieron”, que mandaron el lumpen por delante a desbrozar el terreno para
después llegar ellos a jugar solos. Lo nuestro, especialmente los tiempos de tu
niñez, pasaron mi viejo abuelo Salta Corral, así como pasaron los tiempos de
las totumitas, de las largas cabelleras femeninas, el corte del papindó, los
dobladillos de los calzones, las calzonarias, los sombreros de tartarita, los
relojes de bolsillo y las leontinas en que los colgaban, los pantaloncillos
hasta el tobillo y los morunos con jareta. El turno es para los paisas y los cachacos que se
presentan elegantes, sacando pecho y asegurando que descienden de Isabel, la insaciable, o de Fernando el inepto, a quien
la iglesia debería otorgarle la deferencia de elevarlo al santoral como
Fernando el Cachón, porque encontraba a Chava en agitadas sesiones horizontales
y él, para evitar conflictos entre las monarquías, se retiraba discreta y
silenciosamente de la alcoba nupcial, y por eso ni siquiera se enteró de que
la reina, para quitarse de la vista al
tal Cristóforo, le entregó dinero, joyas, barcos y criminales condenados a largas penas o a muerte, para
ver si no regresaban a la tal Madre Patria y caían de la plataforma que según
la concepción de la época, era el mundo, y el que pasaba de la orilla se
precipitaba directamente al averno, como llamaban entonces al infierno, y los de
menor categoría, que vienen de la casa de los de Alba, que fueron, son y serán
de un grupo privilegiado que jamás ha trabajado pero que recibe su tajada de la
Corona, y se meten rollos por la pretina
para semejar cierto órgano y engañan a nuestras mujeres, y cuando se mueren los
que sí trabajaron para cultivar la tierra y levantar el ganado, entonces se
ufanan de que ellos, los advenedizos, amasaron las fortunas con el sudor de la
frente. Tu bacanidad, tu ritmo, el man jacarandoso de la guaracha, el chá chá
chá, el mambo, el porro palitiao, la cumbia y el mapalé, que la corría con
cadencia elegante como si bailando el camino al cielo fuera más corto, junto
con Rafael Castellar Solano, el popular Pedro
Ortiz, luciendo sobre la piel una lujosa camisa Primavera y un pantalón Everglade, o de
nailon, guayaberas con figuras de playa, medias blancas con figuritas de
mujeres en bikini —¿te acuerdas del atolón en el que los del imperio iniciaron
la entrega por cómodas cuotas de las dosis que a cada uno de nosotros, perros
sarnosos y despreciables del tercer mundo, nos toca en la lluvia atómica?— Se
llamaba Bikini y los mariquitas que
se tildan de modistos crearon un
vestido de baño para las féminas que mostraban todo y no mostraban nada y lo
bautizaron con ese nombre porque si bien la islita está ahí, por la radiación no
la visita nadie. Cantinflas, el humorista mejicano, locario imitador de los
míseros de la nueva tierra, con un vestido de estos en una mano preguntaba:
¿Dónde estás que no te veo? Pero eso sí, de que levantaban el ánimo, lo levantaban. Esos tapa feos
fueron tan bien acogidos, que la vieja Emérita Pitalúa, a los ochenta y cinco
años no iba al mar si no le ponían una dos piezas, que resaltaban lo que había
sido su máxima distinción pero que hoy y con el excesivo uso y abuso muestran
un cuerpo como si un aprendiz de sastre hubiera cosido un pantalón de lona.
Esa vestimenta, acompañada de unos pinrieles Wilson, gringos, o Beetar cartageneros o Tres Coronas, cachacos,
los distinguían a ustedes dos y las
muchachas los rodeaban porque los otros muchachos usaban abarcas tres
puntá o zapatos Panam, los que pecueca es que dan. Entre paréntesis,
esos primeros zapatos de caucho entraron más bien a la fuerza, porque mis
abuelos decían, ante la verdad de la pisada con poco ruido, que eran zapatos
para ladrones nocturnos. Generalizamos el nombre de zapato de caucho, que
sonaba mal, y bautizamos a todos los modelos como tenis. De paso, un par de zapatos de
caucho Panam que usted, cuchito, estrenó antes de irse de salsipuedes, me demostraron que para su época se gozó de mucha
mejor calidad en la producción industrial que hoy. Y mi progenitor, el cucho
que ustedes llamaban viejo bebe leche
por lo de los bigotes canos, me informaba con orgullo que una máquina Singer y
un radio Grunding, ambos de producción alemana, se encontraban en la casa en
perfecto estado desde que él era un niño y todos los días los usaban y cada día
parecían estar en mejores condiciones. Igual que un reloj de péndulo que se
encargaba de despertarme con sus doce campanadas a la medianoche, elaborado por
los suizos, que compró mi bisabuelo en no sé qué parte. Y se mostraba regalado
cuando alzaba la mano izquierda, pero antes y disimuladamente comprobaba que lo
estaban observando, para ver la hora en un reloj de pulso marca Mido Multifort,
cosa que el anciano Miguel Caballero establecía colocándose la mano encima de
las cejas a manera de visera y daba la misma hora sin invertir tanto dinero. Decía
el venerable anciano que lamentaba la derrota de los alemanes, que tal vez
habrían establecido un mejor imperio que el gringo, en la guerra que acababa de
pasar. Como leía y estaba enterado de muchas cosas, en esos momentos y sin que
él se diera cuenta, cruzaba los dedos y le seguía la corriente, porque en
verdad, en materia de trato, o mejor, de maltrato, de actitud esclavizadora, de
humillación al pobre, que venga el diablo, meta la mano en el jolón y que saque
a la suerte porque, de todas formas, son iguales en los procedimientos. El que
gana la guerra impone la ley, pero como nosotros estamos bajo el mando gringo,
pensamos que ellos son peores. Nada viejo añejado. Volviendo a sus zapatos,
fueron pasando de unos a otros pies de sus hermanos que los iban dejando dizque
por que entre más viejo más apretaban. Finalmente, antes de botarlos me los
ofrecieron y casi se los quito de los pies al que en ese momento los tenía.
También tiré la toalla y al fin supe la razón para que apretaran más y más. No
era que los zapatos se fueran reduciendo en el tamaño sino los patinadores
nuestros que crecían. Por eso apretaban. También los regalé y por allí deben estar en los pies de algún muchacho
de esos a los que jamás les regalan nada. Todo ese aparatejo, toda esa
congargalla, toda esa bacanidad, toda esa pinta que lucían, especialmente los
sábados, día de bailes, tenía como fin conquistar a las chicas. Era el anzuelo
para atraer a Hermina, Nelcy, Juanita, Rosa, y después a las nenas de Colón,
Balboa, Panamá y otros barrios, pero ahora con la dirección de Carlos Failache
y la asesoría de Jorge Lobelo, de Francisco Martínez, el burro, Eduardo
Salcedo, el cartagenero que bailaba con el alma y era un individuo full, que
cuando escuchamos el mambo de Dámaso Pérez Prado en el que lanzaba un grito que
decía:
ii…chibirico, iico…
ii…chibirico…rico…
Bautizamos con el remoquete de Chibirico. En el conjunto musical que organizaron en el
Obrero, él era el cantante y le daba una variación maravillosa a la Cachucha
Bacana de Alejo Durán, el acordeonero que trinaba de la furia cuando le
llamaban vallenato, porque vallenato es el negro que se va volviendo blanco a
pedazos, que se descascara como cuando una pared va perdiendo la pintura.
Cómo querían las muchachas al negrito Chibirico, menos María S, su novia del alma, que lo engañó hasta
el miércoles en la tarde porque el domingo en la mañana se casaba con un man,
un coralibe del que nadie había tenido noticias. Ni siquiera Pedro, el hermano
de la novia, que disimuladamente se unió a los del barrio para abuchear a la
pareja cuando salió para la iglesia y gritamos hasta el máximo que daban
nuestros parlantes:
Chibirico…Chibirico…Chibirico.
Y tú, viejo mandril, participaste de ello
como uno de los organizadores de la protesta a la que se unieron hasta nuestros
padres y madres, hermanos, tíos, y los de los barrios vecinos en donde
apreciaban al cartagenero, fuimos los demás los que recibimos la patada de la
infidelidad de María, la burla de que había hecho blanco al negrito. ¡Qué
tiempos aquellos! ¡Qué muestra de solidaridad! No lloramos de vaina. Ese sábado
y el domingo que siguió, se agotaron las reservas de guarapo en la estancia que
estaba después del Camajón, con el que hacíamos rendir hasta cuatro veces una
botella de gordolobo, pero el Chibirico no apareció por ninguna parte. Nadie lo
encontró y hasta hoy es un secreto en dónde carajos fue a derramar su dolor y
su furia, pero superó la traición, y sin embargo no fue más el jacarandoso que
ponía brillantina a las fiestas.
También con Ubaldo López, Jorge Payares, Toño Berrío, Eduardo Giraldo,
Antonio Lenes del Castillo —un nombre como para Príncipe español— su hermano
Daniel, Diego Lacharme, Pedro Vega, los Doria, Jorge Cárdenas, Lisipo Puche y
los demás de esa maravillosa patota del barrio Obrero, patota que la bateaba
siempre de jonrón, y tu hacías parte importante de ella. ¿Qué se hizo ese tipo?
¿Dónde lo dejaste? Seguro hermanolo que te metiste en el mismo molde en donde
perfilaron y modernizaron a Antonio Mora Vélez, Mañe Mercado, Rafael Acosta el
inolvidable Muelú, hermano de Mariano Acosta, que precipitó la tragedia de los
campesinos. El muelú, al egresar de la universidad tenía que cobrar poco por
sus trabajos y aceptó un contrato con los ganaderos y terratenientes para un
estudio económico y social de la industria y la forma de alcanzar metas de
desarrollo. El muchacho lo hizo, pero una parte del estudio la dedicó al
análisis del comportamiento de los contratantes y los problemas que se les
podían venir encima si no cambiaban los procedimientos y momentos antes, con
los periodistas esperando, se suspendió la divulgación del documento. La respuesta, el cambio, se limitó a
contratar a los matones conocidos y desconocidos y el plomo inició su labor devastadora.
Desde aquel momento, la sangre campesina corre como el agua por las quebradas y
el valle de la esperanza, el valle de tierras feraces se convirtió en
cementerio. Hay muchos otros que hoy no mueven la sin hueso sino ahuecando la
boca para que la voz salga gruesa, como la de Jorge Negrete o la de Pedro
Infante, voz impostada como la califican Adolfo Acuña Porras, más conocido como
Maral, y Augusto Yépez Fernández, el popular Peyé o Tata Pepe, los locutores. Pero
no gustan de voces como las de Gilberto Urquiza o de Lucho Gatica, dizque
porque el uno es como si hablara un muerto desde la tumba y del otro aseguran
que canta como si lo estuvieran ahorcando, especialmente al decir:
“Reloj no
marques las horas
Porque voy
a enloquecer
Ella se irá
para siempre
Cuando
amanezca otra vez…”
De paso, entre paréntesis y dos
comillas, como decía tu padre, ¿te acuerdas de Pedro García, el de muletas que
tocaba la guitarra y venía con los mancitos de la sociedad elitista a traerle
serenatas a las Cárdenas, porque todos estaban enamorados de ellas? Esas
peladas, con Aurita Lobelo, Carmen Rodríguez a la que cariñosamente llamábamos
Carmen Hueso, Dominga Cabrales y dos o tres más, eran las mejores y más hermosas
flores del jardín del Obrero. Pedro García peleaba con Carlos Failache porque
no le encontraba el tono por ser de una voz muy grave y Carlos le preguntaba
cómo hacían los guitarristas que acompañan a Gilberto Urquiza. Y los individuos
de que vengo parlando lanzan un
palabrerío raro con rima y tal y se ponen lacitos en el cuello como meseros de
clubes. Por esa carajada es que jamás me ha caído bien el cucho de Rafael
Yances Pinedo, el de la guayabera blanca, lazo negro en el cuello, boina en la
torra, abaniquito de enea en una mano y una pipa entre los dientes,
contestándole a uno con un vocabulario que no entienden sino los catedráticos,
pero no éste vil insecto habitante de refinados tugurios. ¡Historia! ¡Historia!
No joda, no me hagas reír cucho cacorrongo, que se me parten los puntos de la
operación de apendicitis. Para darle ñapa, no me suena aparecer en la
“historia” de este país, porque aquí todo es mentira y no se puede equiparar
con el pensamiento del filósofo de que en este mundo nada es verdad ni mentira porque
todo está predispuesto a ser visto con el color del cristal que se utiliza.
Para que no se quede pipón con lo que palpita en la calabaza cerebral de éste,
su amigo y admirador, le explico Federico: las páginas del libro en que se registran
los acontecimientos de nuestro país en vez de llamarse como en realidad son,
páginas de mierda y de sangre, las calificamos como páginas de historia patria.
Pero allí no se hace otra cosa que anotar basura acomodada por los supuestos
historiadores. Se registran las gazaperas, como aconseja la real academia de la
sin hueso que debe escribirse, pero que los que marcamos la pauta del devenir
del idioma llamamos guachafita, tremolina, trepa que sube, bochinche, zaperoco,
arroz con mango, chichonera, mierdero, bololó, pleque pleque, pelotera,
zambapalos y otros que en el momento se me olvidan. Las trifulcas
intrascendentes se registran en tales páginas como “batallas” y “guerras”.
Fíjese nada más en el caso de una de los miles de pendejadas que aparecen en
tan desacreditado documento notarial o directorio de la falsedad: un “general”
fue calificado como héroe de la patria dizque por tomarse el cerro de Tarapacá
cuando la “guerra” con el Perú. Tarapacá, queda en la intendencia del Amazonas
y sirve tanto como las tetas en el hombre o el bigote en las mujeres. Los
supuestos historiadores, a sabiendas, no dicen que cuando el “general” y héroe
subió al cerro, los peruanos se habían ido de allí una semana antes. Eso sí,
según los historiadores, peleó con denuedo, con valor, con osadía, y aseguran
algunos, que los peruanos le daban gracias a Dios por haberles aconsejado
abandonar un cerro que carecía de utilidad práctica en una confrontación bélica
y por ello los enemigos “abatidos”
no fueron más que cientos de aves y un número considerable de micos admirados
de la suntuosidad y colorido de los uniformes, concretamente del que usaba el
“general”, que sin haber participado jamás en una furrusca de indios
enchichados, es decir, jartos de chicha, se adornaba con medallas y medallitas, cruces,
hojitas de laurel y demás supuestamente ganadas en duros combates. El filósofo,
poeta, periodista y escritor antioqueño, Fernando González, se burla del sujeto
en mención y jocosamente asegura que veinte años más tarde estaban en pleno
apogeo los bombarderos que ayudaron a la recuperación de Tarapacá. ¿Será una
burla del filósofo o una cruda y cruel realidad cuando escribe: “Pues bien, la muchacha de Marsella se desnudó, y ¡téngase usted!: Eran unos pechos como los cañones
antiaéreos que llevó el difunto Vásquez Cobo a Tarapacá”?
En ese entonces la fuerza aérea ya luchaba con
gran valor eliminando guerrilleros desde el aire con sus bombas, porque usaban
y siguen usando bombas especiales e inteligentes, capaces de detectar el
carácter de los objetivos que se mueven en medio de la selva y solamente dan de
baja a los peligrosos enemigos de la patria, mientras que los campesinos inocentes
salen indemnes. En los tiempos de la lucha independentista, así como después en
la primera etapa de la “lucha republicana” los hijos de los ricos, aburridos en
los salones de sus casas, compraban en Paris los más finos uniformes. Tan
finos, que ni siquiera Napoleón logró ponerse uno, y ese simple hecho, el de
tener uniforme, traía consigo el grado tan apetecido. A los que lucharon, El
Libertador les negó honores, títulos y vida, como al Almirante Padilla, al que
le colgaron, por ser negro y medio pobre, el san Benito de traidor. Allí comenzó la heroicidad de la marina, que
para demostrar pulcritud se viste de blanco. Esos fueron más héroes que los
otros pendejos enviados a Corea, porque a estos les tocó sembrar arroz. Sólo el
hermano de América García sacó la cara por nuestro país, recibiendo honores
hasta del congreso gringo, pero cuando volvió, las medallas se las metió por el
culo, porque era más importante un chulavita asesino que un colombiano pobre y
honesto. Todas esas paparruchadas se escriben y se aceptan como ciertas para
ensalzar a los que tienen el poder. La guerra entre nosotros y los peruanos no
fue tal, viejo querido y héroe en la batalla permanente por vivir. El mismo
antioqueño, se refirió al “general” Francisco de Paula Santander; cuando se enjuicia lo que a las clases altas de los pueblos les
conviene, se dice que es una falta de respeto.
Si alguien le falta al respeto a la historia, no soy yo. El antioqueño
ya referido, en una carta del 22 de noviembre de 1930, dirigida al señor
Antonio José Restrepo, que aparece como uno de los grandes dirigentes de la
política en el pasado y al cual llamaban El Ñito, y que se registra en
distintos episodios de la historia, aludiendo al denominado “Hombre de las
Leyes”. Dice: “Y si logro que la próxima juventud comprenda que no hubo tal amor a
leyes en los orígenes de nuestra actual República de Colombia, sino envidia y
odio hacia el Libertador y Venezuela, habré logrado restablecer la justicia
histórica y que nuestra patria pueda desarrollarse normalmente. Porque un país
que no esté fundado en historia verdadera y noble, sino en un cuento de
rábulas; un país que tenga que mentir siempre que se refiera a su historia…dudo
que pueda subsistir, pues carece de conciencia nacional”. Luego agrega: “¿Por qué enaltecer a Santander, si no fue noble en su conducta? Y yo
compruebo psicológicamente, con documentos, que ninguno quisiera ser amigo de
Santander; era perverso; lo veremos adelante y en el segundo tomo de mi obra”
y agrega: “Santander era un hombre hábil
en intrigas, inteligente para recaudar y hacerse a copartícipes, y de buena
inteligencia para manufacturar enredos; esas eran sus cualidades”. Como al
que no quiere caldo se le dan dos tazas, repito el comentario de uno de los
generales extranjeros, Francisco O`Leary, edecán de Bolívar y compañero de
Santander: “Era Santander de regular
estatura, corpulento, lo que quitaba a su porte la gracia y dignidad. Cabellos,
lisos y castaños, tez blanca, frente pequeña inclinada hacia atrás, ojos
pardos, hundidos, vivos y penetrantes, labios delgados y comprimidos, barba
redonda y corta. Era descuidado en el vestir, de modales bruscos y de poca
franqueza. Más ambicioso de dinero que de gloria. Decíase, desde aquella época,
y el tiempo lo confirmó, que veía con malos ojos a Bolívar y a la autoridad que
ejercía”
Si se averigua con cuidado, se sabrá que el odio a Bolívar surgió
porque Santander desobedeció una orden y fusiló a un general español inerme, Barreiro,
que se había rendido. Como Bolívar tampoco quiso otorgarle el grado de General,
por sí mismo se lo adjudicó y transitó directo de Mayor a General pasando por
encima de los que habían ganado en batallas el grado. Los que han leído y
entendido las tesis de antropología y antropometría del insigne maestro
italiano, médico y criminalista Cesare Lombroso en sus estudios sobre características
físicas de los criminales, podrán comparar y concluirán que hay una similitud entre
lo que afirmó Lombroso y lo dicho por el antioqueño, que gracias a su profesión
entendía bien de estas cuestiones. Esos son los héroes de este país.
También porque el país no tiene autenticidad.
Decimos de labios para afuera que somos nacionalistas, que ese nacionalismo,
como el sudor, nos brota por los poros, pero es paja. Acuérdese que peleamos
por la independencia basándonos en un librito de física y olorosa caca
francesa, que llamaron los derechos del hombre, que los mismos franceses, al
darse cuenta de su inutilidad, lo arrojaron a la basura. De allí lo sacó
alguien y lo mandó para acá y se trenzó la lucha. No peleamos por nosotros ni
por nuestras ideas, sino para quitarles a los abuelos ibéricos el poder y
otorgárselo a sus inservibles nietos y animamos las furruscas entonando con
ardor La Marsellesa; y con acento galo para enfatizar el asunto logramos la tal
independencia, que no fue otra que pasar del yugo español al norteamericano, ganándonos
las “batallas” en donde había más generales que soldados. Y aquí surge otro
héroe. Un individuo vicioso, que no soltaba el tabaco de entre los labios,
llamado Antonio Ricaurte, se encontró en medio de las piedras que iban y venían
en la batalla de San Mateo y se metió corriendo en el polvorín. Una chispa del
tabaco produjo una llama y ésta encendió la pólvora y del hombre no encontraron
ni una uña. Y la frasecita “voló como Ricaurte en San Mateo” pasó a ser algo
glorioso. Las batallas se circunscribieron a reventarnos la jeta a puño, patadas,
piedras, jalones de pelo, mordiscos y machete a diestra y siniestra, que era el
arma común de los campesinos, pendejos que van de la retaguardia a la
vanguardia y se devuelven, cuando tienen la fortuna de salir vivos, porque
después de la primera ráfaga de fusiles había que esperar la siguiente batalla
para la segunda ráfaga de plomo. Venidos, los generales, la mayoría del Cauca,
puede afirmarse que eran más los caciques que los indios. Y viene la segunda
etapa de la nacionalidad: Para animarnos, repito, en la tiradera de piedras,
porque la pólvora era escasa, las armas de fuego pocas y el valor de los
“generales” ninguno, alentábamos a los “pata raja”, como se llamaba a los
soldados, a punta de La Cucaracha y Adelita, dos canciones mejicanas. En estos
tiempos, mi querido y viejo amigo, enseñamos a los “revolucionarios” y a sus
hijos a cantar La Internacional, el himno de los comunistas. Jamás nos acordamos
de la canción que más nos identifica, El Sapo, en ritmo de puya, que nos
retrata de cuerpo entero al observar cómo corren algunos a los cuarteles a
levantar infundios contra sus amigos y vecinos. La base de nuestra libertad y
democracia, anciano venerable, es la baba. Busque la lista de los patricios y
hallará que hasta leopardos hubo que peroraban sobre lo divino y lo humano,
pero para el bienestar de la Nación nada. Todos denuncian, pero no dicen cómo
solucionar los problemas. El mejor y mayor exponente de esa política fue este
del parque de la izquierda, de la barriga para arriba, y mejor así porque si
pudiera, hasta el busto de bronce arrojaría mierda sobre los transeúntes. Veía
el delito en todas partes, pero no en él ni su entorno. Y nosotros, los
pendejos de la eternidad, no somos más que lo que dijo el escritor bogotano: Una
recua mal dirigida, manada sin control, rebaño mal tratado, que ponemos los
votos el día de las elecciones y los muertos en los cementerios a nombre de
partidos que no son más que la unión de picaros que se roban todo. Y metemos nuestra lengua en esa sopa caliente: Un pueblo masacrado, vapuleado,
explotado, escarnecido y lleno de hambre se deja guiar como manso rebaño hacia
el beneficio de los amos. ¿Qué
país puede darse el lujo de matarse entre sí con ideas europeas, con música
soviética y armas gringas? ¡Ninguno! Para rematar, los chulavitas quitaron el busto
de Enrique Olaya Herrera, liberal, para entronizar al monstruo ese que está
allí. El de Olaya lo colocaron de tal manera en el sanitario, que los presos
tenían que orinar sobre la cabeza del busto. ¿Le parece que eso es digno de una
mente sana? Pero los demás respetamos al monstruo, tal vez porque si le echamos
una meada pueda darle vida al bronce, se baje de allí, se traiga a El Charro,
El Albañil, el Cabo Genes, El Diablo, Barranquilla y a La Morrocoya a
incitarnos para seguir matándonos entre hermanos. ¡Bella historia!
¡Ejemplarizante historia! ¿En qué libro, en qué periódico se habla de la
realidad de nuestra clase dirigente? En ninguno. Por eso los que residimos en
los elegantes condominios de las zonas deprimidas y los refinados tugurios de
las ciudades, ignoramos que un señor Marcos Fidel Suárez, candidato del partido
conservador y del arzobispo primado de la época no pudo ser cura, su única ambición,
por ser hijo ilegítimo, pero sus escritos eran leídos en remplazo de los
sermones en las iglesias. Cuasi obispo cumplió una gestión anodina,
intrascendente, que el Catón cachaco y miembro del mismo partido, despintó por
haber cometido el execrable delito de vender la nómina del sueldo, olvidando
adrede que esa venta representaba la máxima distinción del presidente pobre,
porque es el único en la historia que ocupó el cargo siendo pobre y fue
derrocado dejándolo más pobre aún.
Pocos saben, y los que lo saben lo guardan en
urna triclave, que hubo un señor dizque poeta, llamado Guillermo Valencia, que
no tuvo jamás la menor idea de qué era un Estado y mucho menos de cómo
administrarlo, pero nació en la ciudad de los “intelectuales” de ese entonces y
ello era suficiente para que se le escogiera como candidato a la Presidencia.
Es lo mismo, viejales, que a usted lo nominaran como candidato al premio Nobel
de Literatura sin saber leer ni escribir. Y entérese, que antes de acusarle por
traidor a la patria, un tal Carlos Holguín fue encargado de terminar el período
del viejito arruinado y con un cinismo mayúsculo respondió en un remedo de
debate, qué más querían de él, al que le habían entregado un país y devolvía
dos, ya que fue uno de los autores y copartícipe del desmembramiento de Panamá.
Y el señor Pedro Nel Ospina, el más belicoso de los presidentes de este país porque mientras vivió fue
señalado como impulsor de guerras y guerritas, conservador, enfrentado al liberal Benjamín Herrera, y
ambos con el ostentoso título de General, fueron generales de guerras no realizadas
porque la munición se acababa después de la primera ráfaga y recurrían a las hondas y a las bolitas de barro
secadas al sol, para luego darse en las jetas mientras que los generales departían
en los salones de la más lujosa residencia cercana o al filo del machete que se
convirtió en lo más peligroso del campo de batalla por los estragos que causaba.
Ganaba el ejército que cercenaba más miembros y bajaba más cabezas de los
enemigos. Ni qué decir de Enrique Olaya Herrera, liberal, pero incondicionalmente
y por razones burocráticas al servicio del gobierno conservador, que
discretamente lo promocionó para la presidencia a la que llegó y pasó como la
luz del sol por el cristal de que habla la historia sagrada, sin romperlo ni
mancharlo. El pueblo, especialmente el liberal, acostumbrado a recibir baba de
sus dirigentes en las esporádicas visitas a los poblados, no se cansaba de
escucharle sus peroratas en las que decía tanto, que ni él mismo se creía.
Eso es tan cierto, que el importante escritor bogotano, Álvaro Salom
Becerra, en su obra Al pueblo nunca le
toca, enfatiza: “Y el circo era el Congreso Nacional. Allí, para diversión de la plebe
hambrienta, se batían los gladiadores de uno y otro partido, pero armados con
espadas de gelatina y protegidos con corazas de papel, porque no era un espectáculo
cruento sino bufo, del que ninguno de los contrincantes podía salir mal herido.
Si no había motivos para el duelo oratorio, se inventaban pretextos. Uno muy
bueno fue, en 1925, el proyecto de establecer la pena de muerte, presentado por
algunos miembros de la representación conservadora. Se enfrentaron para
defenderlo y atacarlo, respectivamente, el Maestro Guillermo Valencia,
descendiente de los Condes de Casa Valencia, de profesión poeta y latifundista,
pues se había casado con la más rica heredera de Popayán y Antonio José
Restrepo, radical furibundo, cínico y bohemio. Obviamente ni el uno ni el otro
hablaron del proyecto, pero como dos vivanderas en la Plaza Grande se
agraviaron recíprocamente con los peores epítetos”.
Eso, viejo campeón de Baile Macho de la playa de la Brígida, me recuerda
el juramento hipócrita del loco Pedro José sobre el valor de un hombre. Decía,
cuando estaba a pocas horas de entrar a otro lapso de locura, poniéndose firme
y hablándole a un general que sólo aparecía en su mente: ¡Firmes, mi general! Se presenta
el soldado Pedro José listo para la batalla. Siguiendo sus instrucciones, si
hay muchos enemigos, no avanzo; si hay pocos, retrocedo; si no hay ninguno,
avanzaré y derramaré hasta la última gota de sangre. Por la patria y por el honor, primero correr que morir. Que
digan aquí corrió, pero no aquí murió”. Para que usted no pierda el hilo de su tema, dejo para más
adelante el caso de la autenticidad de los que nacimos en este país. Pedro José
es otro gran olvidado de la historia local. Cuando entraba en una manera de
trance síquico, abandonaba todo, buscaba en un escondite que nadie pudo
descubrir un látigo, se colocaba alrededor de la cabeza una panola roja y salía
a perseguir muchachos. A un alcalde se le vino a la mente la idea de comprobar
si eran reales los raptos de locura del hombre, mandó a buscarlo y le señaló
que, para no meterlo en un calabozo, debía llenar un tanque en los patios de El
Manguito. Pedro José, sin decir nada, tomó dos baldes, bajo la vigilancia de un
policía se fue al río, los llenó y los arrojó en el tanque, tarea en la que
permaneció dos días de ocho de la mañana a cuatro de la tarde. Al tercer día,
amaneció sentado en un andén del edificio oficial y al preguntarle el policía
por qué no estaba trabajando, le respondió: Estoy esperando al señor alcalde para
decirle que mande a la madre a llenar el tanque que no tiene fondo. Comprobada
la locura, en medio de risas, fue dejado en libertad
El hombre mayor adorna su faz con una sonrisa
sardónica, pero guarda silencio ante la perorata. Continúan en la observación
de los edificios, como si hubieran surgido súbitamente ante ellos. Los vientos
comienzan a llegar tímidamente desde el río que está apenas a unos doscientos
metros. La tarde pierde también, poco a poco, el intenso brillo que la
caracteriza en el pueblo, porque el sol se encamina en el horizonte a dormir
una larga noche de intenso calor. Cualquier desprevenido pensará que la lluvia
no demora, pero la opacidad es efímera y lo que quede de ella se confundirá
poco después con la oscuridad de la noche que empieza. La brisa refresca en
algo los sudorosos cuerpos. De la misma manera que en los pueblos fríos del
interior del país es recomendable abrigarse, aquí la elegancia pierde la pelea
ante la necesidad de abrirse la camisa y recibir en el pecho desnudo la poca
brisa que llega. Sólo las mujeres, acostumbradas a preservar principios
seculares, no caen en los requerimientos milenarios de los hombres y resisten
con estoicismo la situación.
—No por gritar se oye mejor. Al pobre le parece que es insignificante,
que no tiene terruño, que carece de patria y, por tanto, no tiene historia.
Pero se quiera o no, el pobre es también parte de la historia.
—Sí, es posible. Los pendejos que acompañaron al mariquita de Alejandro,
al doble filo de Julio César, al petulante del Napoleón, así como a éste que
está aquí detrás de nosotros que aún no se ha cansado de tener la espada en la
mano, tienen un lugar en la historia, que no es otro que el buche de las aves y
animales carroñeros, mejor aún, en el buche de los goleros. Esa es la estantería
en donde se acumulan los libros ensalzando a tan valerosos soldados y se
reseñan sus proezas. Sólo que los que escriben la historia no miran dentro de
los excrementos de los animales. ¡Así es mi historia y la historia de los come
mierda del mundo!
Guardan silencio y el viejo medita sobre lo que acaba de recalcar su
amigo. Se atropellan en su mente múltiples ejemplos, cientos de experiencias
personales, incontables reseñas de amigos y conocidos sobre hechos y
circunstancias, en que las proezas de los humildes se pierden en el vacío.
Nadie hace eco, ni siquiera sus familiares, de los actos heroicos de gente del
común. Una de esas reseñas se refiere a un periodista santandereano, del cual
apenas sabe el apellido, Rueda, que escribió una de las páginas de valor más
singulares en estas tierras. Viajaba, quién sabe a qué, río arriba en el vapor
El Montelíbano, cuando la nave tropezó en un remolino con un obstáculo que le
destruyó la proa y perdido el timón comenzó a rolar hasta hundirse con
resultado de un número considerable de muertos. Personas que si sabían nadar no
tuvieron la capacidad suficiente para desplazarse a lugar seguro y se hundieron
en las aguas turbulentas. Rueda murió allí, pero al perder la fuerza física
luego de ir y venir de la náufraga nave a la orilla del río y viceversa,
salvando vidas. La historia regional lo ignoró por completo y un héroe, porque
éstos sí son héroes, se diluyó en la distancia y en el tiempo, cuando en verdad
debería recordarse siquiera con un busto simbólico, antes que rendir honores a
los que encendieron la tierra nacional y tratan, o fingen tratar de apagarla
con la sangre de las víctimas inocentes. Pero no puede coadyuvar en el odio de
los compatriotas, mucho menos si ellos son sus familiares o sus amigos más
queridos.
Prefiere cambiar la dirección de los vientos de odio hacia otros asuntos
menos macabros.
—No olvides, amigo mío, que sin pobres no podría existir el mundo y no
habría historia. Son aspectos sutiles que no es el momento de dilucidar. Los
pobres existen y se mueren de hambre en nuestro país y en los demás países del
globo, incluso en aquellos que se creen los más importantes y poderosos del
momento, pero no podemos esconder que la desgracia hermana los pueblos y esa
hermandad lleva a lo que de otra manera no se alcanzaría, como es la
integración para formar un solo pueblo en un mismo planeta.
— ¡Hablas burundanga! Estás como los marranos que salen a las calles a
desfilar como hormigas cuando amenaza lluvia y gritan bobaliconamente pueblo
unido jamás será vencido, y
la unidad la dispersan a garrote y culata la policía y el ejército, ese glorioso grupo de héroes, que de un momento a otro pasaron de
defensores de la patria a defensores de terratenientes, traficantes de drogas,
contrabandistas, funcionarios corruptos y demás ralea que se apoderó de nuestro
suelo. Todos a una, esos sí unidos para acabar con el pueblo, lanzan granadas,
bombas de gases que sacan lágrimas en mayor abundancia que si se hubiera muerto
la madre de uno y si persisten, les dan su rociadita de plomo en respuesta a los enemigos del orden y de la libertad
camuflados en la manifestación que fueron los primeros en disparar. Y los
incitadores, los organizadores de las manifestaciones, que son los que huyen de
los gases, de los culatazos, de las patas de los caballos acostumbrados a
alimentarse con carne humana y del plomo que se sale por sí solo de los
fusiles, se hacen los yo-no-fui, pasándole
la mano por la espalda, a manera de consuelo, a la mujer que queda viuda y con
varios huérfanos, esos cagones que lloran sin cansarse día y noche por hambre y
por enfermedades y quedan desamparados y dando vueltas, como dice
el tango gardeliano, dando vueltas como
un viejo carrusel; como es obvio, esos barrigones no tendrán la oportunidad
de subir a un carrusel, que solamente los traen los circos y los pobres no
conocemos la pista de un circo. Apenas vemos a los payasos, a los elefantes y a
los orangutanes cuando desfilan por las calles promocionando las funciones y
anunciando que dos niños entran con una boleta, función de gancho, aseguran.
Esos hijos de mala madre le dicen al oído a la viuda que lo sienten mucho, pero
qué van a sentir. Es la careta. ¿Acaso en esta podredumbre se denuncian los
crímenes? Con los ojos despepitados ven a los asesinos, pero cambian las
reacciones naturales del cuerpo y antes que abrir la boca la fruncen y el ano,
en vez de apretarlo, lo aflojan y se convierten en un raudal de mierda y se van
corriendo para la casa, cierran las puertas y las ventanas y se duermen con el
arrullo de las palpitaciones aceleradas de sus corazones. Siempre que en este
cagadero pasan al papayo a un pendejo, y son dos, mínimo, cada día, me acuerdo
del chiste de Carlos Failache relacionado con un tipo perseguido por un tigre
hambriento, que en medio de la carrera le gritaba a la fiera: Si me alcanzas es por la carretera de
mierda, pero cansado nunca. Ese
es el pueblo unido de que parlas, viejo prostático, ese es el man unido con su
semejante por el hambre. ¡Pura ñeja! ¡Aquí nadie aprieta el jopo! Lo esencial
es conseguir algo para echarle al estómago y el que lo logra, se esconde para
no compartir con nadie.
El hombre de más edad ataja con tiempo una carcajada. Los planteamientos
de su joven amigo lo hacen reír unas veces, lo lastiman en ciertos momentos o
lo sacan de casillas las más. En el fondo, cualquiera sea su impresión del
instante, lo admira. Lo conoció una noche ya lejana cuando tal vez había
cumplido diez u once años y como los peces se habían negado a tomar las
carnadas, bajaron por la ribera derecha del río desde el puente hasta el
triángulo de la miseria, Pueblo Pescao, y allí el niño les indicó en qué sitios
picaban a esas horas de la noche los peces, además de descubrirles las canastas
vivero de barbudos, charúas, moncholes, bagres y bocachicos y les ayudó a sacar
suficiente cantidad para una ensarta considerable que llevaron sobre las
espaldas en un recorrido de cuarenta y cinco cuadras. Lo observa en silencio y
repentinamente le dice:
—La pobreza y el hambre hermanan a los hombres y crean circunstancias
únicas. Hacen que todos los hombres sean uno solo en un mismo país y un mismo
mundo, destruyen las fronteras. Lamentablemente no todos piensan en alcanzar la
misma meta cuando se debaten en la miseria. Por eso ocurre lo que dices y si
alguien encuentra un pedazo de pan, erige un muro para separarse. Pero
recuerda: Cristo no multiplicó los panes ni los peces, lo que multiplicó fue la
buena voluntad de quienes le seguían para escucharle sus parábolas. Así,
derrotó al egoísmo que se anida en cada ser humano. Muchos de los que lo
acompañaban ese día llevaban un pan y un pescado, pero no los sacaban porque
eran tantos que cada cual se imaginaba que no alcanzaría y quedaría sin nada
qué comer. Jesús, viendo la situación, los invitó a depositarlos en cestas y
luego de repartirlos, se sorprendieron que además de saciarlos, quedaran muchos
en ellas. Sólo que el egoísmo siguió
vigente y el milagro sepultado en el mismo lugar en que se produjo. Nos
mantenemos aferrados al egoísmo y guardamos celosamente los alimentos para
engullirlos a escondidas, solitarios, sin darle al amigo o al familiar y menos
aún, al extraño que cruza por donde estamos. Pero pasando a otra rama del mismo
árbol, y concatenando con tu prédica, siempre he creído que el primer golpe es
el más doloroso y que en mi época fue peor, porque los ricos eran más ricos y
los pobres más pobres. Ni siquiera podíamos ingresar a las casas de los ricos
por la puerta principal, por la del frente, sino por la del corral. La
denigrante e ignominiosa puerta llamada puerta
del servicio.
—Hombre de las cavernas, pocas veces te equivocas. Y en esto último
estás lejos, pero bien lejos, de la realidad. Los totazos que recibiste en tus
años de niño y de joven, y no me alcanzan los dedos para contabilizar los
siglos desde entonces, no pudieron ser peores que los que hoy recibimos.
Tampoco el primero es el más duro de los golpes, lo que acontece, mi antediluviano
amigo, es que uno se acomoda y después no siente así sean cientos. La afrenta
de entrar por la puerta del servicio es tal vez más aceptable que la de hoy. En
tus viejos tiempos, cuando ni siquiera habían pensado en enviar a un hijo del
Todopoderoso para que nosotros, viles gusanos de la tierra lo crucificáramos,
podías ver al tetra hijueputa que era tu patrón, tu amo, cuando pasabas de la
puerta del servicio al patio en donde amarraban los burros y los caballos,
expuesto a que te mordieran los perros. Pero lo veías y mentalmente le mentabas
a la que lo había parido, aunque es mejor decir que lo había cagado. En estos,
que son mis tiempos porque tú ya estás cerca de pedir que bajen la caja, le
sacudan el polvo, las telarañas, el comején y las cucarachas, podemos trabajar
toda una vida sin conocer al amo. La puerta del servicio desapareció y el
modernismo la remplazó con un botón que ponen a la entrada y un hilo avisa que
un muerto de hambre está jodiendo en la puerta del condominio. Y viene entonces
una hermanita nuestra, hermana de “clase social”, que remplaza en la cama a la
patrona que está en otra cama de otro piso o de otra ciudad con su amigo del
momento, y pregunta. Así, hermanito, ni siquiera puedes ver a la muchacha
porque la voz baja del piso veinte por el hilo y ni ves ni te ven. Eso es peor
que lo tuyo. La torre de donde emana como la luz de un faro que guía al barco
en el que viajan mi inteligencia e ilustración, me informa que hoy es peor que
ayer pero menos grave que mañana. Hermano Trucutú, insigne representante de los
tiempos favorablemente idos, las cavernas existieron en una época en que los
Trucutús, tus contemporáneos, todo lo arreglaban a punta de garrote.
—Sabes, joven amigo, que creo que además de imprudencia es un peligro
hablar de esas cosas en un sitio como éste.
— ¡Uy! insigne creador del corte de pelo bautizado como papindó. Estaba
que tapaba la alcantarilla, porque este parque se mantiene lleno de sapos de
todo tamaño que cambian la desgracia de los demás por lo que ahora llaman corbata, y son capaces de vender a la madre, a la esposa, a las hijas, a
cambio de una de ellas. No trabajan porque los políticos los acostumbraron a
vivir del mono, una síncopa de
municipio. Lo invito a un sitio bacanísimo, chévere, y mientras charlamos y
esperamos a Jorge Lobelo, que debe encontrarse en el taller con el cuerpo
untado de grasa, nos tomamos una frías y vemos pasar y admiramos a las
viejitas. Bien sabes, anciano venerable, que la miseria crea necesidades y
produce hambre. Nuestras chicas, para satisfacer en algo los requerimientos y
aliviar un poco el hambre, dan lo que se les pida. Claro, que como en todas las
cosas, se debaten en el dilema de qué hacer con lo que ganan, porque si para el
machetero es un problema no tener machete y para el peluquero unas buenas
tijeras, ellas tienen que decidir si comer y perder la línea de sus bellos
cuerpos, la figura incitante, las curvas llamativas o gastar para tapar lo que
tienen que destapar para poder ganar el dinero ¡He ahí el dilema! La pregunta sin
respuesta del venerable Chaquespeare. Pues se tapan y salen al rebusque cuando
el sol declina, pero no porque crezca la sombra, como en el poema choquehuancano,
sino porque quién carajo echa un mocho al mediodía con el tremendo calor de
aquí. Usted sabe, hermanolo, mi buen amigo saca
lastrabas, que putería es putería. Las jermus nuestras, las que los ricos
califican de cachamas, charúas o babillonas, cobran por dejarse para poder
vivir. Las sardinas, las lindas teenager,
como los del imperio llaman a sus jovencitas, a las que llegan a los quince
años, o en el lenguaje de Castilla, el castellano o español, les decimos
quinceañeras pero que en la lengua del vacilón, del aguaje, de la bacanidad son
las Bocatto di Cardinali, es decir,
exquisiteces para paladares y pretinas
exigentes, en fin, las hermosas de ellos, los ricos del pueblo, que
parecen vivir en la casa que Rafael Escalona le construyó a su hija Ada Luz,
por el contrario, pagan para que se lo hagamos. Son las dos caretas de un mismo
níquel, que no es más que prostitución. Las unas para poder vivir y las otras
porque sin eso no pueden vivir. Recuerde los planteamientos filosóficos de
Carlos Failache, corroborados por las investigaciones de Ananías Carmona, que
las jermus de ellos, los de la alta, los súper putas, nos buscan debido a
que los que poseen fortunas se llenan la panza con exquisitos manjares y el
fotuto se les engorda por exceso de grasa y la sangre entonces no llega y
pierden el apetito entre las piernas y no se les para ni una mosca en la
cabeza, y las jermus de la élite se alborotan, se arrechan más que las nuestras
porque como no tienen nada qué hacer en la casa, únicamente piensan por donde
sabemos, y al no encontrar respuestas en sus abullonadas camas salen a
buscarnos. Y allí estamos los que, por el contrario, por efectos del hambre, la
debilidad nos atiesa todo órgano, especialmente los que sobresalen del cuerpo.
Pero esas cosas no pueden decirse, viejo platirrino, así te ufanes y hasta
compruebes que llevaste a la cama a miss universo, ya que de trascender te
conducen a la sede de la polimata y
te toman una hermosa fotografía como las que con lujo de detalles hacen en sus
laboratorios Ramón Peña Vargas, el de la Foto Leika, el cartagenero Gilberto
Delgado Iglesias y Alfonso Benavides, con su correspondiente ficha y todo. ¿Y
sabes quién te hace fichar? El man de la barriada, el que come mierda como tú o
como yo, el que te acompaña los fines de semana a descansar frente a unas
frías, que por miserables y puercos billos del Banrrepública, del Emisor, como
dice con voz fuerte nuestro viejo amigo Mariano Acosta, van a donde los dueños
de las pitas con las que te amarran las que te guindan y te las jalan hasta
hacerte maldecir el momento en que naciste hombre. Eso si quieren dejarte como
advertencia a los demás, pero sin bolas, sin taco y sin mesa para jugar un
chico o, al contrario, además de machacártelas con un martillo te agregan un
kilo de plomo.
Se retiran del lugar y se dirigen a la calle siguiente en donde abordan
un destartalado bus rumbo a la zona sur.
La Patota, el Camajón y la historia.
Al enterarse del lugar en que esperarán al otro amigo, el hombre más
viejo trae al presente los archivos de su memoria y hace un recuento mental,
así:
El Camajón es un viejo árbol que desde tiempos que se ignoran de la
antigua aldea y ahora ciudad, se yergue altanero a la orilla de una vía que
primero fue un camino de herradura por el que se comunicaban las aldeas y
corregimientos con el sitio, con una ciénaga cercana o en otra dirección
a varios caseríos; el Camajón es un viejo árbol bajo el cual y aprovechando su
ramaje, han encontrado cobijo los viajeros. El progreso de la población trajo
como consecuencia un aumento de los habitantes y en menos de dos décadas
triplicó a los pobres y agudizó los problemas sociales, patentizándose la
necesidad de una vivienda decente, preferentemente para campesinos desplazados
del campo a la periferia del poblado, donde levantaron tugurios aberrantes en
los que viven hacinados vergonzosamente. La violencia, como en ocasiones
anteriores y futuras, los saca de sus parcelas y los obliga a radicarse en un
medio diferente, complicado, miserable, impúdico, despiadado y humillante.
Para entrar a la ciénaga era indispensable pasar al lado del Camajón. Cuando
se regresaba con sartas de moncholes, mojarras amarillas y cocobolos, bajo el
árbol se descamaban y así llegar a los primeros barrios, listos para venderlos.
Fue una ciénaga rica en fauna y flora, y tal vez la primera víctima del
vandalismo de algunos desplazados en busca de alimentos, que la tomaron como
objetivo y la desbastaron sin prevención ni previsión. Sin saberse cómo ni cuándo cualquier día
amaneció sin agua, sin peces, sin árboles, sin tarulla, sin pisingos, chelecas,
viuditas, patos reales ni aves. El terreno, desértico, sirvió entonces para que
los necesitados de un techo levantaran covachas donde refugiarse y compartir
las carencias llorando para adentro, como lloran los míseros en su miseria
humana, como lloran los valientes la incapacidad de oponerse a las armas de los
que manejan la patria, como llora el soldado herido y abandonado en el campo de
batalla. Tragándose raudales de lágrimas, pero con el rostro tieso, desdibujado
por la fuerza de apretar las mandíbulas para fingir un valor que se perdió al
momento de nacer en un país, que como dice uno de los amigos, no es más que un
pozo colmado de lágrimas de impotencia, de sudor vacuo, de sangre inocente y de
mierda evacuada en medio de los dolores de la tortura previa a la muerte.
La ciénaga fue refugio de un caimán mocho y una babilla. Ambos
considerados peligrosos y pocas personas osaban introducirse en el estanque
natural a gozar de la frescura de sus aguas. Nuestros personajes, en compañía
de otra cincuentena de jóvenes y niños, se dedicaron sin miedo a visitar la
ciénaga a pescar y al final de la tarde, vender los peces que se dejaron atraer
por las carnadas y llevar a sus hogares unas monedas más como complemento de la
suma que los padres, tal vez, habían devengado en extenuantes jornadas
laborales. En los primeros meses no vieron a los dos animales, hasta que uno de
tantos días emergió silenciosamente la babilla muy cerca a uno de ellos,
Cavadía, que siguiendo instrucciones de los mayores la dejó acercarse sin
mostrar temor, pese a que por dentro algo le impulsaba a huir. La cazaron, la
sacaron, y la amarraron a un árbol a la orilla de la ciénaga y a la hora de
comer lo hicieron a su lado introduciéndole pedazos de pan, yuca cocida, arroz
y otros alimentos. El animal tragó y al día siguiente regresó, se dejó amarrar
y saltó voluntariamente del agua. A los siete días, nadie le puso atención y
ella se refugió debajo del árbol y comió de lo que le daban. Uno de los
muchachos comenzó a jugar con ella y no hubo problemas. Incluso, los más pequeños
la colocaban bocarriba y uno de los mayores informó que la babilla tenía la
vulva igual a la de una niña de doce o trece años y se produjo algo que tal vez
antes no habían hecho los más afiebrados con el bestialismo o zoofilia: Sirvió
de objeto sexual por un largo tiempo.
Al caimán mocho lo cazaron a semejanza de la babilla, y su fiereza
desapareció con el contacto cariñoso de los miembros de la patota. El animal se
unió a la babilla y compartía los alimentos, además de jugar con los menores
tanto en tierra como dentro de la ciénaga. La agilidad que perdían en tierra la
ganaban dentro del agua Los dos animales desaparecían metiéndose por entre la
tarulla y emergían debajo del que encontraran más cerca, dándole volteretas
para esconderse nuevamente. Así, los hombres y los animales, encontraban el
entretenimiento durante varias horas del día. Pero esa fue su perdición, al
acostumbrarse a departir con el más fiero y despiadado de los animales, el
hombre.
Los desplazados, al iniciar el proceso de depredación de la ciénaga en
busca de alimentos, los vieron surgir y tal vez porque los animales esperaban a
sus amigos se dejaron cazar y con ambos llenaron las vacías ollas de la cocina
y los estómagos de varias familias en el barrio Cagajunto, de donde procedían.
La afluencia de gentes de distintas condiciones dejó inesperadamente al
Camajón en medio de las rutas hacia distintos lugares. Ya no fue más el lejano
sitio de reposo en la polvorienta y calcinadora senda campesina, pero nadie ha
podido explicar cómo fue que se salvó de la arremetida de los machetes, las
rulas, las hachas, las sierras y las máquinas de las obras públicas, y después
de resistir las embestidas, terminó como refugio de pasajeros a espera de buses
del servicio urbano.
No obstante, muchos se preguntan si no estará acaso impregnada en la
corteza y en el ramaje del Camajón, parte de la historia de este núcleo humano
y que si pudiera hablar relataría
acontecimientos de viejos tiempos, cuando los viajeros solitarios llegaban a su lado, hasta
las riadas de destechados que corrieron desde sus parcelas, huyéndole a las
hordas sanguinarias que los perseguían para que las abandonaran y facilitarle a
los gamonales y terratenientes apoderarse de ellas, dejándolos desamparados y
obligados a levantar covachas de cartón, de láminas de zinc viejas,
herrumbrosas o de asbesto cemento, para calificarlas orgullosamente como mi
casa. Repetirnos los diálogos de Rafael Yances, de Lenny Portnoy, Luis
Arenis, Cancino, Edgardo Nieto, Reinerio Toscano, Edilberto Kerguelén y otros
más, que maquinaron la toma de terrenos improductivos de propiedad del gobierno
nacional, destinados a programas de vivienda para los más necesitados. O
revelarnos las diferencias de los miembros de un club social con nombre de
cacique indígena, que aspiraron a igualarse con los del otro club, el de la
élite, pero fracasaron al levantarse entre ellos una nueva torre de Babel en
medio del caos por desacuerdos económicos y olvidarse que nacieron en hogares
modestos y sectores populares y no estaban acostumbrados a la hipocresía, el
engaño y la falsedad. Y se confundieron en el lenguaje abandonando el lugar
hasta cuando apareció Juan Francisco Pérez, el popular Kiko, con su imaginación
maravillosa y sus proyecciones factibles y sus realizaciones para servir a los
pobres. Aquí sí que puede afirmarse que el Camajón influyó quién sabe cómo para
que las cosas volvieran a quienes correspondía.
Falta poco para que las luminarias del servicio público comiencen a
encenderse y darle, en medio de la densa oscuridad, alguna claridad al entorno.
A las seis de la tarde las redes de energía eléctrica, los árboles que aún
quedan en pie, las alambradas que también continúan separando a las covachas
miserables del pasto de las dehesas vecinas, como calificó don Germán Gómez
Peláez en su emisora, el verde de los
pastos siempre en primavera, son una muralla denigrante para la libertad y
la democracia, se llenan de golondrinas. Las avecillas pasan desde las cinco de
la mañana en un viaje constante por el valle buscando alimentos para las
bandadas y vienen al caer la tarde a reposar y a dormir. Los habitantes del
pueblo se cansaron de expulsarlas, pero ellas son persistentes y constantes y
ningún peligro las aleja más allá de un vuelo ligero por la zona para volver a
colgarse en donde estaban. Son, como los toros bravos, defensoras de sus
querencias.
Las luces de los
kioscos y de la calle comienzan a iluminar el entorno de El Camajón, y los
vehículos que corren por la destapada carretera como hormigas, multiplican los
esfuerzos por evacuar prontamente a los pasajeros en los paraderos para
regresar a la zona central y traer secretarias agotadas y con la capa de menjunjes
que adornan y transforman sus rostros, corriéndoseles debido al sudor.
Oficinistas que no saben cómo van a engañar a sus hijos al momento de abrir la
puerta de la casa y no llevar nada en las manos. Cajeros de bancos que pasaron
el día contando billetes sin poder tomar uno con el que aliviar sus apremiantes
necesidades. Policías que no saben si antes de apearse recibirán un baño de
plomo por parte de los guerrilleros. Guerrilleros que ven subir a los policías
y sienten que el sudor del miedo les baja a chorros por la espalda. El que
porta el paquete de drogas y aprieta las nalgas cuando los policías suben al
bus. La esbelta mujer que al no encontrar un lugar vacío se aferra a los tubos
de las sillas porque aún le tiemblan las piernas luego del esfuerzo hecho en la
oficina o en el cuarto de un hotel, soportando los manoseos y la penetración de
un tonto que anota nombres, lugares y fechas con una clave propia para que no
se le pierda la cuenta de las mujeres que ha tenido debajo y ufanarse de
haberles “sacado la piedra”, sólo que ella necesita esos pocos billetes para
alimentar a sus hijos. La enfermera que se sienta junto a una de las
ventanillas para que el viento le disipe de la nariz los olores a mierda, a
pus, a vómitos, a sangre, a llagas, a muerte, que son los olores que impregnan
los pisos y las paredes de un denigrante establecimiento que llaman hospital;
olores emanados de cuerpos desnutridos, de los cuerpos de los pobres que son
los únicos que allí llegan. El obrero que parece querer fundirse con la silla
para que no emanen los malos olores después de un largo día en el sube y baja
de la mezcla para fundir la placa de un piso en el edificio que se construye.
El maestro que mañana deberá recurrir al agiotista para que le compre por el
módico veinte por ciento el noveno mes de sueldo que el gobierno no le paga
dizque por la economía y planificación del gasto público y muchas otras
palabrejas con las que los economistas disfrazan las manipulaciones de los
políticos.
Los dos amigos se apean del bus y se dirigen a un kiosco, se sientan
frente a la más alejada de las mesas del lugar de recreación y piden una tanda
de cervezas. Por largo rato observan el ir y venir de la gente y los vehículos
y paladean silenciosamente el agradable líquido contenido en las botellas por
las que resbalan pedazos de hielo. Es una costumbre en el poblado beber la
cerveza a punto de congelación, porque así, comienza a refrescarse el cuerpo de
adentro hacia fuera y se soporta mejor el clima exasperante.
—Están que timbran, afirma uno sin que el otro responda, como si ambos
hubieran llegado a la misma conclusión. El líquido casi congelado produce una
agradable sensación en el paladar, que además de refrescarlos, parece llevar a
sus estómagos la fina capa de polvo que se acumula en las gargantas, esa misma
tierra que tupe narices, ojos y oídos, como resultado de las densas polvaredas
levantadas por la circulación de automotores en la destapada carretera.
—Siempre me pregunto, desde que salí de aquí, por qué mis paisanos no
mueren de tuberculosis- dice el más viejo, rompiendo el silencio mientras llega
una nueva tanda de cervezas. Bebe ávidamente, como debe hacerlo el perdido en
el desierto al toparse con un oasis, y agrega- Esta contaminación la sufren
únicamente los barrios de sectores deprimidos. Mira el contraste entre El Recreo,
el barrio de los ricos, y La Granja, el de los pobres. Mientras en aquel
extendieron las redes de servicios públicos antes de levantar el primer
palacio, en el otro fue lo contrario y quién sabe cuántos años deberán esperar los servicios esenciales.
— ¡Epa,viejito! ¿Ya estás sufriendo las molestias del polvillo? Te
fuiste cuando éste era camino de herradura por el que transitaban burros y
caballos. Por eso no estás enterado de nuestros sufrimientos. Estuve a punto de
colgar los tenis cuando ampliaron el camino y lo llamaron carretera y entonces
los de mala leche que no son otros que los hijos de los ricos, creyéndose los
Juan Manuel Fangio, o mejor, como si tuvieran a chucho fuertemente agarrado por
las güevas, la convirtieron en pista de carreras de autos. Día y noche los mal nacidos pasaban como un
tiro y llenaban todo de polvo de caliche. En los barrios Obrero, Granada y
Miraflores, cuando íbamos a comer teníamos que pasarle el cuchillo a las
tajaditas de plátano, yuca o al trocito de ñame para quitarles la capa de
tierra. ¡Barro, hermanolo! No sudábamos, nos corría el fango por la cara, el
cuello, los brazos. La niña Silvia Bello y doña Segunda, la mamá del “Indio”
Salguero, ese muchacho de mal genio que no obstante fue un gran mamador de
gallo y finalmente se dejó embrujar de las corralejas para, embrutecido e
irresponsablemente, brindarle a los ganaderos ver en el ruedo y frente a un
toro lo que ellos no harían jamás en la vida, por cobardes, pero que se
extasían al ver correr la sangre de los de la gleba por las astas de los fieros
animales.
Me aseguraban que los pocos trapitos remendados destinados a vestirnos,
los dejaban enjabonados durante dos días y más tarde los introducían en ollas
de agua hirviente para quitarles el negro del polvo. Luego los guardaban como
oro en polvo, para que no se ensuciaran sin usarlos. ¡Imagínate! Tú, que te
criaste en una vida como esa con mamá lavandera, lo que tenían que hacer
nuestras queridas cuchitas cuando lavaban la ropa a los padres de los tetra que
las embarraban. Como consecuencia de la polvareda permanente, me surgió una tos
primero y más tarde un joguillo del carajo, amenazando con asma, que obligó a
mis viejos a introducirme, chondo, en un tétrico lugar que, por lo negro de la
suciedad en las paredes, pisos descascarados y una jedentina como de tumba de
muerto reciente, no daba salud alguna, sino que aseguraba la muerte de los que
nos llaman pacientes. Y en verdad, padre del eslabón perdido, que se debe tener
la mayor paciencia no solo para estarse allí, sino para esperar la muerte de
manos de unos fúnebres individuos con bata blanca y un animalejo que les cuelga
del cuello y por el cual se deleitan con los ruidos que produce el intenso
dolor interior del cuerpo. Son vampiros, sin alma, sin conciencia, que creen
que viendo morir a los demás, adquieren experiencia. Pero no son más que los
mismos ganaderos y terratenientes o hijos o nietos de ellos, que van despejando
el campo de pendejos que esperan el cumplimiento de la promesa divina. Desde
entonces, decrépito amigo, me burlo de que la tierra la heredarán los mansos,
que los que se porten bien en esta dimensión de mierda tendrán un cupo a la
derecha en el valle de Josafat o preferencia de abandonar el Armagedón antes de
que los viejos hermanos y enemigos, se tiren de las pelotas para que impere el
reino de la eternidad. El llamado hospital no es más que un moridero de pobres.
Te torturan no atendiendo tus súplicas, no escuchando los alaridos del dolor
que te carcome por dentro, espaciándote el suministro de medicinas que después,
cuando sales regular para la covacha o tieso para la funeraria, se registran
como si te las hubieran aplicado cumplidamente. Además de asesinarte
indirectamente, se lucran con las medicinas, exámenes y drogas que te
escatimaron, o mejor, que te timaron. Desde entonces, viejales, me hice el reto
de morirme en la incómoda cama de mi casa y no volver al fatídico recinto, de
cortarme el tragadero si el dolor es muy intenso. Y el alcalde nalguita pará y
el director de la tumba se enorgullecen de llamarlo hospital y de que atienden
a los pobres a través del servicio de caridad. ¡Qué porquería, vale! ¡Qué trato
miserable! ¡Qué humillación para el varón!
Los enfermeros y enfermeras, los mismos de nuestra clase, son los que
peor trato nos dan. ¿Te acuerdas de Ernestina? La que llamábamos culo loco
porque apenas conseguía dónde recostar el cuerpo y alzar una pierna entregaba
todo lo que tenía que entregar, hasta que se lo dio al loco que llamaban El
Ñeque. Esa es la aspiradora de polvo y
la escoba mecánica del supuesto hospital, que dándoselas de mejor come mierda
que los demás pobres, allá dentro lo trata a uno como a un perro con la jeta
rebosante de espumarajos por el mal de rabia. ¿Te acuerdas del cagón que venía
al barrio para que lo acompañáramos a burrear porque el hijueputica estaba
cansado de tirar con maría manuela en los baños de su casa y del clús? ¡Hombe,
ese que parece jugador del otro equipo y con un apellido rarófono! Me miró y
confirmé que sabía quién era este palurdo de los extramuros que tantas veces lo
acompañó por los potreros del viejo Toño Berrío, de los Araujo, de los Cabrales
y otros que rodeaban la zona de los pobres. Y mariconerías que le dan a uno
cuando olvida quién es y dónde nació y el océano de diferencias que separa a
los de la zona sur con toda su hambre, sus flaquencias, la innata palidez de
sus rostros o el verdiblanco que refleja la tuberculosis galopante, sus toses y
demás enfermedades que produce la desnutrición y los de los sectores
privilegiados, rosaditos, empastados como novillos para feria, con ropaje de
fina calidad, uñas limpiecitas, pulidas y un barnizado neutral, que caminan con las manitas abiertas y los
dedos parados, en una clara imitación a doña Clorita, la del libro Alegría de
Leer que me produjo callos en la palma de la mano por efecto de la regla DM que el Mocho Diego
blandía con tanta alegría para apalear a los brutos. De esos amanerados arrancó
la perdición de este pueblo. El palo que nosotros recibimos en las manos lo
reciben ellos por la retaguardia cuando llegan a los catorce o quince, fechas
en que los salones del clús los adornan con figuritas azules si es varón y
rosadas si es niña, pero que en muchas ocasiones y por si acaso, para no
traumatizar a los varones, con ambos colores para que se sientan mentalmente
agradables, según la primera sicóloga que vino a estos andurriales con sus
baboserías de traumas y otras cagadas. Esas sicólogas se las juego con un día
bajo el mando de la vieja Felicia Cuadrado, de Valentina Pacheco, de Rosa
Mondongo, por ejemplo, a las que nada se les podía esconder. “Malicia indígena”
aseguraba mi padre que era esa rara condición de esas viejas tan queridas por
nosotros, que estaban siempre allí, al lado de uno para castigarle las metidas
de pata. Y sus hijos, con muy raras excepciones, no se traumatizaron ni se
volvieron ladrones, ni pícaros, ni maricas ni bobos. El palo no los traumatizó
y, por el contrario, los hizo buenos hombres y buenas mujeres y, cuando los
padres ricos nos acusan de pervertirles a sus retoños, no hacen más que
arrojarle la culpa propia a los demás.
El joven guarda silencio mientras empina la botella de cerveza y, quién
sabe si no busca el hilo conductor del tema que se desvió para mantener la
información que suministra a su amigo, que por varios años abandonó la tierra y
corrió por el ancho mundo en busca de lo que en su pueblo jamás hallaría,
porque los ricos no permiten que los paupérrimos superen su condición. Tienen
la idea fija de que los hombres prósperos deben ser muy pocos, y justifican sus
acciones trayendo a cuento el nombre de Dios, un ser exclusivo de los ricos, que
por algo los distingue en esta dimensión, porque no todos pueden ser
privilegiados.
—Volviendo al tal hospital, me conducían en una camilla a la que le
traqueteaba hasta la colchoneta, porque prefieren el escándalo del cui cui de
las rodachinas y se roban la partida para comprar el aceite tres en uno, y le
dije, al verle el chócoro ese que se meten por los túneles de sonidos “¡Gastón,
ayúdame!”, y te juro viejo arrutanado, que casi me mata con la mirada. Pero con
la atención del que nada gastaba, no puedo negarlo, y el favor del Eterno, así
como con la ayuda mental propia que estaba esperanzado en desquitármela más
tarde, pude salir del antro. Me curé en tal forma que desde entonces el
polvillo que levantan las cuatro llantas de los carros, ya no me produce ningún
efecto negativo. Mejor dicho, Chicho, me acostumbré, como los demás, a lo
irremediable.
Agotan el contenido y hacen un nuevo pedido y mientras lo traen ordenan
las botellas vacías en filas que van de borde a borde de la mesa. Guardan
silencio, inmersos cada uno en sus propios recuerdos y observan el accionar del
cantinero que saca dos con una gruesa capa blanca que esconde el verde del
vidrio, coloca el destapador en el sitio preciso y se escucha el toc de las
tapas al saltar. Ello demuestra al cliente que las botellas no fueron
manipuladas desde el momento en que salieron de la fábrica y al sacarlas del
congelador en la cantina. Al llegar el pedido, el hombre de mayor edad saborea
el frío líquido, chasquea la lengua con gesto de satisfacción, y señala:
—Es el drama que golpea a ricos y pobres. El origen de la lucha de
clases. El rico se siente amo de vidas y haciendas y el pobre, aun cuando se
demore un poco más, espera con paciencia la hora del desquite. Dime: ¿Cómo
hicieron para acabar con la autopista? Desde que llegamos a este sitio sólo he
visto el tráfico normal, en el que es más numeroso el de vehículos de servicio
público.
—Oye viejo, tatarabuelo de Júpiter Tronante, la pobrería pasa apuros
para obtener con qué comprar los alimentos y por ello acá es raro el que tiene
un carro. Son muchas las ocasiones en que se deja de adquirir el grano blanco
llena estómagos para pagar el pasaje del bus. Su servidor, trabaja cerca al
colegio de las monjas y si me voy a pie y a pata como la garrapata, llego mamao
y rindo menos y merma el billo de la semana y suficiente razón para que haya
más transporte público que de servicio particular. Los niños bonitos olvidaron
que nosotros, los habitantes de los tugurios, de la periferia, los de los
barrios que nosotros mismos bautizamos como Pueblo Pescao, Caga Junto, Caga
parao, Mojón Rodao, Brinca y Pea, y el inolvidable templo del amor que
con el nombre del órgano sexual femenino le agregamos un adjetivo y se conoce
como Chucha
Barata y demás cobijados con el nombre de zona sur, somos especialistas
en joder. Los de la clase alta hacen maldades para divertirse, pero sus
escenarios son pocos y de tamaño reducido, mientras que los nuestros son
incontables y reunidos en los vocablos Ancho Mundo. Haciendo realidad el
calificativo de comemierda nos trasladábamos a las fincas cercanas y con maña y
saliva sacábamos las grapas de las alambradas y después, en el taller de Jorge
Lobelo o con las herramientas de don Luis Escobar, el taxista, o de la llaga
que alguna vez en siglos anteriores fue un jeep Willys del papá de Celio
Paternina, el inolvidable Mano de Aire, que se adelantó a todos en el camino
que no tiene regreso, las dejábamos listas, bien retorcidas, y las arrojábamos
a la hora de llegar las golondrinas y cuando pasaban los juanmanuelesfangio de
la élite, tenían que visitar a la fuerza las monta llantas. Después que cuatro automóviles Dodge,
cuatro chevrolatas tipo Apache, dos hermosos Toyota recién desempacados fueron
a caer en el canal frente al barrio Obrero, cesaron las locuras. Siempre se los
dije a los de la patota, pero ellos me decían que estaba loco de tanto hacerme
la paja, o sea la maría manuela, o que el humo por fumar tanta yerba me salía
por las orejas y nunca me creyeron que el ardor sexual de esos mancitos, por
considerar una porquería evacuarlo en la vulva de una paciente burrita, se la
aplicaban imprimiéndole velocidad a los vehículos. Es que el ardor sexual como
llaman los médicos a la piquiña que a hombres y mujeres les afecta las
entrepiernas y que mi abuela calificaba de alborotamiento
cuando estaba frente a extraños y como
arrechera cuando podía decirlo ante sus familiares y amigos, se le sale
a uno por donde menos imagina.
El joven amigo nacido en Pueblo Pescao, después de ayudarlos a robarse
los peces capturados con atarrayas, recuerda el hombre mayor, se apareció una
semana más tarde al barrio Obrero. Tal vez investigó previamente los horarios
de reunión de la patota. Traía puestas sus mejores galas, lo retrata
mentalmente, un par de zapatos de caucho raídos de lo viejo, perdido el color
original y la marca bajo una capa de mugre acumulado que lo hizo pensar que los
sacó de algún basurero cercano al triángulo de la vergüenza, un pantalón de
dril caqui lleno de remiendos en las posaderas y las rodillas, un cinturón
listo a quebrarse con el menor esfuerzo, una camisa de color indefinido
elaborada de un saco en el que venía la harina de pan que importaba la
panadería Flor del Trigo de propiedad del viejo Rosales, y un peinado liso y
brillante, oloroso a pomada Moroline, además de una amplia y sincera sonrisa
que lo hacía llamativo y agradable. Era un niño alto, contrariamente a lo que
se pensaba, fornido, musculoso, lleno de vida. Los habitantes del triángulo,
especialmente los niños, jamás sufrieron de hambre, porque allí se expendían
comidas de toda clase y los borrachos dejaban parte en los platos que ellos
tragaban sin prevenciones de ninguna especie. Sufrían, y tal vez más que los de
otros sectores deprimidos de la población, por otro tipo de enfermedades
originadas por la suciedad, por el abandono, y por el cáncer incurable del
bolsillo, enfermedad que no atienden en ningún puesto de salud ni hospitales.
El desgreño de los padres lo heredaban los hijos y así se construía una cadena
en la que los eslabones de oro los remplazaba la tristeza.
Siempre evitó identificarlo, porque el muchacho se integró a la patota
sin dificultades y a los seres que se superan es mejor borrarles el recorrido
desde el momento de la concepción hasta el del éxito. Había sido un hombre
consagrado a su propia rehabilitación, ya que entre los pobres también hay
límites por superar y metas por alcanzar.
Solo su forma de hablar y su manera de caminar, no cambió. Entre todos
lo ayudaron a borrar el estigma de Pueblo Pescao, a dirigirse a los mayores, a
los desconocidos, a leer y a escribir, a matricularse en la escuelita del Mocho
Diego, el educador de los pobres, a realizar los ejercicios para superar
escollos, ya que el viejo y querido maestro no asignaba tareas para realizar en
casa, porque siempre la hacen los padres. Y a leer sin desmayo todo papel
escrito que encontraba en el camino. El hombre mayor se ríe inesperadamente, al
recordar que él también aprendió a leer por sí mismo, pero sin conocer las
letras. Leía periódicos y revistas que encontraba en las calles y por una
extraña condición, analizaba los contenidos y expresaba sus opiniones. Ello le
permitió enfrentar a los mayores, buscando siempre a los que consideraba tenían
más y mejor preparación escolar, para exponer sus puntos de vista y
controvertir.
Para la época las autoridades tenían el convencimiento de que todo aquel
que no hablara y caminara de la manera conocida y utilizada, era un drogadicto.
Marihuanero lo registraban en sus archivos y en donde quiera lo encontraban, lo
conducían tras las rejas de una inspección de policía. El Loco Villa, el
boxeador Salvador Villa, el loco Espejo y los llamados babucheros, estaban más
tiempo en las cárceles que en la calle, pero jamás les encontraron el producto
ni les hizo falta en los calabozos, lo que demostraba que no era otra cosa que
una forma de burlarse de esas mismas autoridades o manifestaciones de rebeldía
por la situación imperante. Se salvaron Pedro Ortiz y éste, porque
indudablemente tenían el respaldo de gentes que por su condición social hablaban
y los exoneraban de las persecuciones. Sus interlocutores en los momentos en
que encontraban algún tema, eran abogados y médicos a los que les agradaba
oírles los planteamientos políticos y sociales. Su amigo leía tanto, que le
sobraba talento para enfrentarse al más pintado, como lo señalaba, y eso
llamaba la atención de quienes lo trataban, que quizás se preguntaban cómo era
que jovencitos que apenas habían estudiado en las modestas aulas de la escuela
del Mocho Diego, pudieran superar en conocimientos a los que egresaban de las
universidades tan neófitos en los temas como si jamás hubieran pisado los
salones de escuelas, colegios y universidades. Lo singular era que entendían
ante quién o quiénes estaban y se enfrentaban y por ello su comportamiento se ajustaba
al ambiente. Nada de tergiversaciones, nada de cambios de términos, nada de
palabras vulgares o no entendibles, ni mucho menos chocantes al oído.
Los pensamientos, en verdad, vuelan. Había pensado muchas cosas de su
interlocutor en un santiamén, y si no se detenía, terminaría enlazando temas
sin encontrar el fin. Por ello lo miró y le espetó:
—Nuestro país se convirtió en una cloaca descomunal. Los ricos no
exponen su dinero en nada que no sea para su propio provecho y por ello no
ayudan en los programas gubernamentales. Por el contrario, si pueden apoderarse
de ellos, lo hacen sin avergonzarse. Los pobres saben que si no es a la fuerza
jamás llegarán a manejar los dineros oficiales. Ángel Jurado, el líder
izquierdista de Manizales tilda el asunto como la verdadera lucha de clases,
mientras que el loriquero Manuel Zapata Olivella lo circunscribe al movimiento
de las negritudes. Es lo mismo, o como dirías tú, la misma vaina con el mismo
fitoco o la misma mierda con diferente mojón. Por mucho que se trate de variar
la cosa, siguen siendo lo que son. Eso no lo podrán cambiar los políticos ni
los gobiernos de hoy.
— ¡Mierda vale, no le metas colorines a la conversa que la cagas!
Estamos bien, viejito, y no hay necesidad de hablar paja, porque la política no
es más que eso. Ya lo dijo el cantante del pueblo, el Indio Chávez con el fondo
musical de la orquesta del incomparable Simón Mendoza: ¡Pura paja! Y ya que estamos aquí, se me viene al totumo
la época cuando venían a estos barrios políticos como Rafael Yances Pinedo,
Edilberto Kerguelén Argumedo, al que le decían EKA, Edgardo Nieto Visbal, Luis
Arenis, que residía por aquí cerca, Fidel Cancino, Reinerio Toscano, el
zapatero venido de Mompós, en donde se acuesta uno y amanecen dos, Siervo
Cabrales y muchos otros manes que parlaban sobre los planteamientos políticos y
las doctrinas de unos que parecían chivos. No, no me atajes ni trates de
acallarme hermanito. Los cito como chivos por las barbitas que mostraban en las
fotografías, barbitas raras como de chivo apaleado y nombres impronunciables.
¿Qué hicieron esos chivos por este pueblo? ¡Nada, viejo, nada! Seguimos entre la mierda, la gurbia no nos
permite esconder la osamenta. ¿Y qué fin tuvieron los tales Lenin, Marx,
Engels, Mao, el Ché Guevara y Fidel Castro?
—Estás equivocado, amigo mío. Varios de esos políticos locales, fueron
dirigentes populares y le dieron más, mucho más que los otros políticos de su
tiempo, juntos. ¿Acaso crees que estos barrios surgieron de la nada?
¿Alcanzaste a enterarte de cómo era este poblado cuarenta años antes? Venían
por aquí a comer sancochos y a darle con entusiasmo al gordolobo, pero no se
puede desconocer ni mucho menos olvidar el gran aporte que hicieron.
—Aquí sí que llegamos a donde íbamos, como dijo el tuerto que conducía
una barcaza repleta de ciegos y perdió el ojo sano. Conforme a tus palabras
ahora debo prenderles una de las que se ponen en los altares a los santos a
estos tipejos, porque según tu información, viejo corroído, me hicieron más
favores que cualquiera de los de ruedita en la torra. ¡Eche viejito, barájamela
despacio, que me late que me estás jugando camonina!
—Nada de eso. Si investigas con tus padres y otras personas mayores,
confirmarás que naciste en Pueblo Pescao, una zona deprimente y denigrante que
estaba a la orilla del río, a un lado del mercado, a la que también denominaban
El Triángulo de la Vergüenza, en parangón quizás al popular Triángulo de las
Bermudas. Ahí sí que hubo mierda, fango, basuras, fetidez, revueltos con
meretrices, homosexuales, ladrones, rateros, cabrones, tahúres, marihuaneros,
pastilleros, borrachos y todo lo malo que puedas imaginarte. Fue Rafael Yances
Pinedo, como alcalde, el que ideó invadir terrenos de un organismo del gobierno
nacional dedicado a construir viviendas para los necesitados, pero que en este
pueblo como que no los había o se estaba ya, en aquel entonces, principiando el
proceso de dejar los dineros públicos en los bancos por varios años, para
ganarse el rédito que pagan a los dineros no utilizados, o tal vez recibiendo
prebendas de los propietarios de las fincas aledañas engordándolas para
venderlas más tarde al triple o cuádruple de su valor real. En esas épocas me
encontraba en plena juventud y me enrolé con entusiasmo en el proyecto y una
madrugada de un día 14 de julio, invadimos el lote, y más adelante, el gobierno
estableció barrios como los que tenemos alrededor. Los de Pueblo Pescao, el
sector más deprimido del pueblo, fueron trasladados a la fuerza unos dos años
más tarde a los lugares que ustedes mismos bautizaron con nombres grotescos.
Lleva la botella de cerveza a la boca antes que se ponga al clima, que
es lo mismo que decir caliente, y ordena una nueva tanda y mientras el
cantinero va y viene en cumplimiento de una ceremonia no escrita, pero de la
que no puede salirse sin la protesta de los clientes, siempre pendientes de que
las botellas no hayan sido abiertas antes, piensa en los acontecimientos de
aquel día.
Si bien formaba parte del plan, se negó siempre a recibir órdenes de
Yances Pinedo, de Arenis, Cancino y Nieto Visbal. Prefería a Lenny Portnoy que,
para evitar problemas en la realización del proyecto, se mantenía en su
Librería Tiempos Nuevos dirigiendo otros aspectos, para los que se utilizaba un
lenguaje convencional. Los del DAS y los del F2 de la policía se mantenían a espera
de cualquier error para llevarlo a un calabozo por ser, supuestamente, delegado
de la Internacional Comunista, y aquellos días ser tildado de comunista era el
peor de los insultos. Honraba más el calificativo de asesino, ladrón,
drogadicto, violador u otros, mientras que ser comunista se consideraba pecado
mortal. Era negar a Dios, atentar contra la democracia, la libertad, el orden y
las fuerzas defensoras del país y otras boberías que evitan que el pueblo entienda
sus derechos. Con el poder de los sables, los yataganes y la cruz, y los
disparos de los revólveres y fusiles, los dueños del poder evitaban que las
cosas cambiaran. Por eso Lenny Portnoy Solano aparentaba desinterés en el
proyecto, pero su lenguaje estaba cifrado en títulos de obras literarias. Se
llegaba a la librería y se preguntaba si ya había llegado el libro La Odisea y
él daba la fecha, respondiendo que entre el diez y el quince de julio esperaba
el pedido hecho a la Editorial Voluntad.
Faltando cinco días le pregunté si todo estaba en orden y me respondió:
vienen dos libros especiales. La Rebelión de las Ratas y la balada de la Cárcel
de Reading. Si el primero fracasa, que no creo, entonces vendrá el segundo con
todas sus consecuencias. Puede ser, sin embargo, el inicio de la Revolución
Francesa, que es una excelente lectura. Por allí está un librito, que te voy a
buscar, titulado La Fuga, por si acaso te gusta y te lo recomiendo, porque uno
debe leer de todo para entender el mundo. Es decir, me estaba diciendo que, si
no quería ser víctima de un carcelazo, tendría que prepararme para dos cosas:
la resistencia o la salida del poblado hacia el lugar más remoto que pudiera.
Pero con la mirada me animó. Su forma de sonreír me daba bríos para no desistir.
A unas seis cuadras antes del lugar de la invasión, Portnoy instaló su
puesto de atención. Los invasores, que al principio daba tristeza contarlos por
lo disminuido del grupo más entusiasmado, tenían que pasar por el estratégico
sitio en donde el librero daba las últimas instrucciones. Nada de responderle a
la policía, prohibidas las piedras, los gritos insultantes. Y así nos fuimos
los primeros, con un machete o una rula para desbrozar el pasto. Era la una de
la madrugada. Escogí un lote de treinta metros de frente por cincuenta de
fondo, que no necesitaba por vivir mis padres en una casa donada por el
gobierno a menos de cincuenta metros del lote invadido. A las seis de la
mañana, quién sabe de dónde, aparecieron tantos interesados, que la policía fue
impotente, o se hizo la incapaz, para detener el caudal de destechados y a las
siete de la mañana, perdido el lote y llegando más invasores se peleaba para no
dejarse sacar de un metro cuadrado, en donde permanecían de pie a espera de los
acontecimientos. Finalmente, el alcalde Yances Pinedo obtuvo que el Ministerio
de Agricultura cediera los terrenos de una granja inoperante y se planificó
levantar allí parte de las viviendas requeridas. Por eso se llamó Barrio La
Granja. Fue considerable el tiempo transcurrido en medio de la indiferencia de
los demás y en un giro inesperado, no fueron los invasores del 14 de julio los
primeros llamados. El barrio bautizado despectivamente con el nombre de Barrio
de los Espelucaos, porque para justificar la permanencia cada familia colocó
cuatro postes y puso encima palmas secas para resguardarse en algo de la
inclemencia del sol, palmas que abatidas por el viento se volvieron flecos,
debieron esperar las últimas fases. Las primeras fueron para los policías que
los habían cercado para no permitir el ingreso de alimentos y útiles de aseo y
los mantuvieron tan largo tiempo constreñidos y humillados, amenazándolos varias
veces al día, con mayor rigor cuando a un suiche, como califican ellos mismos a
los subtenientes, que se creía el mejor policía del mundo pero que hasta
entonces no había estado en el monte y que con seguridad se ensuciaría los
talones con las evacuaciones de sus intestinos al primer disparo, huyéndole a
los chusmeros o guerrilleros. La segunda fase correspondió a la curia que sin
referirse jamás en sus sermones a la situación de desamparo de los invasores
levantó un templo. La tercera para las monjas que nunca llegaron por allí a
llevarles siquiera un poco de agua para beber, erigieron un convento, y de
contera, los de la zona de tolerancia que invadieron La Granja con sus putas,
sus cabrones, rateros, atracadores, vagos, inmensos equipos de sonido para
alborotar el vecindario. Sin esfuerzo
alguno, la hez de la sociedad vino a pelear entonces el espacio vital con los
parias del pueblo, los que nunca habían representado nada ni para la clase
dirigente ni para las autoridades.
Retorna a la realidad, cesa en los recuerdos cuando su joven amigo dice
bruscamente:
—Está bien, está bien, algo de eso me metieron por las orejas mis
padres, pero yo nunca quise creerles. Con decirte, viejo loco, que jamás me he
ensuciado el acusetas, el soplón, ni por ellos ni por ninguno de los políticos.
Ni siquiera cuando llegan con las mochilas rebosantes de pargos rojos y nos
ofrecen, sabiendo que tenemos la barriga vacía, el estómago lleno de telarañas
y en rebeldía porque los gases se lo están comiendo. Fue el estómago, amigo
vejestorio, el primer rebelde de la bolita del mundo y sus alrededores y, claro
está, de la historia. Fue el que se enchichó con la pareja que descubrió el más
original y delicioso de los pecados, ese de meter y sacar que llamamos amor.
Adán y Eva vivían felices en el condominio El Edén, sector La Gloria y no
tenían más ocupación que la de averiguar cómo eran las cosas. Día por día
salían a investigar y el uno preguntaba a la otra y la otra al uno para qué era
tal cosa que veían o tocaban. Así fueron dándole nombre a lo que les llamaba la
atención. El condominio estaba hecho para la felicidad. Allí no había que
barrer ni trapear ni sacudir ni lavar ropas porque estaban revestidos de una
capa especial que los protegía, no rajaban leña, no prendían fogón porque
solamente de los árboles frutales no tenían tiempo de consumir la producción y se
perdía lo que bien podía exportarse, así que no requerían cocinar. Sobraba
leche con tanta vaca, chivas, burras y otros animales que dan el producto. La
miel se derramaba en los panales y las abejas ya no sabían qué hacer. Todo
estaba a la mano. La pareja ya se estaba cansando de la vaina, porque no hay
cosa que aburra más que no hacer nada. Conocían todos los juegos de salón, la
lotería, el parqué, los naipes, y nada de eso les apetecía. Un día, que nadie
sabe por qué ni cómo, estaban por allí jugando y al darse Eva una media vuelta
para no dejarse quitar lo que tenía en las manos, la mano de Adán tropezó con
uno de los senos de la tipa y ella se puso roja, un ramalazo que después
llamaron pasión, se le fue del seno a la cabeza, bajó hasta los pies y volvió a
subir, quedándose enredado en el pelambre de las entrepiernas. Y la mano de
Adán se puso caliente y se revolvía sola del gusto y vieron que el asunto
estaba bueno como para investigar bien a fondo y lo hicieron. Del roce imprevisto se llegó a la sobadera y
al apretón, luego al abrazo estrecho, de la perturbación inicial se pasó al
terremoto y en el toca aquí y toca allá, Eva notó que, Adán estaba para
reventarse porque todo se le había puesto tieso. Adán subía y subía y Eva entre
más veía más indagaba con sus manos y
chupundún, como cuando uno se tira a las aguas del río y se va bien abajo para
sacar arena del lecho, enchufaron sus cuerpos y se pasaron el resto del día
mueve para aquí mueve para allá, que si te muerdo te duele, que si lo haces
suavecito no me duele, que no me las aprietes y mejor chúpamelas y así, hasta que
escucharon que el propietario del condominio
aterrizó en la terraza aeropuerto y comprobaron que les faltaba algo y
era nada más y nada menos que el
vestuario que les habían colocado cuando
los enviaron del cielo, que estaba hecho trizas y los pedazos uno sobre el otro
en un rincón. El propietario llegó gritando de la furia. Era mucha la piedra
que traía. Si en ese momento le hubieran enfrentado con el doctor Matallana,
Karyl Chessman, Atila, Hitler y otros matones que en la historia han sido, de
seguro que se los habría apeñuscado en finos trocitos guisados dentro de un
adobo de esos que se comen y se dejan comer solos y el resto se lo habría
arrojado a los perros. Lo que más tirria le dio al dueño fue saber que estaban
tan apegados y pegados el uno con el otro, que el vaivén requerido para la
producción no les daba tiempo de ponerse ni siquiera una hoja de parra. El
viejo los quería mucho y dispuso apenas un pequeño castigo. ¡Pero qué castigo!
Si no los hubiera querido tanto, quien sabe qué carajo les hubiera hecho. Con
el dedo les mostró la salida y los condenó a no volver y desde aquel momento, y
tú bien lo sabes porque fuiste el maestro de artes marciales de los Querubines,
Arcángeles y Ángeles de la guardia imperial, Adán y Eva vagan haciendo de todo,
pero nunca les alcanza. Al tercer día de hambre en medio de un hijueputa desierto
en el que hasta los pensamientos salen crujiendo casi quemados, el estómago se
enchichó. Les daba unos zarpazos porque al no hallar nada qué quebrar, qué
moler, las paredes se juntaban y se daban dentelladas así mismas. Adán, que no
perdió la costumbre de mirar las cosas, aunque a Eva la miraba solamente de una
de la tarde a dos de la madrugada, para defender el cuerpo que quedó
desprotegido de la envoltura divina, recordando detalles del modernísimo
aposento del que fue desahuciado, reunió todo lo que pudo encontrar tirado en
el basurero de El Edén y construyó un bodrio al que le puso el nombre de
accesoria. Volvió el estómago a protestar y él salió a ver qué encontraba y no
halló más que hojas, porque como todo condominio que se respete allí no sobraba
nada y nada había que botar, reunió las
hojitas por clases y las bautizó como hierbabuena, hierbasanta, membrillo,
tomillo, toronjil, limonaria, café y una por una las puso a hervir en una lata herrumbrosa y con más arrestos que el
que se comió el primer aguacate, se tragó la primera totumada a la que bautizó calientillo y por las tierras por las que
andabas como judío errante, las calificaron como Tisana o Agüita aromática. Le cayó bien al estómago que se aplacó y
a trabajar hijueputa, que nadie te mandó a meter vainas en el primer hueco que
estaba a tu lado, y aún hoy, y por siempre jamás, los infelices de la tierra
estaremos trabajándola, aunque ella en veces se hace la importante y niega sus
atributos a las semillas. Prefiere a los que la usan solamente para alardear de
que son ricos. Esos primeros padres inventaron las accesorias, las denigrantes
accesorias en donde refugiarse con sus hijos y además de ser los primeros
desplazados de la historia, las primeras víctimas del despojo de sus tierras,
los primeros desahuciados por la fuerza de las armas oficiales, castigados por
anticiparse en hacer lo que estaba en el programa de gobierno que era tener
hijos y poblar al mundo y si no se conectaban no habrían hecho nada y los
primeros que perdieron sus bienes porque todo lo que tenían quedó decomisado
para pagar parte del alquiler del apartamento, crearon también la primera zona
deprimida. Con la misión única de poblar al mundo, no hacían más que alternarse
y como la tranca del chiquero, unas veces uno arriba y otras en el suelo y
salgan niños, que Dios proveerá. Lo único malo de eso fue que se le dio prelación
al macho y las hembras, el complemento sin el cual no hay dicha, no contaban
para nada. Abra las piernas mija que voy a cumplir mi misión, dizque le decía
el viejo Adán a la mujer y a las hijas, ya que entonces no existían delitos y
todo era normal, pero de manera singular se ponía en práctica la tesis del
viejo Justo Galván que cuando lo criticaban por darle materire a las hijas
decía en medio de estruendosas carcajadas: El que cría su pollito es para
chuparle el huesito. El estómago no ha
dejado de ser rebelde, Eso lo saben los políticos y por ello piden el voto con
la tentadora oferta de un pargo rojo que, a la larga, apenas alcanza para unos
días, mientras ellos, además de las dietas, ¿Qué tal que no la hicieran?
disfrutan por cuatrienios los jugosos salarios y los no menos jugosos ingresos
por sus vagabunderías. Los políticos aprenden todas esas cosas y por ello,
mirándole a uno a la cara, detenidamente, lo que no harán más hasta las
siguientes elecciones, para detectar los círculos negros que adornan nuestros
ojos, como indicio de que el hambre está haciendo su agosto con nuestros
cuerpos, y diciéndose para sí, como decíamos cuando jugábamos a las bolitas, o
canicas como las llaman los paisas y cachacos, Machín o mono, arrechiná escolgá,
todo lo que quede es mío, y presentan la oferta para que uno vote por
ellos o por el perro chandoso que los representa, que al llegar al cargo cree
que la tiene más larga y más gruesa que la del mono Giña y la de los demás
hombres. ¡Pero conmigo se joden! Yo no voto por chupasangres.
—Pues hombre, yo sí voto. Me equivoco casi todas las veces, pero voto.
Es peor no hacerlo porque las triquiñuelas de los políticos siempre te hacen
aparecer votando y la abstención no se consigue de ahora para luego. Llegará el
día y el momento para que las cosas cambien y tengamos un país en mejores
condiciones.
—ja ja ja ja
-- ¿Por qué remedas una risa?
—Porque estás igual y hablas lo mismo que el político bogotano al que
llaman El Pollo, que como todo buen político, cuando llegue al poder hará lo
mismo que sus antecesores y que harán sus sucesores, que le dan contentillo a
los pobres asegurando que los mejores días están por venir, pero quién sabe
cuándo ni para qué carajos, porque continuaremos pasando más filo que cuchillo de
zapatero, pelándonos el lomo con los bultos de impuestos mientras que la jermu
y los chillones miran por largo y ya ni
siquiera sueñan con un guiso de carne o de cerdo, vocablos desconocidos por
ellos. Mi caro y paleolítico amigo, para ayudar a la vieja querida de doña Rosa
Morelos a esperar el vaticinio de El Pollo cachaco, trabajamos un año completo
y al “salario”, bonita palabra que
resalta nuestra infeliz condición de esclavos, le damos un pellizco y lo
metemos en la caja fuerte que instalamos en la lujosa mansión en que habitamos.
Nuestra moderna y segura caja fuerte para guardar con qué atender los gastos
imprevistos para la casa, la caja menor como dicen los zánganos que manejan la
plata pública y llevan a cabo la tarea de trasladar de las arcas del Estado a
los bolsillos de sus amos el dinero que pagamos los pendejos en impuestos,
salen de las fábricas de San Sebastián, en donde las fabrican utilizando
fuertes láminas de barro cocido. Nunca se llena la porquería esa porque los
cagones se enferman con tanta frecuencia que hay que meterle la punta de la
navaja mata ganado a la boquita del marrano que salta vuelta añicos y queda
vacía. Ni siquiera los baulitos metálicos de la Caja Agraria resisten los
apuros económicos y cada quien se inventa la manera de abrirlos. ¡Qué tristeza
hermano! ¡Hasta lo utensilios de los pobres son endebles!
Pero antes de seguir, permítame informar e instruir a mi compadre, el
cantinero, sobre lo que es accesoria, no gramaticalmente, sino como la usábamos
por estos andurriales antes de que la chiva de Argeo Ibarra y el coche de
Joaquín Díaz fueran remplazados por los buses de los hermanos Paternina, los
taxis de Riomar y los hermanos Lara. Cuando los morideros y cagaderos en que
vivían nuestros abuelos y padres eran de tablas, se les llamaba accesorias.
Cuartuchos de dos por dos metros en donde se metían los abuelos, los padres,
los diez o doce hijos, los dos perros, las diez gallinas, los dos pavos, los
seis patos, los nidos en donde ponían las aves y los nidos para empollar, la
ropa sucia y la ropa limpia, las camas, los escaparates, los muebles de sala,
de comedor, la cocina y pare de contar. El sanitario era uno solo para por lo
menos veinte accesorias, con un mínimo de cinco personas cada una, que hacían
largas colas para entrar a dejar el encargo mañanero y lo obligaban a uno a
darse prisa ante los hijueputazos de los que corrían peligro de cagarse en el
pijama. “Quiubo, hijueputa, si es estítico cómprese una bacinilla para que
duerma sobre ella”, se escuchaba el grito. “Si se te atravesó el mojón métete
el dedo, pero ándale” resonaba más atrás. Era la ceremonia mañanera, que
obligaba a dejar de comer para adquirir una mica, bacinilla o vaso de noche,
que en ese entonces eran de peltre, fondo blanco con florecitas verdes, amarillas,
rojas, rosadas, y una manija para llevarla del cuarto al sanitario cuando
cesaba el bochinche de la expulsión primaria y que por ninguna causa se puede
delegar para que lo haga otro, porque son de los castigos que nos dieron al
principio: “Cagarás con fervor lo poco que comas y no contaminarás el ambiente,
mínimo, medio o extra largo en que desde hoy vagarás”. “Por el olor serás
reconocido como el primer condenado de la historia”, le dijo al desahuciado
Adán el Arcángel Miguel. En Cartagena fueron famosas las accesorias en la Calle
de la Media Luna, en Getsemaní, en la Piedra de Bolívar, en El Playón del
Blanco, Torices, y en el que viví una temporada al momento en que mi familia se
trasladó para Cartagena huyéndole a los de la polimata, en la calle El Progreso
–quién sabe a qué hijueputa se le dio por ponerle semejante nombre a la calle–
en el barrio Lo Amador. Si los otros son
una locura, imagínese compadre cómo será en los del barrio Chambacú, que a
simple vista es un mierdero de mayúsculas dimensiones en que, por voluntad o
por necesidad o por obligación, se arrincona la negramenta. Porque eso sí le
puedo asegurar. La negramenta puede ser lo más honesta que usted quiera, pero
los pocos blanquitos de El Cabrero, Bocagrande, Manga y Pie de la Popa, así
cometan delitos hasta con la mirada, son mejores que cualquier negro. Se lo
digo yo, que tengo un ciento veinte por ciento de sangre negra regada por mi
apolíneo cuerpo. Y esa vaina como que nos llama a los negros a meternos en los
andurriales. El negro se acostumbró a vivir entre los basureros, el fango y las
corrientes de mierda Por eso dicen que cuando un negro adquiere plata, cosa
bastante rara y como que son errores del cielo, se convierte entonces en el
hazme reír del pueblo, porque se vuelve petulante y quiere ganarles a los
blancos en vestuario, perfumes, polvos y demás. Aún preguntan por ahí qué será
peor, si un blanco pobre, un indio con cargo público o un negro rico. La calle
El Progreso espera desde hace dos o tres siglos que su nombre se convierta en
realidad, ya que indudablemente es de las más olvidadas del Corralito de
Piedra. En esa calle estaban las accesorias de Pedro Castro. Aquí, en la
carrera nueve, las del viejo Pedro Movilla, el Mocho Movilla. Cuartuchos de
tablas en los que el vecino te escuchaba
hasta un suspiro y las jermus debían gemir para adentro en el momento de la
entrega del alma, el culminante, el clímax, la corrida como lo llaman los
españoles, la venida que dicen los cachacos, ese instante del amor en que uno
desearía fundirse con la pareja en una misma masa y no volver a despegarse
jamás; no le digo lo que había que hacer
con las ventosidades porque hasta el olor se colaba en los otros cuartos por muy hipócrita que fuera la expulsión. Era
muy niño cuando este vejestorio amigo invaluable ya trabajaba en el mercado, es
decir, cuando era troglodita, con el zapatero Reinerio Toscano y Fonseca, el
momposino que mientras fue godo lo odiaba más de la mitad del pueblo, pero que
amaneció defensor de los pobres y enfrentándosele a la policía y a todo el que
se metía con la masa empobrecida y terminó siendo elegido por el pueblo como
concejal. Lanzaba Toscano algo más que pedos, eran truenos que se escuchaban en
el mercado, en Pueblo Pescao, en la Mejor Esquina, en la Plaza Grande y muchos
aseguraban que se oían al otro lado del río, donde los Pastrana. El zapatero de
al lado, Neris Segura, se quedaba mirándolo como con ganas de apretarle el
pescuezo, tanta la ira que le originaban los truenos momposinos.
En las accesorias de Lo Amador vivía una jovencita de una belleza
singular. Nada qué pedir, nada qué quitar ni nada qué agregar. Lo mejor del
barrio. Cuando caminaba airosa como la flor de la canela de que habla la
canción peruana, los transeúntes no dejaban de mirarla cuando venía, cuando
pasaba y luego por la espalda. ¡Tronco de vieja! Una tarde nos presentó a un
joven como su novio y el muchacho acudía todas las vespertinas a visitarla.
Hacían buena pareja.
Cualquier día y aprovechando que en el capítulo de la radionovela El Derecho
de Nacer, “original de Félix B. Caigñet,
el más humano de los autores” se conocería quién había manchado la “honra” de
una hija del multimillonario don Rafael del Junco dejándole en el útero un niño
que pudo salvar la señora del servicio, Mamá Dolores Limonta, que le puso el
nombre de Alberto y lo convirtió en médico, de común acuerdo el novio se
escondió en la accesoria y a la medianoche se inició el proceso de risas
contenidas, de gemidos ansiosos y lo demás. Por la mañana, antes de que pasaran
los vendedores de buñuelos, carimañolas, empanadas y patacones, se imitaban los
quejidos, los suspiros y el ay doloroso y alegre de la muchacha cuando le
midieron el aceite, repetido en distintas variaciones desde el barrio Muerto al
Revés hasta Torices, del Playón del Blanco a Chambacú, de San Felipe al Pie de
la Popa y se atropellaban los que salían de Lo Amador con los que venían de
otros lugares por el Callejón de Meza.
Hoy las accesorias son más grandes, construidas con láminas de zinc,
cartones, periódicos viejos, palos de leña y otros desperdicios, porquerías
sacadas de los basureros, si no es acaso una suma de esos elementos que
siquiera sirven para ocultar de la vista de los curiosos, de los morbosos, la
pelúa de la jermu y las sin pelo de las hijas. Ahora no se les llama accesorias
sino covachas, tugurios, extramuros, zonas deprimidas, barrios populares, zonas
subnormales, zonas sur, barrios marginados, nombres con los cuales trata de
ocultarse la incapacidad de los políticos y sus secuaces, los gobernantes, a
los que no les alcanza el tiempo para apoderarse de los presupuestos. Así eran
las accesorias en donde los pobres acumulábamos nuestra miseria, nuestras
necesidades, en donde tragando aire, deglutiendo esperanzas y sueños, esperamos
la redención. A veces me pregunto: ¿Será que el viejo se olvidó de los
desahuciados del condominio El Edén, o que él mide el tiempo distinto a
nosotros? La única manera de salir de la olla, bisabuelo de Adán, parece ser
entrar al negocio de la nieve para que a Papá Noel no se le dificulten los
despachos al imperio, en donde los viciosos pululan y luchan por la libertad de
dedicarse al crimen y a defender la democracia del delito. Puedes concluir, entonces, que los
condominios que tienen el llamativo nombre de accesorias, no sirven más que
para multiplicar la desgracia de los miserables que las habitan.
La radionovela El Derecho de Nacer, un folletón que gracias a las
emisoras se volvió parte de la historia de la bobería americana, se transmitía,
si los recuerdos no me traicionan, a las siete de la noche por Emisoras
Fuentes. El presentador, con una voz gruesa, profunda pero clara, decía:
Original de Félix B. Caignet, el más humano de los autores. Mi vieja, dejaba de
hacer lo que estuviera a su cargo y poco antes de iniciar el capítulo, con las
otras vecinas del condominio y de la calle El Progreso, se jalaban
unos comentarios, mejores que la radionovela. Sus dramas personales, sus
angustias, su pobreza, el cúmulo de necesidades, habituadas a vivir en
caserones de palma independientes, se sentían ahora abrumadas por otra
desgracia: Vivir en lugares en donde la humillación era la insignia y señal. A
un lado suyo o entre sus piernas, me preguntaba dónde estaba el viejo
cascarrabias y miserable del Rafael del Junco, quién había parido al médico
Albertico Limonta, y sobre todo, porque así la veía en mi mente, cómo era en
realidad Mamá Dolores. La equiparaba con mi abuela materna, negra, gorda,
dicharachera, con la risa a flor de labios, y me intrigaba cómo una mujer que
gozaba de todos los privilegios de la fortuna, había parido un hijo para
sacrificarlo a cambio de su “honor”, o mejor, para aparentarlo en su clase
social porque el verdadero lo había perdido cuando se entregó a un hombre
indigno. Y miraba a mi madre y a las demás mujeres cuando las lágrimas se les
escurrían por las mejillas ante la voz de los actores, mientras que Pedro
Castro, sentado a la puerta de la casa sobre una mecedora momposina, pero sin
lágrimas, seguía la trama respectiva. Nadie podía decir que no escuchaba
bien. Fue Pedro Castro el pionero de los
equipos gigantescos. En ese entonces no existían los equipos de sonido sino los
“molinos de música” o lo que es lo mismo, las vitrolas, y él puso como base un
radio de dos metros de largo, encima otro de metro y medio y así,
sucesivamente, hasta llegar a uno pequeñísimo que coronaba la pirámide. Y todos
en la misma frecuencia, la misma emisora y al máximo de volumen.
Puedes concluir, entonces, que los condominios que tienen el llamativo
nombre de accesorias, no sirven más que para multiplicar la desgracia de los
miserables que las habitan. Y entre ellos y nosotros que habitamos en estas
“relucientes y maravillosas urbanizaciones donadas por el gobierno”, la
diferencia es poca.
Y volviendo a su atención, viejo cascarrabias, mis problemas están por
acabarse. Me contrató un papá Noel para que le conduzca merca a la Arenosa y en
menor cantidad al Corralito de Piedra.
— ¿De qué me hablas? ¿Qué es eso de Papá Noel?
— ¡Mierda, vale, tu alba cabellera te mantiene ignorante
del acontecer, de la actualidad, del modernismo y por eso se habla de que la
vejez no viene sola! Y eso que estabas en cachacolandia, la tierra de los papás
noeles. Se trata, nada más y nada menos, que de un man que vino de la extranja
y tú sabes cómo caen aquí los monos, que sin haber jugado jamás un partido de
pelota caliente y sin saber cuánto pesa ni cómo se coge un bate de béisbol, la
botan de jonrón. El monito, dizque bonito según la opinión de las que cayeron
en su cama, se pegó como chicle masticado por un gringo jugador de béisbol, al
blanquerío local; era una garrapata el vivo ese, y después de meter la punta
del ñervo en latas viejas y destapadas, se dedicó a abrir las laticas de las
sardinas desde los catorce y cómo lo aplaudían en el clus. Las viejas y las
sardinas le proporcionaron suficiente para montar un criadero de cachos por
aquí por San Anterito, y la moñinga, o boñiga como dicen los gramáticos, se
convirtió de la noche a la mañana en Blanca Nieves, pero sin enanitos y hoy la
vende por jolones y el billete que recibe lo separa por valores y los mete en
bultos para pesarlos en la romana y de inmediato sabe cuánto es el valor total.
¡Coca! ¡Cocaína viejo santurrón!
— ¡Ah! Entiendo. Narcos los califican en el
resto del país, pero ignoraba que mi pueblo hubiera progresado en ese sentido.
Favorablemente, como me informas, son extranjeros y no de aquí los que negocian
con el polvo maldito.
—Endereza el chorro que ya está sin fuerza y
golpea la orilla del tiesto y pringas todo. Los de aquí también le jalan a la
compraventa, pero como siempre, con cara de burro embarcado en planchón, se
encierran en el clus a darse unas trabas de todos los diablos y quien los
atalaya desde la distancia lejana piensa que están tratando sobre ganado, pero
no, no son kilos de carne sino de nieve. Y como tienen el billo sin Frómeta y
ahora, gracias al man de que te hablé, cada día en mayor cantidad, continúan siendo
los blancos, los manes “honestos” a los que debemos darles el título de “doctor” aunque no conozcan ni el frontis,
como dicen los arquitectos, de una universidad, pero nosotros no tenemos
dificultad en hacerlo porque una
graduada ficticia no se le niega a nadie, y como dijo el embolador, o lustra
botas o bolero de que hablan los cuates mejicanos, los vocablos hijo de puta y doctor de cartón
comprado son sinónimos y se reparten gratuitamente y sin complicaciones. No, no
trates de acallarme, porque bien sabes que me gusta hablar así, con bacanidad,
sin vainas, sin pelos en la sin hueso, a calzón quitado como los que hablan en
los sagrados recintos de la Dolores Mass y la María Chávez, que reciben todo el
entusiasmo de los niños y los jóvenes de este pueblo hasta que el que todo lo
puede se las lleve para atender los requerimientos celestiales no en camitas de
lona sino en mullidos colchones y camas que no se quejan. Pero a mí, amigo tiburón jubilado, no se me
permite. Casi no puedo deambular con mi elegancia y mi vestuario elaborado por
el mago de la sastrería, el negrito Germán Pedroza, por las calles del centro.
Siempre me muevo por los arrabales, por las orillitas sin llamar la atención,
porque si me ven me meten en la bola y me dan cana sin asco. Pendejadas de los
tiras y los feos que, no obstante, jamás me han encontrado droga en el cuerpo.
Usted sabe que mi bacanidad es un don que me otorgaron en la otra dimensión
antes de enviarme a joderme a ésta, que es la dimensión del castigo. ¡Quién
sabe qué jodida mala hice la visita anterior para que se me castigue así! Soy
un manzano que apenas va madurando, que no requiero basurita para sentirme
diferente, con la bacanidad incorporada, como la música que en estos tiempos
pasan en las oficinas. Soy jacarandoso por naturaleza, y me asegura mi madre
que tal vez se deba a que a ella le gustaba bailar y los mejores encuentros
dancísticos en las salas de Juan Fabra y en la de los hermanos Saenz en donde
sólo entraban los que bailaban muy bien más de diez ritmos diferentes, se los
perdió porque yo interrumpí en su sala de recibo y espera durante nueve meses
bien contados. Rafael Castellar Solano, Luis Medrano Chica y yo, anciano
patuleco, somos diferentes al común de los llamados ciudadanos así provengan de
lo profundo de la selva, porque tenemos la música incorporada, caliente, que se
mueve sola. Y a todo le sacamos punta. ¿Recuerdas cómo el mocho Diego de J.
Echenique —alma bendita que el Dios Eterno debe tenerlo pegado a la ubre de una
vaca celestial libando la leche que aquí no conoció — nos pegaba porque nunca
le seguimos el paso en la pronunciación y significado de los vocablos?
Nosotros, con cara de palo, fingiendo seriedad, le dábamos respuestas
acomodadas. Por ejemplo, decía mujer y nosotros jermu; Rico, nosotros hijueputa;
justicia, respondíamos justa, justiniana,
justina; Político, contestábamos ratero, y así, una tras otra le
cambiábamos el significado y la regla de madera con las letras DM volaba de una
a otra mano, a las nalgas, a las piernas y nos dejaba los rojos y ardientes
mensajes, pero nada mi viejales, el Mocho Diego no pudo corregir nuestros entuertos.
Con el paso del tiempo, pienso que lo hacía adrede, al repetir en todas las
clases de vocalización y al dirigirse a nosotros, las mismas palabras. Como que
le gustaba porque a través nuestro dejaba marcada en la mente de los demás el
valor de la rebeldía, lo que no podía hacer por sí mismo sin abandonar la
dignidad de su oficio de enseñar. Una vez lo escuché diciéndote que después de
Pedro Nel Martínez, a quien llamaban Pedro
Sancocho, el Loco Espejo que fue un gran boxeador y Luis Sindulfo Pérez, seguíamos
nosotros tres. Cada uno en su época, le habíamos dado mucho trabajo. Los tres
primeros por sus pilatunas y nosotros porque le dábamos la vuelta a la
gramática, a la geografía, a la cívica, a la urbanidad y a todas las materias.
Sólo le respetábamos la de Ciencias Naturales, porque algo nos atraía al
respecto y pienso que, por el manejo de insectos, o sea, por ser nuestros
congéneres. Éramos, somos y seremos insectos de la tal sociedad, esa misma
sociedad que nos maltrata. ¡Pero cómo enseñaba el Mocho Diego! Lo poco que
aprendí se lo debo a ese viejo inolvidable que impartía las clases con tanta
buena voluntad y con qué capacidad, con qué cariño, y sabíamos que pasaba filo
del bueno porque sus discípulos fuimos tanto o más pobres que él y no se le pagaban
con tiempo las mesadas. Pero él, ahí, firme en su meta de enseñar a los hijos
de los miserables. Pienso, porque yo también pienso, que se me persigue porque
un día me burlé del “doctorado” de dos hijos de don Pacho, el millonario que
decían había vendido el alma al diablo, a los que envió a estudiar a los
Estados Unidos, cosa que no hacían sino los que en verdad tenían los billetes
mohosos en los baúles de la casa. Pasaron los años y los tipos nada. El viejo
les anunció que iba a buscarlos y cuando llegó el uno presentó un cartón de
graduado en “Floricultura” y el otro en “Horticultura” y lo embolataron. En
todo caso les hizo una fiesta que quedó marcada en la historia local. Diez o
doce años recibiendo abultadas sumas mensuales que salían por la canal de las
farras hacia los bolsillos de propietarios de bares, cantinas, clubes
nocturnos, cabarets, etc., para comprar a última hora en un parque los dos
cartoncitos. Y los pendejos del pueblo nos vemos obligados a decirles doctores
y ni siquiera saben ordeñar una vaca.
Reminiscencias
El silencio se apodera de la mesa y los ruidos
del entorno no llegan a los oídos de los dos hombres, mientras que el
cantinero, si acaso y por razón de su oficio, atiende los pedidos, inmerso en
una conversación en la que ha estado escuchando sin intervenir, porque violaría
el principio de imparcialidad de su oficio que es atender los pedidos,
despacharlos y guardar silencio. Además, parece cavilar las informaciones que
indirectamente recibe y que se acomodan a los recuerdos de sus diálogos con el
abuelo Pelusa, el mismo que los dos
clientes aluden en sus evocaciones. Sus memorias trabajan a un desacostumbrado
ritmo, unas veces rápidos y las demás como una película en ralentí.
El de mayor edad se indaga mentalmente, sobre cuál
es el papel cumplido por sus paisanos, concretamente de los olvidados de la
fortuna, los ignorados por el sistema y el destino, si es que en verdad hay uno
para cada uno de los seres humanos, como afirman los religiosos, de manera
especial para la gleba, el vulgo, la chusma, la masa amorfa que sustenta la
pirámide social. La perorata de su joven compañero, al que conoció
accidentalmente como a un niño despierto, inquieto, anhelante de mejores
condiciones de vida, preocupado, sin saberlo, de su vida futura, al que
simbólicamente guio en el proceso de gatear, le ha revuelto el cúmulo de sus
experiencias que creía archivadas para nunca jamás. En el instante, contrario a
sus propósitos, observa como en la pantalla de una sala de cine los tiempos
idos de su niñez y de los principios de su juventud.
“Muy de mañana salimos para una hacienda
cercana a buscar un árbol de pepo, a recoger las pepitas negras que produce en
considerable cantidad. Me acompañan dos de mis hermanos y tres primos, entre
los que se destaca Agustín Portillo por ser el mayor de todos, casi un hombre
por la talla y por la edad, que tiene la misión de protegernos, porque el
citadino es ciego en los lugares enmontados o selváticos, de cualquier peligro
y será quien suba a los árboles grandes, como el pepo, si no hay pepas en el
suelo o no son bien redondas como las necesitamos. Son redondas, negras y
brillantes, con algo que llama la atención y es que además de duras,
impenetrables, son livianas y resistentes. Solo que la liviandad dificulta el juego,
por la costumbre de hacerlo con las llamadas canicas o bolitas de cristal. Bien
secas, las usamos para remplazar las de cristal en el juego del cabe y hoyo que,
con el trompo, son motivos de entretenimiento sano. Nos contentamos con las
pepas porque el día antes de viajar a la finca de la abuela materna, papá
anunció que, a causa de la difícil situación económica, no pudo adquirir una
bolsa de canicas en la Cacharrería Vargas, con motivo de la Semana Santa, fecha
en que viajamos, solos o con nuestros progenitores a la finca de la vieja
Reina. Tendré que esperar otro año para poseer un boloncho, que es una bola de
cristal casi el doble de grande que las comunes. Son contados los niños que
poseen un boloncho y su valor impide usarlos en los juegos y a ello se debe que
solamente se muestre sin dejárselo tocar a nadie. ¡Qué tal que uno además de
mostrarlo permitiera tocarlo y le quitaran el brillo! Eso pienso y quizás
también los que los tienen.
América, la morenita de la esquina de la carrera
nueve, siempre que nos quedamos viéndonos, me dice con su voz que me suena como
clarines celestiales, como algo maravilloso en los oídos, que cuándo le regalo
uno, pero mi padre se ha mantenido alerta en los últimos meses con la plata de
la caja de la cacharrería y no he encontrado la oportunidad de tomar un billete
para comprarlo y regalárselo. Ella lo quiere para remplazar a la cabalonga en
los juegos que hacen las mujeres y en los que participan muchachas del sector
entre las que recuerdo a María de Jesús y su amiga María José, Emperatriz, a
las que en ocasiones llaman Beatriz, Mercedes, Esperanza, Silvia y otras, la
nieta de la vieja Mercedes Tarrá, en cuya casa bailé, sacado a la fuerza, por
primera vez en mi corta vida una canción que jamás he podido olvidar:
Ponte mi Maye ese trajecito
Que
te ponías cuando me esperabas,
Dos
mariposas y un pajarito….
“¡Cómo quiero a la América! Ayer nos vinimos
del pueblo para la finca a pasar la Semana Santa y antes de salir fui a
despedirme y permanecimos como media hora silenciosamente tomados de las manos.
La mamá no dice nada, pero nos vigila disimuladamente. ¿Qué será lo que nos
vigila? No hacemos nada malo y cuando sentimos como una corriente que pasa de
su cuerpo al mío y viceversa, la mamá parece que también siente el ramalazo
porque se rasca el pecho y nosotros dejamos de mirarnos. A ella se le aguaron
los ojos cuando salí y corrió a su cuarto tal vez a llorar. También tuve las
intenciones de llorar, por cuanto algo muy adentro de mí lo ordenaba, pero en
la casa existe la creencia de que los hombres no lloran, y si por casualidad lo
hiciera y se enteraran los amigos, me agarrarían a burlas quién sabe hasta
cuándo y me señalarían como de camino equivocado”.
“Mi película mental retrocede a las actividades
del día. Hace poco le pregunté a Eduardo Escobar, el mayor de la patota de la
calle treinta y siete y por tanto con más conocimientos que los demás, que si
la gente pasaba pensando y me aseguró que eso solamente ocurría entre los
locos. Que él no pensaba porque no tenía nada en qué hacerlo. No me atreví a
indagar con los otros, pero disimuladamente planteé el tema a mi madre que me
informó que hombres y mujeres piensan. Agregó que los niños también pensaban.
Pero no seguí con el tema para eludir una desviación del asunto que fuera a
tocar a mi América. Es que últimamente América está en todo momento en mi mente
y me la retrato en mis brazos. Los otros muchachos no hablan de esas cosas y se
limitan a decir que tienen amores con tal o cual muchacha y nada más, y me
preocupa porque yo siento algo distinto. ¿Será que estoy loco? Pero si lo
estoy, América también, porque ella me informa que para dormirse piensa cosas
buenas conmigo pero que le da pena repetírmelas”
“Aprendí a jugar el trompo. Es cierto que sufrí
incontables golpes en el intento, porque en vez de tirarlo al piso me golpeaba
el empeine, las rodillas, los tobillos, las canillas, además de varios totazos
en la frente. Las caídas hacen al jinete y los golpes al buen boxeador, decía
mi padre cuando me veía la cara de dolor, pero con el trompo en la mano. En la
frente me quedaron bultos, edemas indicó el médico de La Gota de Lecha cuando
me llevaron por la pérdida de sangre y señales de desvanecimiento. Emperatriz,
que decían los otros de la patota que estaba enamorada de mí pero que sufría
porque no le ponía atención y prefería a la América, me indicó que eso no eran
tanto los golpes del trompo sino lo cachos que me estaban saliendo, porque
América me era infiel. No hice ningún comentario por ignorar lo que quería
decir. ¿Qué será eso de infiel? Habrá que esperar el momento para averiguarlo,
porque ahora toda mi atención está en el trompo. ¡Ya vendrá el día de
averiguarlo! Ahora no, ahora es el
trompo. Inmediatamente aprendí a enrollar la pita en el trompo, a lanzarlo con
fuerza para que dure más bailando, le compré un marucho a Quico, el morenito de
la calle trece, la calle de la alegre canción y del coco. Marucho es el trompo
que no tiene cabeza, pequeño, liviano y sedoso. Sedoso es el trompo que gira
fijo en la punta, pero gira de manera, que parece estar quieto. Ni siquiera
zumba. Adquirí igualmente uno de poner, que es el más viejo que se pueda tener.
Y es el que se utiliza para poner cuando se pierde en el juego, ya que está
lleno de huecos o astillado por efecto del mapoleo. Cuando el que cobra es un
buen jugador, analiza al contrario y de acuerdo a lo que ve en su cara, lo
elimina con un golpe o le va sacando astillas. Esto último enfurece y además de
perder el juego puede llevarse un ojo colombino por efectos de una buena
trompada. En todo caso, robándole monedas a la abuela, compré dos trompos de
poner, dos de jugar, un sedita, un marucho y otro sedita pero con cabeza.
También me hice de uno de guayacán de bola que es bien duro, sólido, y no le
entra fácilmente el clavo, otro de madera de ébano, grande, para mostrarlo
orgullosamente a los demás, y uno de totumo que zumba como los diablos. Desde
ayer estoy aprendiendo a coger el trompo en la uña, alzarlo con la pita sin
interrumpir el giro, tomarlo con un golpe de canto de la mano, pasarlo por la
pita de una mano a la otra, tomarlo del suelo con la punta de la pita, bailarlo
en el aire y sin tocar el suelo y todas esas vainas que me llamaban tanto la atención".
"Hoy, al despertar, encontramos sobre una
silla en el cuarto, una bola grande de pedazos de cuero blanco y negro. Jamás
habíamos visto bolas como esa, por lo que salimos a preguntarle a mamá qué era
y para qué servía, pero mamá se limitó a decirnos que le preguntáramos a papá.
A mí, particularmente, me dio la impresión de que a ella no le gustó el asunto,
pero papá nos informó que se trata de un balón con el cual se juega al fútbol,
aplazando para otro momento las explicaciones sobre tal juego, que en el pueblo
parece que no lo conoce nadie, porque los viejos y los muchachos, al vernos con
el balón en las manos, sin saber qué hacer con él, nos preguntaban qué era eso
y les dábamos las respuestas que papá nos dio. Mis hermanos se sonrojaban al no
poder dar explicaciones, y sin ningún esfuerzo volvimos a la casa y lo dejamos
en cualquier lugar para no volver a tocarlo nunca más. Era el regalo de la
navidad. Algunos muchachos, no todos, también recibieron regalos, pero más
prácticos. Nosotros esperábamos una bola de béisbol marca Wilson, para jugar en
la plaza del barrio y un bate de la misma marca o una manilla de cuero, porque
las de lona hay que estar remendándolas cada rato, pero quién sabe cuándo será
eso. El Chinón, el cátcher de nuestro equipo insiste en que tenemos que
comprarle una careta porque cualquier día le rompen la jeta con un faubol, pero
todos somos muy pobres. El día que le rompan la cara con seguridad que se
acaban los juegos de bate y manilla".
"Mi papá le pidió hace varios días al viejo
Maño Pérez, que su hijo, Arturo Pérez, viniera en las brisas de agosto a volar
el barrilete en el barrio nuestro, para que los muchachos pudiéramos observarlo
bien. Yo creía que Arturo era un muchacho, pero cuando llegó con el barrilete
en una carretilla y mi papá lo saludó, supe que era un hombre quizás más viejo
que mi padre. En la carretilla traía un barrilete hecho con lona, mientras que
los nuestros eran de papel. No tenía la pita que nosotros usamos, que es casi
un hilo, sino una de las que sirven para pescar en el río, de las que llaman
“curricán”. El barrilete era más grande que yo y cuando lo elevaron, zumbaba
bien bonito. ¡Qué barrilete tan grande! Como a la hora nos llamaron a los
muchachos y nos pusieron en fila india, recogían parte de la pita y nos
aconsejaban agarrarnos bien fuerte, entonces la soltaban poco a poco y nosotros
quedábamos elevados a cierta altura del suelo chillando para que nos
permitieran bajar. Ni siquiera el más grande de los muchachos del barrio pudo
sostenerse sin temblar, por temor a caerse".
"¿Qué se harían los miembros del grupo de
niños que me acompañaron en mis años de infancia? Hace mucho tiempo que no los
veo. Eduardo y Francisco Escobar, El Chinón, Orlando Hoyos, Daniel y otros que
se me han borrado de la memoria por el tiempo transcurrido. Solo recuerdo que
Calazans se murió durante una epidemia de tifoidea. ¿Vivirán Emperatriz,
América, María de Jesús, las hermanas Esperanza y Silvia, Maruja, María la
novia de Julio y todas las muchachas del barrio que fueron nuestras amigas,
novias y confidentes?".
"Hace un mes cambiamos de barrio. Nuevas
familias, nuevas caras, nuevos criterios, nuevos comportamientos. Pienso que no
vamos a tener dificultades porque los muchachos del sector parecen decentes y
amistosos. En estos treinta días hemos sopesado las cosas y son muchos los que
creen que estamos por encima de ellos, y eso no es cierto. Somos absolutamente
iguales. Es cierto que a veces tomamos la iniciativa, pero ello no quiere decir
que seamos superiores en ningún sentido. Ayer, por ejemplo, nos reunimos por
primera vez, pero no por nuestra
iniciativa sino por convocatoria de los que tienen mayor edad, como Carlos
Failache, Pedro Salas, Ubaldo López, Francisco Martínez, Jorge Payares, Eduardo
Salcedo, Pedro Soto, Lisipo Puche, a los que nos acercamos con mis hermanos
Alberto, Eduardo y Jorge, Toño Barrera, Eduardo Giraldo, Celio Paternina,
Jalisco, Cavadía, Marucho, Jorge Cárdenas, los Escobar, los Salguero, Antonio
Lenes, Pedro Vega, Diego Lacharme, Ananías Carmona y muchos otros. ¡Qué difícil
es recordar nombres! Meses después llegó Jorge Lobelo. Esta primera noche de
reunión fue obligatorio contar un chiste".
"Cómo se ha integrado el grupo. Anoche que
jugamos al tren, contamos sesenta, entre adultos, jóvenes y niños. Los más
altos son Carlos, Ubaldo y Ananías, y el más pequeño de todos es Marucho, a
quien le tocó la cola del tren, el último vagón, dijo Carlos. Recorrimos las
calles del barrio y mientras casi todos hacíamos la onomatopeya del chá chá
chá del tren, formando un escándalo e interrumpiendo el sueño de los
mayores, a Jalisco le correspondió la del pito. En las dos últimas calles
Carlos dijo que nos acercábamos a la estación de Tombstone, pero para llegar a
ella debíamos tomar la curva frente a la bomba de José Miguel Villadiego. ¡Ahí
fue Troya! La cabeza llegaba a la guadua de los Lacharme y la mitad de los
vagones estaban aún comenzando a tomar la curva y los últimos veinte fueron a
dar, como consecuencia del choque de las fuerzas centrípeta y centrífuga, al
arroyo que pasa por allí y fue tanta la fuerza, que Marucho, el último vagón,
voló por encima del arroyo y cayó del otro lado, sobre el pasto de los potreros
de don Luis Lacharme. Al desconocer las fuerzas mencionadas, se exponían a
resultados como ese. Podría decirse que, por la misma razón, si no aprendían lo
necesario en la vida de cada uno saltarían sin concierto y expuestos a graves
riesgos. ¡Quién sabe qué vainas inventarán para mañana!"
“El Marucho insiste en ser el último vagón del
tren. Para que no vaya a lastimarse, la locomotora prometió aminorar la
velocidad en la curva, de manera que, si cae, sea en el agua. La decisión de
volver al tren se tomó en la reunión de
anoche, luego de desechar el juego de la guerra, debido a que Ananías se trajo
dos tablas, una de ceiba roja y la otra de caoba, que la hermana adquirió para
construir un mueble, pero la fuerza devastadora de los proyectiles lanzados
durante el combate que se inició a las siete de la noche y terminó como a las
doce, consistentes en terrones duros y piedras, las rajó, y como dijo Carlos,
el palo no está para cucharas y el billete escasea. Marucho dijo que el tren
debe seguir con la misma velocidad, que por él no hay problemas. Es que Marucho
parece sentirse orgulloso de compartir con nosotros. Asegura que somos los
mejores amigos, los mejores peleadores, los mejores pescadores, los mejores
trabajadores, los mejores bailadores, los que mayor cantidad de licores
consumen, y, lo que es más importante, siempre recibe un dato, una orientación,
un ejemplo, que le enseñan más que lo que aprende en la escuela. Eso dice, pero
lo que en verdad lo llama para estar con nosotros es que, sin importar la edad
ni el tamaño, tenemos una misma condición, la pobreza, y un mismo sentimiento,
la amistad".
“No todas las actuaciones de la patota son
buenas. A veces caemos en exageraciones. Ayer, por ejemplo, nos fuimos muy de
madrugada a la esquina de los cuatro caminos con el propósito de encontrar una
pilatuna que jugarles a los familiares de una pareja que se casarían el
domingo, matrimonio al que no obstante la amistad de todos con los novios y sus
familias, no fuimos invitados. Expresábamos nuestra frustración en el momento
en que apareció el viejo Julio Amaris, el celador de la bomba de gasolina de
Villadiego, quien con la confianza que nos teníamos, nos aconsejó ejecutar un
acto de venganza por la omisión. Preparó todo después de visitar los alrededores
en que tendría lugar el festejo y señaló a cada uno una tarea. Jalisco fue el
encargado de subirse, en la madrugada, en un árbol bajo el cual estaban los
bindes para colocar la olla en que se cocinarían los pasteles para los novios y
los invitados. Subió con una cuerda bien larga, uno de cuyos extremos lanzó a
los matorrales cercanos, en donde varios de los miembros de la patota la
llevaron a otro árbol de manera que no se notara su presencia por encontrarse
bien arriba. Otros se mezclaron con los que preparaban las viandas para
disimular la presencia y a la hora en que las cocineras le dieron la última
revisión a la olla y dictaminaron que estaban listos los pasteles para servir
media hora después del regreso de los novios de la iglesia y se bailara el vals.
En el momento en que alguien dijo en voz
alta: “¡Llegaron los novios!”, hasta las cocineras se fueron a la puerta a recibirlos, momento que aprovechó uno de los
colados, recibió el otro extremo de la cuerda, amarró la grande y pesada olla
con todo su contenido y en cumplimiento de las instrucciones del viejo Amarís,
la cuerda fue halándose con cuidado pero sin pausas hasta llevar la olla al
potrero vecino, tomándola otros, los más grandes y de mayor edad, con una
pértiga hasta conducirla por allá por los lados del viejo aeropuerto, en donde
la patota con el quórum completo, engulló pacientemente todos y cada uno de los
pasteles. El escándalo fue de enormes proporciones, y no obstante que muchos
apuntaban hacia los integrantes de la patota, nadie pudo acusarnos directamente
por cuanto los más conocidos no fueron vistos por los alrededores desde cuatro
días antes de la boda ni en los seis meses siguientes. Dos o tres años más
tarde se repitió el caso, en esta oportunidad con ocasión del matrimonio de una
hija del viejo Dáger, el del Granada que, por dárselas de miembro de la alta
sociedad del pueblo, tampoco invitó a la patota”.
Empina
la botella y sorbe un largo trago del amargo líquido, mientras una sonrisa le
aparece en el rostro, al rememorar los viejos e irrepetibles tiempos. Como al
salir por primera vez a las exploraciones por los potreros en la búsqueda de
burras jóvenes sobre las cuales eyectar el furor sexual que lo atacaba.
“Franelita” en la niñez y “Jalisco” en la juventud, fueron los mejores
localizadores de burras que conoció. Olían el cagajón y determinaban si se
trataba de un macho o una hembra, el tiempo transcurrido desde que el animal
defecó hasta la llegada del grupo. En su deambular por uno y otro punto
cardinal del país, sufrió con frecuencia las burlas por su lugar de nacimiento,
porque de inmediato se le endilgaba el mote de “burrero”, pero al sentarse a
meditar sobre el asunto concluyó que no había motivo para avergonzarse, por
cuanto gracias a esas experiencias infantiles y juveniles en el apareamiento
con las burras, que tanto les criticaban a los de su región, pudo mantenerse
por largo tiempo un nivel muy bajo en los cuadros estadísticos de la
homosexualidad. Años más tarde leyó un escrito de Benjamín Puche Villadiego, en
el cual quita a sus paisanos el INRI y lo coloca en el lugar correspondiente.
Comparó
los tiempos y concluyó que el progreso conlleva a la aberrante práctica de la
homosexualidad, al abrirse las compuertas de la presa que retiene las aguas de
los deseos reprimidos, rompiendo con ímpetu barreras que por años la decencia,
la pulcritud y la honestidad, levantaron para impedir desbordamientos. Los
romanos, se dice a sí mismo, o mejor, los Césares de la Roma Imperial, como
afirmó Julio César, fueron maridos de todas las mujeres y mujer de todos los
maridos. Roma marcó una larga época de dominio sobre el mundo conocido, y sus
emperadores, sus patricios, sus tribunos y legionarios, practicaban la
homosexualidad abiertamente. Para ellos, alcanzar el favoritismo de un hombre
público y con su respaldo continuar escalando gradas en la escalera del éxito,
era el objetivo principal, por lo que entregaban sus cuerpos sin reticencias.
Pero no sólo el imperio romano practicó la homosexualidad. Los Incas y
los aztecas, en el Nuevo Mundo, no vieron nada extraño en ella. Vuelve al
presente y se alarma de la manera en que, incluyendo a su propia tierra,
predomina la homosexualidad. En la niñez y en la etapa de juventud, conoció
maricas en su pueblo, pero en número reducido, lo cual nunca implicó alarma, lo
que no sucede en el presente. “Están por todas partes”, piensa con tristeza. Sabe
que no puede hacer nada, y juzga que cada quién hace de su cuerpo lo que
quiera. Achaca ese aumento desmesurado al libertinaje sexual.
Vuelve a experimentar los momentos dramáticos que vivió con su hermano
mayor para colarse en la sala de cine llamada Teatro Naín, proeza de la que muy
pocos podían ufanarse, para ver la película que desde una semana antes condenó
el padre Máximo Mercado, por lo inmoral, ya que en ella escenificaban desde el
modo y el momento de la concepción hasta que la mujer paría el hijo. El anatema
del padre Mercado le sirvió, económicamente, a Ricardito Marrugo, porque pese a
la decisión del alcalde de exigir la presentación de la cédula de ciudadanía en
la puerta de entrada y atajar a todo el que no fuera mayor de veinticinco años,
las colas fueron extensas por más de cinco días. Desde entonces su hermano y él
se miraban burlonamente cuando alguna persona mayor, especialmente mujeres,
aseguraban que sus hijos los había traído una cigüeña desde París. Ellos sí
sabían cuál era la cigüeña y dónde estaba París.
Sus verdaderas experiencias sexuales ocurrieron en los cabarets. El
Tropical, primero, y El Nido, de Camilito Lamadrid, después. En El Tropical
admiró por primera vez a una mujer adulta, una mujer de carne y hueso,
totalmente desnuda, incitante y llamativa, sobre el mullido colchón de una inmensa
cama. Atrás quedaron las aventuras infantiles y Esperanza y Silvia, las dos
hermanas con las que hacían “casita” entre los rastrojos de los potreros
vecinos.
El cantinero colocó dos nuevas botellas de cerveza fría. Sin notarlo,
el sol bajó a besarse con la Sierra Chiquita y al mismo tiempo esconderse en la
noche para descansar de la larga caminata sobre la tierra, y retrató
mentalmente a su compadre Jorge Lobelo en el proceso de recoger las
herramientas del taller, para luego impregnarse la piel con gasolina y tratar
así de desprenderse, con el estropajo, las negras manchas de aceite quemado y
de grasa que le tapan los poros. Calcula que, a más tardar una hora, llegará al
lugar en que se encuentran.
En sus evocaciones vuelven los tiempos de Pueblo Pescao y la invasión
del barrio 14 de julio. Pueblo Pescao se convirtió en una prolongación del
destartalado y largo caserón a la orilla del río y al lado de la bonga
legendaria, que sirvió por decenios como plaza de mercado, que pese a las
leyendas que lo rodeaban porque sirvió de atracadero de balsas y canoas, de
sitio de descanso para los bailadores de fandango, para seguir las ejecuciones
musicales mientras paladeaban los rones fabricados en los zacatines locales,
donde fusilaron a un patriota en la gesta de independencia, donde colgaron
soldados rasos conservadores y liberales en la guerra de los mil días y otros
hechos reales, fue derribado por decisión de un alcalde indolente, como antes
habían derrumbado los adornos que de la llamada Avenida 20 de Julio hizo el
partero Jorge Ramírez Arjona, un día en que creyó que desde el remoto caserío
podía competir para el cargo de Presidente de la República con las maquinarias
políticas de la altiplanicie andina. Las vendedoras de comida fueron más de las
calculadas por las autoridades y a muchas no les quedaron puestos en los que
instalar sus mesas en el nuevo y moderno mercado. Por eso se fueron con sus
ollas, sus calderos, sus anafes, sus mesones y sus taburetes a un lado de la
nueva edificación, para continuar en el proceso de vender alimentos a bajo
precio a los pobres y a los adinerados cuando éstos se permitían salir del
“club” para alborotar los barrios populares con sus vehículos a toda velocidad,
con sus pitos y guapirreos, como
locos, arrojando botellas vacías del fino licor que consumieron, contra las
aceras, expresándole de esta manera a los pobres que no sólo tienen importancia
sino también poder, y terminaban en Pueblo Pescao, como lo bautizaron, comiendo
entre una nube desesperante de moscas imprudentes, al lado de los cargadores de
bultos en el INA, los borrachitos de El Fogón del viejo Próspero Ibarra, las
prostitutas del mercado, de los cabarets vecinos, las busconas de la muralla,
los músicos de los prostíbulos y los amanecederos. Todos llegaban a fortalecer
el ánimo con un sancocho de pescado, una viuda de carne salada, arroz con coco
frito, donde Manuela Berrío y demás sancocheras del lugar.
El sector parecía predestinado por hados funestos a cobijar borrachos,
meretrices, cabrones, rateros y otros personajes del bajo mundo. En su mente
repitió los momentos en que siendo niño llegó por esos alrededores y encontró a
las mujeres que trabajaban en los cabarets El Bataclán, administrado por una
señora Sandra oriunda de Calamar, y El Bolívar, que se reunían alrededor de
grandes albercas de las que sacaban agua para bañarse al terminar una noche de
trabajo y no de fiesta, como pensaban los demás. Una ceremonia extraña, en la
que los rostros de las féminas denotaban el cansancio, el aburrimiento, los efectos
del alcohol y los rigores de la larga noche en vela, algunas veces danzando en
los brazos del cliente en las largas y anchas pistas y las demás sobre las
camas en una parodia de amor con un sujeto que quizás vería solamente una vez
en la vida, esa, y jamás sabría si el nombre con el que se presentó sería el
verdadero. Un hombre al que debía fingirle satisfacción para que no le
cicateara después el valor justo de su entrega, de permitirle, como decía la
india Ana Manuela: “curucutearme allí como si algo se le hubiera perdido dentro
de mí”. Alguien, refiriéndose a la facilidad de los españoles en la conquista
de este Continente, aseguró que fueron las mujeres las traidoras que
suministraron detalles secretos de las campañas militares, al sentirse mejor en
el acto sexual de movimientos de cadera traído por los invasores, que el pasivo
coito mental que por milenios habían realizado los nativos.
El agua y el jabón les pegaban las batas a los cuerpos dibujándoles los
senos, las nalgas y el pubis, pero ellas continuaban serenamente la ceremonia
de aseo, en medio de sus mudos pensamientos quién sabe de qué cosas. Así lo
traía otra vez a la memoria y concluía que quizás todas las putas del mundo
aprovechaban ese momento fantástico, mágico, en el que la noche se resiste a
irse y el sol lucha por iluminar el universo de los hombres, para entregarle a
la que se va toda la inmundicia que les cayó durante la jornada, y enfrentar el
nuevo día siquiera limpias de cuerpo. Alguien le dijo que las mujeres que
venden sus cuerpos no tienen nada de qué arrepentirse, que los que deben
hacerlo son los que egoísta o generosamente largan las monedas para retribuir
el momento del que gozaron. Sor Juana Inés de la Cruz, dijo:
“¿Cuál mayor culpa ha tenido
En una pasión errada
La que cae de rogada
O el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar
Aunque cualquiera mal haga
La que peca por la paga
O el que paga por pecar?”
Años más tarde, en la zona de tolerancia de la calle treinta y nueve en
El Cocodrilo, El Nido, El Tropical y los otros lenocinios allí instalados,
repitió esas escenas del área de Pueblo Pescao.
Para aquellos años se le consideraba el mejor peleador a los puños de
la calle treinta y siete, y Santiago, el nieto de la comadrona Marcelina Agámez,
el mejor de la calle cuarenta. Como los muchachos de una y otra calle convinieron
unirse en un mismo grupo, los dos estrecharon sus lazos de amistad, mejor, de
hermandad aun cuando no abandonaron por ello el temerse recíprocamente. No
osaban contradecirse y durante las discusiones que surgían entre los dos bandos
optaban por la neutralidad. Una tarde aceptó la invitación de Santiago para
estar a las seis de la mañana del día siguiente frente al cabaré El Tropical, y
cuando llegó observó a una veintena de muchachos de todas las edades y tamaños
procedentes de Nariño, Sucre, la Plaza Grande, la Plaza Chiquita, el mercado y
otros sectores, que el propietario del lenocinio, el administrador y las
meretrices, amanecidos, distribuían en parejas del mismo tamaño y edades más o menos
similares. Seis peleas hicieron con resultados iguales. El escogió lavar las sillas y mesas y
Santiago lavar los pisos.
Entretenido en su tarea no sintió la llegada de una mujer a su lado
sino cuando ésta, con voz melosa, le preguntó si no quería acostarse con ella y
se alzó la falda mostrando sus intimidades sin ropa interior. La sorpresa y la vergüenza lo silenciaron y
le hicieron bajar la cabeza. Al llevar las primeras sillas limpias, Santiago lo
esperaba recostado a la puerta y le preguntó qué le había dicho la mujer. Le
refirió el asunto y al responder que no le había dirigido la palabra, el
muchacho le recalcó que su pareja en el trabajo tenía que ser un hombre, porque
no le agradaban los maricas y le previno que, si no iba enseguida al cuarto de
la muchacha, que se preparara a pelear. Corría un albur en una pelea que sabía
que sería dura. Era posible que ganara, pero el motivo volaría como las malas
noticias y quedaría mal parado en su hombría. Haciendo el mayor de los
esfuerzos, llegó al cuarto y en vez de llamar empujó la puerta y la muchacha,
desnuda en la cama, le tendió los brazos.
En uno de los buses urbanos que se detiene frente al paradero, baja
Jorge Lobelo Castellar, el gordo. Ante los gritos mira a quienes lo llaman y no
esconde su sorpresa ni su agrado al establecer quiénes son. Con una amplia
sonrisa, acelera el paso hacia el establecimiento.
Las fosas comunes.
Tras
un estrecho y prolongado abrazo que patentiza el aprecio y amistad entre ellos,
especialmente del que acaba de llegar y el de mayor edad, vuelven a sentarse
alrededor de la mesa. El nuevo contertulio informa que abandonó las bebidas
embriagantes y por esa razón no los secunda en el consumo de cervezas.
—El
día que comprendí que el alcohol no sirve más que para embrutecer al hombre y
que su venta no deja beneficios sino a los que medran en la burocracia, así
como a determinados individuos de la capa social dominante, tomé la decisión de
no volver a beber, acota Lobelo.
—Es
raro, interviene el cincuentón. Era usted, compadre, el primero en colectar los
aportes de los miembros de la patota para adquirir las botellas de licor o para
dirigirse a la estancia que queda muy cerca de aquí a comprar un tanque de
guarapo de caña para ponerlo a fermentar. Y ahora no bebe. No sé si lamentarlo
o felicitarlo.
—Déjense
de mariconadas los dos, porque ambos son tanques sin fondo jalándole al
gordolobo. Lo que pasa es que desde que Lobelo adquirió la hacienda “Comes si
llevas” y metió la primera cachoncita, dejó de beber para volverse más rico.
—No
digas eso. Hace mucho que abandoné el licor y, sin embargo, en el taller,
aporto mi cuota de los sábados para que los demás compañeros beban el fin de
semana.
—Compadre,
también usted fue el abanderado de las cosas buenas, de las ideas positivas y
el que más y mejores planes presentaba para que realizara la patota del barrio
Obrero. Por eso le creo y le respeto su decisión, pero tendrá entonces que
aguantarse la charla que tenemos, removiendo recuerdos.
Continúan
con sus evocaciones y siempre que uno de ellos queda silencioso y de manera
súbita lanza sus opiniones, los otros, como si hubieran estado leyéndole la
mente, responden o emiten opiniones al respecto.
Jorge
Lobelo rememora los tiempos de su niñez y los primeros años de juventud, y
recuerda el momento en que viaja de su pueblo, San Juan Nepomuceno, a Cartagena
y de un momento a otro, como si hubieran estado esperándolo, viste la sotana de
monaguillo en el templo de La Trinidad, y se ve así mismo en las madrugadas en
el momento de poner sobre un anafe una olla para hervir agua con la cual
esterilizar el copón en que Monseñor López Umaña oficia misa en la Catedral. El
arzobispo oscila entre el calificativo de santo que le dan los miembros de las
clases altas de la sociedad cartagenera de Bocagrande, Manga y El Cabrero,
especialmente las beatas de chalina y camándula, y el de demonio que le
endilgan los del pueblo raso. Los pobres lo odian, indudablemente, y a su paso
por las calles, en las esporádicas ocasiones en que se digna salir de su
palacio, refunfuñan a su paso y lo miran de reojo. El odio se acrecienta al
estallar el escándalo porque “el cojo”, como lo califica el vulgo, intentó
violar a una jovencita, lo que trajo como consecuencia que el futuro santo
perdiera todo su encanto.
Jorge
se pregunta la razón para que el encopetado sacerdote exija una desinfección
diaria del vaso metálico con incrustaciones de plata, oro y piedras preciosas,
si únicamente él lo lleva a los labios en el instante de ofrendar y tomar la
sangre de Cristo. Por otra parte, nadie diferente a él y a Jorge, toca el vaso
sagrado. Lobelo principió a colaborar con los curas de su pueblo, y al llegar a
Cartagena le confiaron atender a Monseñor López Umaña, del que los curas y
monaguillos le aseguraron que “jode por cualquier pendejada”. y por tales
causas, evitaban su contacto. Al llegar Jorge encontraron con alivio la forma
de escaparse del problema, endosándoselo sin darle lugar a negativas.
Con
la voz en un tono medio serio y medio burlón, repite detalles de esos tiempos y
su descenso a los sótanos del templo de La Trinidad, lugar en el que reposaban
gigantescos toneles de madera traídos por los españoles en la época de la
Colonia, repletos de vino añejado durante doscientos o trescientos años, que
solamente monseñor podía degustar, dándose así un privilegio que ni siquiera imaginaron hombres
importantes de la iglesia como Sarto, Rati o Pacelli, que más tarde colocaron
sobre sus testas la tiara papal. Jorge decide que, si únicamente los dos tocan
el copón, él para depurarlo y Monseñor para llevarlo un instante a los labios
cada madrugada, y de nuevo debía esterilizarlo, bien podían compartir el
recipiente y el vino.
Cuenta que un domingo y
cuando ya iba hacia la Catedral por toda la Calle Larga, se le ocurrió degustar
el líquido y abrió la botella dos o tres veces aplicándole la lengua. “Viví una
rica y agradable sensación que me impelía a seguir, pero favorablemente me
acordé de Monseñor y su agrio carácter”, y asegura que, pasados tantos años,
siente en los labios el néctar que calificó desde el primer momento como
divino.
En la sacristía y mientras llegaba Monseñor, volvió a poner la punta de
la lengua sobre la boca de la botella, con el temor de que el olor lo delatara
y le diera la razón al prelado para asestarle un coscorrón o excomulgarlo, como
se decía que hacía con frecuencia. Mientras oficiaba la misa, Monseñor le miró
varias veces, extrañado quizás por el silencio de Jorge, que intuía que había
maculado el sacrosanto vino de la consagración de la sangre de Cristo. Al ver
que Monseñor buscaba con la nariz la procedencia del aroma, Jorge, ni corto ni
perezoso destapó la botella esparciéndose por la nave el celestial olor,
dándole a las beatas cartageneras razón para que reflexionaran sobre el
milagro, hacer las anotaciones y enviar a la Santa Sede, cuando se abriera el
proceso de beatificación.
El murmullo de alegría contenida se esparció por todos los ámbitos del
templo y llegó claramente a los oídos del sacerdote, que se encontraba de
espaldas a los feligreses, y con una cara de niño dirigió la mirada a uno de
los vitrales que comenzaba a llenarse de luces por efecto de los primeros rayos
de sol de la mañana. En otro momento, habría sido suficiente la actuación del
monaguillo para lanzarle un grito furioso ordenándole salir del templo, pero
fue una honda y agradecida indicación de que cerrara la botella. Comprendió que
no era recomendable repetir la acción y desde entonces, cuando volvía de la
Catedral, bajaba a las bodegas y al subir, dos o tres horas más tarde, se
arrastraba con dificultades por las gradas para no rodar por las mismas, bajo
una tremenda borrachera. En los primeros días de su trabajo con Monseñor, llegó
a considerarlo en verdad digno de ser santificado, porque sólo siendo santo se
podía libar una botella de vino en la madrugada, sin desayunar, y continuar
dedicado al trabajo y a departir con las beatas hasta casi las siete de la
mañana, sin dormirse sobre la mesa. Los colonizadores españoles que trajeron a
Cartagena los gigantescos toneles de vino y los instalaron en las bodegas de La
Trinidad para su añejamiento, no pensaron que siglos después dos personajes tan
disímiles como un orgulloso arzobispo y un humilde campesino sanjuanero,
compartieran las delicias de licor de tan excelsas calidades.
Los tres hombres descienden, cada uno, de las nubes de los recuerdos y
se renueva la charla, pero ahora sobre los tiempos en que se conocieron.
Fue una mañana de septiembre que los del barrio Obrero vieron venir al
muchacho gordito, blanco, en medio de dos lindas muchachas residentes en el
sector, Aura Lobelo y Rosa Castellar, que pasaron sin mirar a nadie y por tanto
sin saludar. Ocurrió lo mismo por la noche, pero ahora el muchacho dirigió una
mirada hacia el grupo, sentado sobre el duro suelo, que formaba un círculo,
cual aquelarre, alrededor de un tótem representado por un surtidor de gasolina,
único lugar de los alrededores con una pantalla que iluminaba la zona.
Durante los cuatro o cinco días siguientes la escena nocturna se
repitió, hasta que uno del grupo, y el cincuentón detiene con dificultad una
carcajada al hacer memoria de que fue él quien lo hizo, lanzó un grito
diciéndoles: “Adiós las tres”. El innegable insulto conmovió todas las fibras
del muchacho que amenazó lanzarse con furia sobre el círculo y caerle encima al
primero que tropezara, pero las dos muchachas lo contuvieron con gran esfuerzo.
No se dijo nada más. Al día siguiente, como si hubiera sido viejo miembro del
grupo, llegó el muchacho gordito, con una amplia sonrisa en el rostro, saludó a
todos efusivamente y sin permiso alguno se sentó en el ruedo y se introdujo en
la conversación y a la hora de narrar chistes, fueron los suyos los mejores.
Jorge Lobelo, el gordo como lo llamaron desde entonces se vinculó a la patota
del barrio Obrero, distinguiéndose por su seriedad, fidelidad a la palabra
empeñada, su gran laboriosidad y su excelente espíritu de solidaridad.
—Pasé la noche pensando en el asunto y llegué a la conclusión de que a
las malas no podía con ustedes, que eran como sesenta, además de que me
encontraba sólo en este pueblo y el grupo me atraía, no sé por qué, y opté por
presentarme y demostrarles que el insulto estaba olvidado y eso me brindó la
amistad de todos.
Mientras se beben otro trago de la cerveza casi congelada dejan a
Lobelo sumido en otros recuerdos, en tránsito por la ruta de las cosas idas, y
al conectarse lo sorprenden en otro lugar y otras cosas.
—Compadre, no encontré cómo enviarle la razón para que viniera a
despedirse del viejo... que mostró un gran interés en entregarle un cuaderno
que le prometió hace años- dice Lobelo dirigiéndose al cincuentón- Fui a la
finca al enterarme que se encontraba muy mal de salud y le pedí que me confiara
el cuaderno para entregárselo en el momento en que usted volviera, pero no
quiso. En mi presencia pidió una botella de petróleo y una caja de fósforos y
los aplicó al cuaderno hasta convertirlo en cenizas. Lanzó un suspiro y volvió
a la cama en la que murió seis días después. Me aseguró que, si no era a usted,
lo mejor que podía hacer, como lo hizo, era destruir recuerdos muy ingratos.
¿De qué se trataba, compadre?
—De una relación de sitios, personas, fechas y formas, alrededor de una
comisión de la policía de la época de la violencia, conocida por algunos como
la “popol” y por otros como los “chulavitas”, gentilicio del lugar del cual
vinieron para llenar de sangre y de cadáveres parte del territorio de esta
región.
El viejo rumia en silencio sus conocimientos, sus lecturas, sus
experiencias, así como lo que viene escuchando desde sus años de infancia. Por
eso concluye que la clase dominante mantiene sumido al país en una violencia
secular. Ha sido consustancial a las costumbres políticas desde que se inició
el encuentro de los dos mundos, bautizado como “descubrimiento”, luego como
“colonia” y de allí en adelante como “vida republicana” o “vida democrática” y
otras sandeces. Pero sus paisanos insisten en marginarse y en omitir
referencias sobre la realidad. El país se sumerge aún más en el baño de sangre
entre hermanos. Al nacer los partidos —liberal y conservador — se llega a
situaciones extrañas: se acuestan liberales y amanecen conservadores y
viceversa. En el fondo, no se hace otra cosa que pelear por los fundos, no
importan las excusas. El señor José Hilario López decreta la emancipación de
los esclavos en 1851, y la sorpresa es establecer que, en un número considerable,
los esclavos se resisten a la libertad. Mientras tanto los conservadores, con
el concurso del clero católico, ejecutan acciones que llevan a la confrontación
más sangrienta. Ellos portan la cruz de las espadas tintas en sangre, como en
los tiempos del “descubrimiento” y la cruz de palo de los curas, no menos
enfangada con sangre inocente. El pueblo se niega a aceptar que la lucha
ideológica no es tal. Es el cumplimiento de pactos entre los jefes de cada
colectividad partidista. Rechazan la versión de que el presidente conservador
de turno es el padrino del hijo mayor del jefe liberal y quien también ocupó la
presidencia. Más aún, dudan que el jefe liberal sea el padrino de uno de los
hijos del presidente conservador. No creen tampoco que por lo menos una vez a
la semana, mientras en los campos se lleva a cabo la lucha sangrienta, los
compadres se sientan a manteles en el palacio presidencial a reírse de la
manera en que avanza el proceso de acaparar la tierra. Los liberales, tildados
de masones, para mantener sus huestes unidas y convencidas de que Dios es tan
magnánimo con ellos como con los godos, se roban la imagen de la Virgen de
Chiquinquirá. Los caciques se enrolan en ambos lados, no por ideología ni
patriotismo ni libertad ni democracia, sino para apoderarse de la tierra.
Terminada la “gran guerra”, la situación se mantiene a través de 54 mini guerras
civiles, sin alegar razones, porque los “soldados de la patria” se contentan
con sacrificarse porque sí y 14 veces las inician los conservadores, 2 los
liberales, y como si no fuera suficiente, 38 veces entre los propios liberales.
El hombre-pueblo no gana nada en el sinfín de conflictos, sino el
título de “soldado valeroso” y si acaso una medallita de cobre, mientras que
los gamonales y los políticos llenan pechos, espaldas y culos con medallas de
oro y el pomposo título de “general”, que se ganan asesinando a modestos
labradores inermes, colocándolos de dianas y ahítos de ron con pólvora. Aquí sí
que se puede decir: Riqueza concentrada
y pobreza distribuida.
Esa comisión fue a localidades como El Limón, Canalete, San Juan de
Urabá, Uveros, Damaquiel, Zapata. Se metió por Mulatos y Mulaticos, Las Platas
y llegó a territorio antioqueño al pisar El Carmelo y Buenos Aires, para
dirigirse por el cerro de la Bola de Hilo y descender a El Tomate, Popayán y
otros pueblos para finalizar en Pueblo Bujo. También reseñaba el cuaderno los
nombres de los que integraron la comisión, el guía, los capitanes políticos que
desde esas poblaciones la pidieron, así como de los delatores, los nombres de
las víctimas y cómo murieron y quiénes los asesinaron. Eso ocasionó que los
campesinos se unieran en grupos para rechazar el accionar de la popol y fueron
llamados “chusmeros”. El viejo... fue testigo de varios casos y anotó en un
cuaderno los detalles. En aquellos tiempos, cumplió el doble papel de
periodista e historiador para indagar lo pertinente. Un día, en el que le hablé
del guía, que fue mi amigo años después de esos hechos, me prometió el cuaderno
para que puliera los datos y escribiera un libro. Como viví por esas tierras,
poco después de alcanzada la paz por el presidente Rojas, acopié muchas
historias aún calientes de lo que por allí ocurrió en un lapso corto. Por
ejemplo, la negra Candelaria tenía un predio extenso a las orillas del río San
Juan, en el cual, por carecer de familiares cercanos o lejanos, acogió a varias
familias que quedaron huérfanas después del paso de la comisión comandada por
El Charro. La vieja me tomó gran confianza y me narraba con el espanto en la
mirada como si viviera otra vez esos horrorosos momentos, cómo asesinaron a
tantos campesinos inocentes.
Fue ella, precisamente, quien me informó con detalles la acción de
los hermanos Torrente en la población de
Canalete, y defendía a capa y espada la actuación de uno de sus ahora vecinos y
herederos, los hermanos Fuentes, que preparó un cañón con uno de los tubos
abandonados por los gringos de la Socony Oil Vascum Company, que luego de
establecer plenamente la existencia de petróleo y aprovechándose de un justo
paro de los trabajadores, se fue del país dejando como reserva el petróleo
encontrado pero desanimando a todos con la afirmación de que no había nada. Es
que los gringos con el poder de su dinero se pueden dar el lujo de negar estas
cosas, para un siglo o dos siglos después, entrar a explotar los yacimientos si
requieren el producto. El vecino de doña Candelaria, a solicitud de las
víctimas de Canalete, casi que obligado porque si bien era liberal vivía muy
lejos de ese pueblo, se ideó un cañón y una vez relleno de grapas, puntillas,
tachuelas, trozos de alambre de púas, pedazos de hierro y con la pólvora
recogida en cerca de diez pueblos a la redonda que la facilitaron con gran
complacencia, dirigió la boca del cañón hacia la casa de los Torrente,
acostumbrados a sembrar la violencia donde quiera habían vivido hasta entonces, y en nombre de los que
murieron en una fiesta organizada con ese fin por los Torrente, prendió la
mecha. De la casa, que se erguía en una de las esquinas del poblado sobre una
base de un metro y medio de alto de duro concreto, quedó apenas un montoncito
de escasos diez centímetros. Todo se volatilizó. Madre, mujeres, esposas,
hijos. De los Torrente solo quedaron dos vivos, pero aseguran en Canalete que
aún en las noches de luna llena se escuchan en la distancia los cascos de
corceles que salieron a galope tendido del pueblo y no volvieron jamás. La
vieja Candelaria me entregó en largas charlas, cuando me brindaba posada en su
caserón solitario, varias informaciones y enseñanzas. Por ejemplo, fue la que
me aseguró que quien nunca ha manejado dinero en cantidades, jamás podrá
recibirlo sin derrocharlo. Por eso sus tierras, su ganado, sus bienes todos, no
fueron a las manos de los campesinos que nacieron, crecieron y murieron en sus
tierras, como todos esperaban, sino a las de los Fuentes, que con el paso de
los años habían demostrado saber para qué sirve y cómo se maneja una fortuna.
Mientras se toman tres cervezas seguidas, como si la charla les hubiera
secado la boca y la garganta, el hombre mayor hilvana otros recuerdos.
Dolorosos al extremo, porque fue testigo de las lágrimas que rodaban por las
mejillas de hombres y mujeres, muchos años después, que perdieron sus esposos,
esposas, hijos, nietos, hermanos y amigos en una guerra que jamás ha sido
considerada como tal, pero en la que se invierte por el gobierno nueve de cada
diez pesos del presupuesto. La lucha contra los pobres, a los que se matricula
en una u otra agrupación violenta que orientan y pagan los mismos que alientan
a las demás fuerzas para sembrar el caos, parece no tener fin. Y sus recuerdos
viajan hacia atrás en el tiempo, cuando siendo casi un niño, y buscando otras
metas y el escape de la extrema pobreza, viajó a zonas de las que ni siquiera
había escuchado antes sus nombres. Esapindonga, Mulatos, Murindó, Canalete,
Umbitos, Necoclí; vagando por llanuras, metiéndose por sabanas, escalando y
bajando serranías, comprando cocos a lo largo del litoral y llegando a un país
vecino. Solitario, con temor en el día por las serpientes de todo tamaño, del
tigre mañoso, por las noches de los endriagos como el Gritón, la Llorona, la
Pata Sola, las brujas tierreras y mil y mil entes enviados desde el infierno
para conquistar cristianos, pero preferiblemente a niños y jóvenes inocentes
como él.
“Eran más de las tres de la tarde, cuando al bajar una extensa loma
miré a la distancia una planicie sobre la que se levantaban varias viviendas.
No la vi antes por la densidad del bosque de los alrededores, pero supe de
inmediato que me encontraba frente a la localidad de El Carmelo. Indudablemente
sus actividades comerciales la habían convertido en un centro obligado de
visita de los campesinos de una región que abarca dos provincias, una de ellas
quizás la más rica del país. Pese a la armonía individual entre interioranos y
costeros, colectivamente las cosas eran diferentes. Reinaba entonces un clima
dudoso, movimientos sordos de labios por parte y parte, pero se toleraban.
Desde la capital de la provincia rica se dispuso a elevar el pequeño poblado en
cabecera de corregimiento y ello lo catapultó hacia la ruta del progreso, pero
sin mayor trascendencia para los nativos acostumbrados al dejar hacer y pasar el
tiempo como en unas eternas vacaciones. El tío Naudín narró diferentes aspectos
de la región, cuyo suelo gozaba de una riqueza incomparable y creaba panoramas
diferentes. Parecía que se encontraban en una tierra de gigantes, porque en los
productos agrícolas se presentaba el fenómeno de que parecían dobles en
comparación con los mismos cosechados en otros sitios de los que se aseguraba
que poseían tierras feraces.
De un momento a otro, inesperadamente, el país convulsionó y retrocedió
muchas décadas y la paz de que gozaban se volvió añicos. “Como cuando uno le dispara al espejo” comparó el viejo tío el
vuelco recibido que a la par del eco, procedía de la altiplanicie andina
regándose por la geografía nacional y llegando a los más apartados e ignorados
lugares. El Carmelo era uno de esos, pero quizás lo eran en un grado mayor El
Limón, Buenos Aires, San Juan, San Pedro y muchas otras localidades. En la
altiplanicie andina se reunían y continuarán reuniéndose los mayores enemigos
de la patria, concluí al enterarme, atónito, de cosas inauditas. Sin
importarles la suerte ni la vida de sus compatriotas de aquellas áreas
territoriales ignoradas, de norte a sur y de oriente a occidente, los
maquiavélicos, o mejor, los demonios de la política preparan planes de aniquilamiento
de los contradictores o el desalojo sangriento para apoderarse de las tierras
más ricas de la Nación.
Entré al pueblo y cumpliendo las normas de la cordialidad que me habían
enseñado, y casi niño, saludaba con afecto a todos los que salían al paso o que
encontraba frente a sus residencias. Muchos me ignoraron, quizás por ser niño,
del que no pensaban llegara en plan de negocios. Ni las mujeres que encontré en
las sementeras aledañas al poblado, que portaban finas y modernas carabinas
Remington de repetición, ni los cazadores ocultos en la manigua, escopeta en
mano para adquirir el complemento cárnico de su alimentación, me consideraron
un peligro potencial y me permitieron pasar sin molestias.
Con mi elocuencia, el gracejo oportuno pero sin traspasar las rayas que
imponía la urbanidad, el dominio de varias materias de las que hablaba con
seriedad pero sin molestar a nadie, mi marcado interés por conocer más a la
región y su potencialidad económica que a sus moradores, sin tratar de temas
políticos, al anochecer del día de mi llegada, y con el sólo respaldo de ser
sobrino del viejo Naudin, por un lado, y del viejo Lalo, por el otro, ambos
jefes liberales en sus respectivas zonas, me abrieron las puertas de la
amistad. A los tres días recordé el cuento del viejo Naudin sobre la toma de El
Carmelo, con una enorme cantidad de muertos, y echando manos a todas las
precauciones, fingiendo inocencia en la pregunta, indagué al respecto. Y la
versión de prácticamente todos los presentes que jugaban dominó en dos mesas
distintas, los propietarios de la residencia y los mirones, actores extras en
una película de terror, me proporcionaron detalles del caso, mucho más de los
que el viejo Naudin me informó, lo que puede resumirse así:
“Se calculó el ataque para las dos de la tarde, pero las mujeres se
distrajeron en la preparación del almuerzo, el cambio de vestimentas, los
apliques cosméticos —siempre la coquetería femenina aún en los momentos más
dramáticos — y mientras llegaban algunos atrasados provenientes de las veredas
vecinas, la salida se produjo más tarde de lo previsto. Sin embargo, llegaron a
El Carmelo unos minutos antes de las cuatro de la tarde, bajo un sol
esplendoroso que no dejó resquicio para la oscuridad. Muchos insistieron en
atacar de inmediato, pero los jefes, y la mujer de uno de éstos, a la que
conocían con el alias de La Cachaca, luego de un rápido consejo de
asesoramiento, lo aplazaron para las siete de la mañana del día siguiente.
Todos estaban cansados, mientras que la patrulla de la policía, unos veinte
hombres, se encontraban en el poblado desde la mañana del día anterior y ante
la superioridad en hombres y mujeres armados, optaron por un ataque frontal y
aniquilador de la que llamaban la popol. Se reunieron medio centenar de
hombres, todos campesinos que laboraban paciente e incansablemente en abrir
surcos en la tierra para los cultivos de la temporada, dieciséis mujeres que
oscilaban entre los quince y los treinta años de edad, que sufrían un mismo
dolor. El dolor de saber que la popol, sin tener en cuenta la filiación
política, la amistad reinante entre los campesinos, sacrificaron a muchos por
el placer de saciar sus instintos asesinos. De ambos partidos en contienda, de
la que ellos se habían marginado por estar dedicados al trabajo honesto y
porque la política jamás los había beneficiado, las víctimas se contaban por
montones. Nadie olvidaba la violenta gira de El Charro y sus amigos, culminada
en las alturas del cerro de La Bola de Hilo, en donde cercenaron las cabezas de
por lo menos sesenta campesinos que nunca habían estado vinculados a hechos
violentos, arrojando luego cabezas y cuerpos a un precipicio y los familiares
se negaron a sacarlos hasta que no fueran vengadas sus muertes. Y los padres,
las madres, los hijos, los hermanos y hermanas y amigos, concluyeron que, si no
contestaban la violencia con la violencia, no podrían liberarse de los ataques
infames de las autoridades, ignorando que era esa reacción la que se buscaba
por la clase dirigente de los dos partidos que luchaban por luchar, para crear
el ambiente de zozobra y cambiar el estado del país a su arbitrio y para
devengar los réditos del encharcamiento en sangre del suelo patrio. Por eso,
echaron mano a las escopetas, a los chopos, adquirieron de traficantes de armas
varias carabinas y revólveres y esperaron. Sabían que la popol volvería a sus tierras,
pero ahora encontrarían la oposición de quienes estaban prestos a vengar a sus
muertos. Si antes del conflicto hubo diferencias políticas entre ellos, que no
pasaban de unos gritos altisonantes, de unos insultos que no dañaban nada
porque allí mismo o al día siguiente se disculpaban recíprocamente, se
abrazaban y cumplían las tareas agrícolas uno al lado del otro para demostrar a
los demás que no había quedado ningún hueso roto, en esta ocasión nadie se
acordaba de los partidos, ni de las doctrinas de que hablaban los políticos que
raras veces los visitaban y que ellos no conocían, ni banderas azules o rojas,
ni presidentes ni candidatos, ni jefes ni ídolos. Fraternidad y firme propósito
de acabar con los asesinos. Sabían que la disciplina era vital y por ello
cumplían las jornadas de entrenamiento en las mismas parcelas y con gran
fervor. Si las mujeres se metieron en el asunto, fue porque sentían igual o más
dolor por sus parientes sacrificados que los hombres. La comisión policial
llegó antes del mediodía y desde que entraron a El Carmelo pelaron los dientes.
Traían un propósito y esperaban solamente que alguien mostrara disgusto por la
presencia policial para darle dedo al gatillo de los fusiles. Se sorprendieron
que una hora después del arribo, se sintiera el vacío. Muchos campesinos que
habitaban el poblado huyeron subrepticiamente del mismo. No encontraban con
quién pelear, pero entendieron que algo no estaba saliendo como ellos lo habían
planeado.
El aviso de la llegada de los policías entró primero a cada casa de la
región. Y entrenados como estaban, tomaron sus armas y se reunieron en el sitio
acordado convencidos de que no todos regresarían a sus hogares, pero no les
importaba. Primero está la venganza y para obtenerla se debe poner en riesgo lo
más querido y en este caso, la vida. No habría vuelta atrás, además de que
conocían su terreno, duplicaban a los efectivos policiales y en poca cantidad,
poseían armas superiores a las de ellos, que fueron entregadas a los mejores
tiradores de cada vereda, de cada caserío comprometido en el asunto.
Los policías se dieron cuenta muy tarde que habían caído en una trampa,
y se prepararon para resistir el ataque de la chusma como llamaban a los que desde las montañas los enfrentaban.
La carencia de instrucción militar de los campesinos los hizo demorar el ataque
y la necesidad de acordonar la zona para prevenir cualquier cosa que pudiera
perturbar el ataque y la seguridad de ellos mismos. El exceso de confianza
facilitó que a la medianoche arribara al lugar una patrulla del ejército, que
colocó una ametralladora de las llamadas maría palito en cada esquina del
poblado sin que los campesinos lo notaran.
La radicalización política llegó a tanto, que los gobernantes del país,
se acusaban recíprocamente como patrocinadores de uno y otro de los bandos
violentos que asolaban los campos. Los organismos armados fueron incluidos y
por ello se señalaba sin remilgos que la policía estaba al servicio de los
azules y el ejército al de los rojos. Los unos justificaban su accionar a las
arremetidas de los “enemigos de la
libertad, que aliados al comunismo internacional, atentan contra las
instituciones legítimamente constituidas”, mientras que los otros señalaban
que “es una función constitucional la de
defender a la patria y a sus ciudadanos”. Pese a esas explicaciones, cuando
les convenía se unían para un mismo fin. En esta oportunidad el ejército no
podía eludir la ayuda a los policías, frente a una situación que los dejaba en
las manos de un grupo considerable de hombres armados. Por ello contribuyeron
con sus armas a crear una barrera para contener el ataque de la mañana que
estaba al llegar.
La noche transcurrió con el cerro vecino lleno de luces y fogatas. A la
distancia se escuchaban las risas de los que reunidos en grupos comentaban sus
propios asuntos. Ninguno habló de la proximidad del enfrentamiento armado,
porque cuando se sabe qué va a ocurrir, se evitan las especulaciones. Apenas quedan dos alternativas: la vida -se
gane o se pierda- o la muerte, que es una derrota sin discusiones.
Pocos fueron los que no durmieron y por ello no vieron el cambio del
panorama que surgía iluminado por un sol que no dejaba dudas de que sería
ardiente en lo que faltaba del día. Ellos no habían llegado para admirar la
belleza de la naturaleza sino a ganar o a morir en el intento de vengar a sus
seres queridos inmolados en una guerra absurda. Tan absurda, que los obligó a
dejar los utensilios agrícolas para abrazar la muerte a través de los cañones
de sus viejas escopetas y chopos y sin conocimiento alguno sobre tácticas y
estrategias guerreras.
Se impartió la orden de ataque y comenzaron a bajar con una inmensa
alegría en el rostro y el corazón e intempestivamente, como si bailaran al son
de un ritmo que jamás escucharon antes, al llegar a la mitad de la falda del
cerro, se contorsionaban, saltaban, gritaban y luego rodaban varios metros
antes de detenerse para siempre. La música la ejecutaban las maríapalitos en un tono sordo,
repetitivo, sin variaciones, porque la muerte es una sola. Nadie se detuvo en
la carrera bajando por la ladera y siguiendo las órdenes, esperaban llegar a
los cuatro metros de distancia para empezar a disparar. La única que traspasó
la línea imaginaria y cumplió la orden de disparar cuando faltaran cuatro
metros fue La Cachaca, que alcanzó a herir a dos policías antes de derrumbarse
porque cuando entró al poblado y llegó a la plaza disparando, ya estaba muerta.
—Yo vi todo desde la ventana de mi casa, esa verde de allí, y vi a los
policías lanzando vivas a su partido y a sus jefes, porque se habían salvado
milagrosamente, pero también observé a los soldados con lágrimas en los ojos,
llorando por los muertos. El que los dirigía, cuyo grado no supe cuál era,
decía entre sollozos: “Malditos, quién los mandó a venir a la
muerte. ¿Por qué no se detuvieron cuando cayeron los primeros? ¿Por qué bajaban
sin mirar a los que caían y seguían derecho a recibir las balas? ¡Dios mío,
perdónalos y perdónanos a nosotros!”.
No quedó uno solo vivo. Todos murieron con alegría en el corazón, con
fe en la justicia de su actitud y de sus propósitos. Desgraciadamente para
ellos, y mi joven amigo tiene la razón, la historia, o los historiadores, jamás
se han enterado de esta frustrada venganza. Y quizás es mejor así, porque los
que los enviaron a la muerte y los que mandaron a matarlos, almorzaban o se
reunían en largas jornadas de risas, de música de las grandes agrupaciones
musicales del momento y de bailes con las canciones de moda, libando finos
licores importados, porque el sacramento del bautismo los unió y creó una
mezcolanza en la que el azul y el rojo se imponían en la gama de la maldad.
Sólo que el pueblo ignoraba las intimidades de quienes lanzando diatribas no
hacían otra cosa que acondicionar lo que, en un mañana no muy lejano,
heredarían sus hijos. No importaba entonces ni importa ahora, que la sangre de
los compatriotas abone la tierra que se roban.
El relato siguiente lo escuché una noche, lapso preferido por los
hombres del campo para reposar y luego fundirse en el sueño hasta la madrugada,
cuando vuelven a su sementera o a otras a pagar el favor de la ayuda vecinal o
por anticipo de dineros y objetos indispensables en el hogar. Meses después, en
compañía de dos amigos del pueblo de Buenos Aires, visitamos el lugar en donde
aún estaban las osamentas de las víctimas, lo cual corroboraba la información.
Sólo que me comprometí a no dar jamás los nombres de esas víctimas.
“No recuerdo la fecha exacta porque los años borran poco a poco mi
memoria, y porque los momentos felices que vinieron a mí con mis hijos y mis
nietos, me obligaron a vivir siempre el presente y a prepararme para el mañana,
si es que acaso Él, el que todo lo puede, permite que haya un nuevo día para
mí. Puedo agregarle que mi memoria se acondicionó también para ocultar un
momento terrible, un instante no mayor de media hora, en el que morí unas
sesenta veces.
Se dice que el que olvida el pasado corre el peligro de repetirlo. Mi
larga vida y el acontecer de todos los días me obligan a pensar de otra
manera. No he repetido lo malo que hice
en mi juventud y no podré hacerlo con las experiencias posteriores. Todos los
días vivo una vida nueva. Cada día es una aventura más que acumulo vanamente.
¿De qué me sirve lo vivido? ¿A quién le sirve mi tesoro de vivencias? ¡A nadie!
Cada cabeza es un mundo y el mío no cabe en el mundo de los demás ni el de los
otros en el mío. Lo único cierto es que aprendemos algo, que debemos aprender a
nacer, a vivir y a morir. Esta sí es una verdad innegable, incontrastable,
incontrovertible e inocultable.
No creo que lo que aprendí ayer y lo que aprendo hoy sean la base de lo
que acontecerá mañana. Son muy pocas las experiencias del pasado que le han
servido al futuro. Quizás en la investigación científica y tecnológica, pero
nada más. Si en ese aserto hubiera verdad, no habría espacio en el planeta para
guardarlas. Mis hijos y sus hijos, mis nietos y sus nietos no incurrirían en
errores, no caerían en el pecado, no robarían, no matarían. Pero ellos, igual
que lo hicimos nosotros, desatienden las orientaciones y emprenden por sí
mismos el camino de la vida. Hay preguntas que los eruditos eluden. Las
enseñanzas rencorosas y violentas de Jehová, sus promesas de castigos
tenebrosos, no solo contra los infractores de sus injustas leyes sino de las
siguientes generaciones del pecador, cayeron en el vacío, incluso en la época
de su visita al planeta. Jesús pregonó lo contrario, pero ni siquiera los que se
ufanan de ser sus representantes-sacerdotes y pastores- aplican sus bondades.
Incurren diariamente y a plena luz del día, en pecados capitales. Engañan a sus
feligreses, se roban los diezmos y las primicias, acumulan riquezas, se alían y
reciben dineros de los criminales, llevan al adulterio a las mujeres casadas,
engañan a las niñas, violan a los niños y a los jóvenes, roban a los ilusos y a
los analfabetos. Antes que defender a los pobres se acomodan servilmente a los
ricos y, en fin, que el Nuevo Testamento les ha servido para cosas distintas.
Más no es ese el motivo de lo que quiero informarle. Tal vez con estas
palabras mal hilvanadas y de pronto surgidas del odio que guardo desde la época
aciaga a la que voy a referirme, no hizo más que buscar en lo más recóndito del
archivo de mi cerebro lo que grabé con dolor y con espanto. El Todopoderoso me
permita narrarle los hechos tal como los presencié. Antes de que empiece a
preguntarse si estoy loco o simplemente desvarío porque soy un viejo chocho, o
se ría en mi cara o me ataje en el relato porque carecen de fundamento ante la
cruda realidad de que los actuales son acontecimientos de mayor trascendencia y
crueldad, le aseguro que pensaba lo mismo de mis abuelos y de mi padre,
comparando sus vidas con la mía.
Le repito que no recuerdo la fecha, pese a que los hechos los vivo como
si fueran una película. La mañana estaba opaca, cubierta por una capa de niebla
como anticipándose al horror que no quería ver. Siempre es la oscuridad la
cómplice de los criminales. Cuando uno va a morir nada detiene el golpe. Si la
Parca no puede darlo desde afuera, entonces lo asesta por dentro. No hay nada
más traicionero que el golpe de un infarto. No puede eludirse. Esos golpes
aleves los achacamos a un ser o una cosa invisible que llamamos destino, como
todas las cuestiones que nos salen mal. Pero cada quien se labra su destino en
la extensión, la altura y la densidad que le viene en gana. Es falso entonces
afirmar que si alguien muere en una balacera ese fue su destino. Si la esposa o
el esposo son infieles, eso fue su destino. Si la hija se prostituye, o el hijo
se torna homosexual, también fue el destino. Nada de eso es cierto. Perdone
usted que me distraiga en disquisiciones, pero cuando imaginación y recuerdo,
los entes locos que viven en mi cabeza se juntan, me resulta un problema
apartarlos. Que quede constancia que no le achaco nada al destino.
Madrugué para llegar temprano al cultivo de maíz, o mejor, al cinco por
una, que es decir que en una parcela se siembran cinco productos diferentes. La
mía era de maíz, ñame, yuca, patillas y melones. Como mi compañera se pasó la
noche con un dolor de muela no pude dormir y por eso a las cuatro de la mañana
decidí salir de la casa. Para mi infortunio, vi lo que no debía ver y, tal vez,
ello me permitió conservar la vida al ocultarme y guardar silencio. A cierta
distancia vi el grupo numeroso de personas y no obstante la oscuridad, concluí,
apoyado en las versiones que llegaban a mi pueblo, que se trataba de una comisión
de la popol. Conservador de hacha y machete, estaba enterado de que en Pueblo
Bujo esperaban al comandante de la patrulla que no era otro que El Charro. Los
policías a un lado, muy cerca de donde estaba escondido, discutían en voz baja
sobre el tratamiento que se les daría a los cerca de sesenta detenidos.
Mientras El Charro aconsejaba dejar vivos a los que decían ser conservadores,
un policía de pequeña estatura, el más bajo de todos, de acento interiorano,
recalcaba la necesidad de darles muerte y no dejar testigos, así fueran
militantes del partido de gobierno. Los chulavitas lo apoyaron y los cuatro o
cinco policías costeños perdieron en la solución. Los detenidos, y conocía a
muchos de ellos, eran hombres de trabajo en el campo. Liberales o conservadores,
eran hombres mansos, sanos, buenos amigos, trabajadores incansables y no podía
achacárseles el pertenecer a las chusmas. Además, la región, desde Pueblo Bujo,
Popayán y El Tomate, hasta San Juan de Urabá, había permanecido al margen de
los hechos violentos y de los enfrentamientos con la fuerza pública. Viajaban
cabizbajos, tristes, rumiando en silencio sus pensamientos. Imagino, porque
habría hecho lo mismo, que pensaban en sus esposas, sus hijos y nietos, sus
padres, hermanos y amigos. Sobre todo, en sus hijos que quedarían abandonados
quién sabe hasta cuándo si contaban con la suerte de salir vivos o huérfanos si
morían, lo que parecía era lo que esperaban. Varios reflejaban en sus rostros
la fatiga por el largo viaje a pie y cuesta arriba por la Bola de Hilo, además
de que las preocupaciones son una carga más pesada que los objetos materiales.
Un trayecto igual lo habrían enmarcado con la trillada frase de que habían
recorrido lo correspondiente a “un
tabaco” si hubiera sido en condiciones normales, pero ahora, y tenían
conciencia de la gravedad del momento, no habría sido suficiente un atado de
tabacos. Si para mí los escasos treinta minutos de la horripilante escena me
parecieron un siglo, y apenas tenía el temor de que se escucharan los latidos
acelerados de mi corazón que no encontraba cómo asordarlos y semejaban el golpe
de dedos y palmares dados por un músico sobre el cuero de un tambor en una
noche de fandango, no alcanzo a imaginarme el de ellos que estaban en medio de
la escena.
El Charro, que comandaba la patrulla, miraba de un lado a otro como
buscando refugio para su propio miedo o dónde dejar por unos momentos los
remordimientos de su conciencia. Todo
avanzaba con inusitada rapidez. No hacía mucho que había dispuesto un alto para
descansar en mitad de la meseta que corona a la montaña La Bola de Hilo y se
reunió con sus hombres para deliberar sobre la situación de los detenidos. No
llegaron hasta mí los temas porque hablaban en susurros, como para que los
presos no escucharan, pero lo que vino después me hace pensar que entre El
Charro y unos cuatro policías costeños, no alcanzaron a convencer a los
chulavitas, por naturaleza ávidos de sangre y de muerte, tal vez porque su
misión no era la compasión ni el perdón ni el olvido. Si los llevaban presos y
ya no cabían más en El Manguito, lo aconsejable era darles muerte, así fueran
del partido que fuera. Los habían detenido, incluso a los que alegaban que eran
conservadores, y así lo habían hecho en tantas ocasiones, que no había en El
Manguito lugar en donde introducir tanto calumniado. No habían enfrentado a
ninguna chusma, los campesinos corrían bien lejos de los lugares por donde
ellos pasarían. No los habían enviado a
dialogar si no a matar y ya era tiempo suficiente para empezar con todo rigor a
cumplir el cometido de sus superiores.
A uno por uno se les interrogó sobre filiación política, y separados en
dos grupos, uno de liberales y el otro de conservadores. En los rostros de los
conservadores hubo una variación en la que parecían dar gracias a Dios por
dejarlos a un lado de lo que sabían terminaría en muerte. Pero la sorpresa fue
grande para ellos y para mí. El primero de los asesinados fue un señor de
apellido Monzón, conservador, seguido por uno de los hermanos Benítez,
liberales. Los colocaban a la orilla del precipicio y el policía enano
enarbolaba un machete, tiraba el tajo y no fallaba. La cabeza caía a un lado y
el cuerpo en otro. Los chulavitas, a patadas, lanzaban las dos partes al
precipicio. No sé cómo lancé un grito de dolor, pero hacia dentro. El que ni
siquiera hubieran mirado para el lugar de mi escondite me dijo que grité, pero
dentro de mi cerebro. Y la secuencia siguió, igual, sin cambios, con un mismo
propósito, un mismo asesino y sólo cambiaba la víctima escogida. ¿Cuántos? No
encuentro en mi cerebro el número de víctimas. Cuando todo cesó, lo sentí más
que verlo, porque en la meseta únicamente quedaban los policías y yo, en mi
escondite. Como si nada hubiera pasado, se encaminaron rumbo a Pueblo Bujo, a
paso lento. Para el principal asesino no hubo reconocimientos, ni aplausos ni
nada.
Salí de mi letargo y decidí adelantarme para que no supieran que yo
había visto todo. Vi a…. hijo del jefe conservador de Pueblo Bujo, a cuya
residencia se presentarían al llegar al pueblo, y de nuevo me escondí para
saber qué pasaría. Y pasó. El Charro lo llamó y le hizo una pregunta que por la
distancia no escuché. El muchacho, por prevalerse de su condición y enterado de
que la popol llegaba al pueblo por solicitud de su padre, se mostró altanero. Y
dos policías lo agarraron, el Charro sacó el sable y le dio sablazos hasta cansarse.
Lo miró. Ordenó soltarlo y lo dejó allí tirado sobre matas de maíz y siguieron
el camino. El Muchacho, tal vez por su juventud, resistió el aleve y enfurecido
ultraje, se puso de pie con muchas dificultades y lentamente primero y a
moderado trote después, tomó otro atajo y se fue a su casa. Lo seguí de cerca y
llegamos juntos. Se metió a su casa sangrando y desde la cerca de corral en
donde metían una vaca para ordeñar todas las mañanas, seguí observando. El
Charro, seguido ahora por gentes del pueblo, fue a la casa del jefe conservador
y el viejo abrió la puerta para esperarlo. Al asomarse, vio venir el hacha y el
viejo gritó y se metió en la trayectoria y el muchacho se contentó con dejarla
caer, pero sobre el hombro izquierdo del comandante policial, que cayó al piso.
¿Qué paso después? Lo ignoro. Me fui a mi casa, le di instrucciones a mi mujer
y partí inmediatamente para un pueblo cercano. Las noticias que llegaron del
sitio indicaban que la culpa se le achacó a la chusma, hablaron de combates
cuerpo a cuerpo y otras mentiras y los asesinos calificados como valerosos
defensores del gobierno. Desde entonces, amigo mío, no creo ni en mí mismo”.
Después de escuchar este testimonio, juzgué que el chulavita asesino,
el de corta estatura, era el mismo del que me habló el guía de la patrulla,
José Toscano que, al empezar a desaparecer la claridad del día, escogía a uno
de los presos, lo maniataba y se lo llevaba a un lugar apartado, de donde sólo
él regresaba, salpicado de rojo y el machete sangrando. Una de esas tardes, me
aseguraba Toscano, se llevó a un negro que habían apresado en su sementera en
cercanías de San Juan de Urabá y cuando regresó, con tres heridas de machete,
destacaba que el negro había sido muy valiente. Que al tirarle el primer
machetazo metió la mano izquierda la que cercenó por la fuerza del tajo y que
el negro comenzó a defenderse con ella y pudo agarrarlo con la otra y le quitó
el machete y le dio con él. Y agregó que se había salvado, porque en la lucha
el negro había perdido mucha sangre y cayó debilitado, volviéndolo, de la
rabia, picadillo en el piso”.
— ¡Mierda, mano! Esas deben ser las mismas vainas que cuentan los de
Mojón Rodao, la parte nueva, habitada por muchos que salieron del monte
huyéndole a la violencia. Esta jodía como que es vieja. Yo creía que la
violencia era de ahora. ¡No joda! masculla con rabia el más joven.
—Es
posible que sean las mismas, pero también pueden ser otras porque ese drama se
vivió por todas partes. Son historias que todos quieren olvidar, especialmente
por quienes viven desde una grada por encima de los más pobres, pero es la
verdad de una época llena de oprobios. Unos y otros sacaron de lo profundo de
sus almas los instintos de fiera y en nombre de colores partidistas se mataron
hasta los amigos y los familiares.
—Compadre,
cuando nos reuníamos en la estación de gasolina de José Miguel Villadiego, en
varias ocasiones le escuché a usted, a Pedro Salas y a otros más de la patota,
historias sobre la época de la violencia. Por eso hice el intento de recuperar
el cuaderno convencido como estaba de su capital importancia. Es una lástima
que el viejo lo hubiera quemado.
—Tal
vez fue mejor así, que esas informaciones se convirtieran en cenizas. Hay
ocasiones en que no comprendemos los caprichos de esa extraña condición que
calificamos como destino y quién sabe si al publicar el cuaderno se hubieran
originado reacciones. Es que fueron tantos los comprometidos de una u otra
manera, de uno u otro partido, de una u otra clase social, que tal vez por eso
se mantiene un silencio total, como si esos años hubieran transcurrido dentro de
la mayor tranquilidad.
—Es
previsible, venerable prostático, que se produzcan reacciones porque la gente
vive puliéndose y cuando les cae una pelusa imitan al que se peinaba frente al
espejo y como no le salía perfecta la línea dentro de la melena, la emprendió a
patadas contra el mueble, haciendo añicos la luna. Hay cosas que no pueden
ocultarse eternamente mientras la sin hueso siga moviéndose. Por aquí por los
lados del cerro viven individuos que se quejan y se la pasan en remembranzas de
los tiempos en que buscaban la raicilla en las selvas del Urabá o por acá por
las de Urrá y viven alabándolas. El encanto se acabó para ellos el día que
llegaron los pintaos, y ustedes saben lo fácil que es vestirse con los
uniformes oficiales y por eso no se supo quiénes fueron, y les repartieron
plomo sin discriminación y sin descanso y para no dejar el cuero tirado en el
monte y se lo comiera compae gallinazo y comadre laura con sus hijitos, se
vinieron a la ciudad a pasar más filo que cuchillo de zapatero. Los pobrecitos
como no saben sino sembrar la tierra no pueden trabajar, porque aquí ¿a qué
puta tierra le van a meter el diente? A nada hermanos. La única tierra que aquí
está libre es la que levantan los carros y esa se le mete a uno en los ojos. ¿Y
cómo sembrar en un ojo? ¡Pobrecitos! Da tristeza verlos cómo aguantan hambre y
en el centro del pueblo unos abortos de la naturaleza aseguran que hablan y
actúan en nombre de los campesinos, pero jamás han tenido entre las manos una
rula ni saben cómo se siembran los productos. ¡Culos de vivos, ah! Son los
mismos que por siglos han aprovechado la desgracia de los pobres para ellos
vivir. Son peores que los goleros, porque éstos se comen lo que está muerto,
pero esos mentirosos se comen a los que están vivos. Ellos juegan con la
tristeza, la desgracia y las necesidades de los demás. Y con qué careta dicen
que luchan por la democracia y la libertad y para que la tierra vuelva a las
manos de los que la trabajan, y a los campesinos les entregan unos papelitos y
los llevan a las calles y a las plazas para que griten, como cuando el mocho
Diego Echenique nos ponía a deletrear en voz alta la cartilla abecedario. Ellos
dicen: “Pueblo unido, jamás será vencido”,
pero el pueblo permanece humillado. “Ahí
están, esos son, los que venden la nación”, pero los que elaboran las
consignas son igualmente vendedores. Vendedores de patria, vendedores de almas,
porque ponen ante la boca de los fusiles, bajo los bastones de mando y la mira
de los detectives, a los más humildes y a los más ignorantes. “Por el derecho a la vida” y repiten
los nombres de los últimos encontrados en las alcantarillas, en las cunetas de
las carreteras o en los potreros, embalados como fardos, pero los cintillos son
de alambre de púas, con las pelotas quemadas con ácidos, las lenguas cortadas
y, de ñapa, dos o tres libras de plomo regadas por el cuerpo. Y los
manifestantes responden ingenuamente y a una voz: “¡Presente, siempre presente!”, pero qué carajo van a estar
presentes los asesinados ni qué putería van a sentir los que gritan. Se
acostumbraron, de tanto asistir a manifestaciones, desfiles y concentraciones,
a responder mecánicamente las consignas y uno, después de verlos, sale
convencido de que ellos esperan que, en los cortejos fúnebres, cuando los
encuentren masacrados, dos o tres mil personas también continúen respondiendo
presente. Es en ese momento, al llevarlos al cementerio, cuando sale el “END”
en la pantalla diciéndole a todos que esta película terminó y que esperen para
el día siguiente la proyección de otra película similar, pero con actores
diferentes. Mientras tanto, los supuestos dirigentes campesinos se reúnen en
oficinas públicas, en oficinas de ciertas organizaciones y en residencias de
terratenientes y ganaderos a recibir cheques como pago para obstaculizar las
invasiones de tierras o el robo de ganado.
—Mientras
viví aquí y usé el vocabulario que nuestro amigo califica como “chévere”,
“bacano” o “jacarandoso”, pensaba y hablaba de lo mismo. Es cierto que a este
país nuestro no se le acaba la violencia. Siempre afirmamos que la violencia de
ayer fue más grave que la actual. En mi niñez viví la llamada “época de la
violencia”, pero resulta que mi padre me aseguraba que la que él sufrió en sus
años juveniles fue peor. Pero siempre consideré la que me tocó soportar como la
más grave de todas. Hoy, mis hijos, y mañana mis nietos, se reirán de la
violencia en la que nosotros nacimos, por ser la de ellos peor. Pero la
violencia es la misma que nos legaron los “descubridores”, que nos habituaron a
matar por matar. Pero, ante todo, cada quien juzga la violencia según el dolor
que siente, pero no por la gravedad. Eso es lo que ha traído como resultado la
indiferencia general, como es un mal de muchos es el consuelo de los tontos al
no sufrir los efectos. Para concluir los cambios en nuestras actitudes, les
pongo de ejemplo el caso de los profesionales de la muerte y del valor del
soldado en batalla. Antes de la primera mitad del siglo veinte, a los costeños
se les consideraba en el resto del país como hombres dados a la molicie. Fue una
concepción amañada, cimentada sobre la base de la despreocupación del caribeño
por los asuntos militares. Era raro, rarísimo, el nativo del Caribe que se
presentaba a las escuelas militares para alcanzar el grado de oficial. Si en un
año llegaban diez, seis no terminaban el curso y de los cuatro restantes si
acaso uno se mantenía hasta el grado de Coronel. No obstante que la historia de
la gesta de emancipación registra a los hombres del Caribe como de los primeros
y que con mayor voluntad se enrolaron en los ejércitos libertadores y los
mejores en batalla, para los del resto del país el caribeño tenía que morir en
combate para demostrar que era valiente, porque todos lo consideraban un buena
vida, preparado y listo para la parranda antes que para la lucha. “Si eres costeño, eres cobarde”, se
ufanaban en gritar en los cuarteles los oficiales cachacos y por esa razón al
soldado costeño no se le enviaba al combate, se le relegaba a trabajar en el
rancho pelando papas y ayudándole a los cocineros, como choferes, como
lavadores de letrinas y cosas parecidas. En la época del general Rojas Pinilla,
los costeños estaban entre los mejores trabajadores para los jardines de las
casas fiscales en las que vivían los oficiales. Pero de un momento a otro,
nuestros paisanos pasaron del rancho, en la retaguardia, de los jardines en los
cuarteles, a la vanguardia en el combate. Y se afirma que los mejores sicarios
son nuestros hijos y nuestros nietos. ¡Qué horror!
—¡Buena esa, anciano pecueco! Lo que le afirmé al principio, aquí se
ven unas vainas que la pensadora se niega a procesar por lo absurdas y elimina
las tarjetas. Aquí todos saben quiénes son los que jalan con ganas el gatillo,
pero no en una batalla sino escudados en la sombra, protegidos por sus
compañeros de uniforme, algunos en carros oficiales, otros escondidos en el
monte, y en el monte, otros con uniformes similares a los de la supuesta fuerza
pública, con los cuales confunden al pobre trabajador del campo. El viejo
Naudín Bello González me aseguró que, en la tal época de la violencia, los
asesinos le preguntaban al campesino que encontraban en el camino en qué
partido militaba y casi siempre el coralibe pata rajada se equivocaba. Si era
liberal los asesinos salían conservadores. Si era conservador entonces los
criminales resultaban del partido liberal. Y me contaba cómo siendo un
militante furibundo, por nacimiento y por convicción, de las doctrinas del
conservatismo, la conducta peligrosa de El Charro, que se obstinó en tildarlo
de chusmero, por un lado, de El Albañil, que después de mantenerlo siete días
en El Manguito lo sentenció a morir en la noche siguiente y la oportuna
intervención del periodista que le decían La Morrocoya, quien lo reconoció
durante una visita que hizo a los “chusmeros” y ordenó su libertad, por la
otra, fueron cosas que lo hicieron maldecir a su partido y a las gentes de su
partido y se volvió liberal. Y de un momento a otro, para continuar el engaño,
los azules se colocaban brazaletes rojos y a la vis conversa. Total, el que
ponía el cuerpo a las balas era el trabajador del campo. Hoy sigue siendo lo
mismo, agregándole que todos son enemigos de todos. Hay del Estado, de los
bandidos que se califican como guerrilleros, de los narcotraficantes, de los
delincuentes comunes. Y el campesino ahí, en el medio de la mitad del centro
regando con su sangre la tierra de este dizque país consagrado a la máxima
figura. Si antes se salvaban viniéndose para las ciudades, ahora en las
ciudades corren más peligro que en los campos. Como en el caso de los indios, a
los campesinos se les quiere erradicar de este mundo, para que haya más espacio
para las vacas, porque el ganado no protesta, no hay que pagarle sueldo,
cesantías ni demás prestaciones sociales, no requiere de seguridad social, no
hay que jubilarlo. Mejor dicho, chicho, si los humanos se dejaran descuartizar
para vender la carne, los huesos y la grasa, ya los ricos estarían
alimentándonos para la exportación en canal. Aquí no vale nada que no sea
posible descuartizar. Por eso, porque no pueden exportar carne humana, se le
presentan a los tugurios con una plaqueta y en medio una estrella, lo invitan a
subirse en el mismo carro blanco y adiós luz, que te guarde el cielo, como
decía la madre de este humilde servidor de ustedes. Si aparece el invitado es
para que los demás miembros de la familia, los compañeros de trabajo, los
copartidarios o lo que sea el nexo existente, se enteren de que también están
en la lista fatídica. Si apenas se trata de taparle el culo para que no siga arrojando
mierda contra el “patrón” o contra el jefe de los vaqueros o cualquiera de las
mansas palomas que manosean la política y al gobierno de la letrina en que
nacimos, simplemente te desaparecen y nadie sabe cómo rendirle honores a tu
memoria. Una vez le escuché un cuento a Germán Pedroza, el sastre, de que, en
el cementerio de Manga en Cartagena, hay una tumba de una persona que se cayó
de un barco y los tiburones la devoraron, y la familia colocó un epitafio en la
tapa de la tumba vacía, de la tumba simbólica: “En el mar tu tumba y aquí tu
recuerdo”. A los desaparecidos de la porquería esta que hoy llamamos ciudad,
tendrán que ponerles lápidas con un epitafio que diga: “Aquí tu recuerdo,
porque el lugar de tu tumba sólo lo conocen tus asesinos”.
—Tienes razón. Alguien dijo que sin valor no hay gloria. Si esto es
verdad, y lo es porque un cobarde en fuga jamás podrá ser considerado un héroe,
este país nuestro vivirá mucho más tiempo del imaginado siendo víctima de sí
mismo, esclavo de la complacencia y el compadrazgo, sumido en el masoquismo y
arrodillado ante quienes lo tienen como blanco de sus vituperios. Hay que
aceptar, que en estos momentos y quién sabe hasta cuándo, seremos cucarachas.
Si nos ven caminando por los pasillos de la casa presidencial o encima del
altar de la iglesia Catedral, siempre seremos considerados como recién salidos
de una alcantarilla. Ahora que hablas de tumbas, ahí en el viejo cementerio,
existió la más aberrante de las tumbas de que haya tenido conocimiento. Una
fosa común en la que nuestros abuelos enterraron su propia locura y la dignidad
de un pueblo, metiendo los cuerpos de rojos y azules que se mataron por
defender “ideas políticas”. Los cuerpos de los que desaparecieron en un día que
por la transposición de términos o para esconder aún más la vergüenza se señaló
como “el treinta y uno de febrero”, es decir, un día que no existió y que lo
que se recuerda por algunos necios que no dejan diluir la historia no fue más
que una pesadilla, permanecen en un céntrico lugar de la entonces aldea y hoy
ciudad.
El hombre de mayor edad guarda silencio mientras empina la botella de
cerveza. Siente un extraño sabor que no sabe si atribuirlo al líquido o a la
bilis que se le sube al evocar algunas historias de su pueblo que le llenan de
vergüenza. Los tres hombres se quedan en actitud de espera, los dos jóvenes
saben que se trata de algo importante y cierran la mente a cualquier otro
pensamiento que no sea el del amigo que por la edad puede ser el hermano mayor
de Lobelo y padre del otro.
—En el año de 1930 – comienza a narrar el de mayor edad – uno de los partidos rompió la larga hegemonía
del otro. Como después de tantos años de mandato omnímodo el simple triunfo no
era suficiente, en esta tierra, por ejemplo, por estar los cargos en un ciento
por ciento en manos de los perdedores, ellos continuaban con sus tropelías.
Esto trajo como consecuencia que se acrecentara el odio entre ambas
militancias. Al año siguiente, conforme al calendario electoral, se realizaban
las elecciones de miembros de corporaciones públicas, oportunidad que esperaba
el ganador no solamente para ratificar sus mayorías, sino para proceder, entonces
sí, a desmontar lo que ya se conocía como “maquinaria”. La situación amenazaba
con encender de nuevo la lucha política y fratricida. El partido perdedor
buscaba no perder también el poder en esas corporaciones y, lógicamente, a
través de ello continuar apoderado de las entidades de jurisdicción y mando.
El nuevo gobierno basaba su triunfo con la innegable mayoría que poseía
en el campo. Los contrarios lo sabían. En este pueblo optaron por anunciar que
los listados de electores se habían perdido y no podían funcionar el día de
elecciones las mesas en los corregimientos, por lo cual, todos debían llegar al
poblado a cumplir con su deber. Y se adoptaron drásticas medidas para
“preservar el orden y la tranquilidad”, de manera que se decretó que los
campesinos no ingresaran a la zona de votación ni siquiera con una navaja,
mientras los del partido derrotado, pero aún con las riendas de los gobiernos
locales, ingresaban con armas de fuego. La fecha fatídica fue la del primero de
febrero de 1931. Nadie pudo explicar, y por ello imperó la impunidad para unos
y otros, cuándo, dónde, cómo, por qué y quiénes iniciaron la lucha. A las dos horas
de votación se escucharon los primeros disparos y unos y otros corrían de aquí
para allá y de allá para acá, ignorantes del criminal acto fraguado. Para esa
época los hombres creían en sus partidos, en las doctrinas de sus partidos y en
los hombres de sus partidos y se consideraba un baldón no depositar el voto por
ellos. A pesar de los sonidos fatídicos, rojos y azules continuaron
convergiendo a la zona de votación. Cuentan que un anciano de nombre Eugenio
Galarcio, general de la guerra de los mil días, en la que militó en las huestes
liberales, caminaba altivo, como si aún luciera sobre el cuerpo el uniforme y
las medallas, cuando se escuchó un disparo de escopeta. El anciano miró a lo
lejos y vio a su compadre de sacramento... Álvarez, que sin reato recargaba el
arma desde arriba de un saliente de su casa de habitación, una manera de balcón
saledizo. Volvió a apuntarle y a dispararle. Galarcio se detuvo, no tanto por
efectos del disparo sino tal vez por la sorpresa, y le grito: “Compadre, es
cierto que usted es conservador y yo soy liberal, pero dígame: ¿Por qué quiere
matarme?” y continuó el camino, con la misma tranquilidad y altivez, como si
las heridas no las hubiera recibido pero la sangre adornaba ya su pecho, en
dirección al lugar desde el cual su compadre le disparaba, porque además, era
la misma ruta hacia la zona de votación, localizada a unas cuatro cuadras. Un
tercer disparo le alcanzó en el hombro derecho. Se notó, quizás por la cercanía
del disparo, que el golpe del plomo lo conmovió, pero se repuso y mantuvo el
avance mirando directamente a los ojos de su asesino, sin miedo, sin sorpresa,
sin odio hacia quien lo estaba matando poco a poco. Reflejaba en su actitud,
según lo narraron después los testigos, la dignidad del hombre de bien, el valor
del soldado, el orgullo de morir por una ideología política por la cual luchó
con denuedo en los campos de batalla, lo que tal vez, si hubiera podido mirar
el futuro y comprobar la degradación de los partidos políticos, no hubiera
hecho. El anciano general Eugenio Galarcio llegó bajo el balcón de la casa de
su compadre y asesino, lo miró con tristeza pensando que su pariente espiritual
era presa de la locura, esperó de pie que la muerte llegara y sólo cuando el
último átomo de su espíritu voló hacia el infinito, el cuerpo se fue a tierra.
El asesino no se inquietó y ni siquiera miró de nuevo, porque su atención se
dirigía a otra potencial víctima que se encaminaba hacia el centro. No quedó en
la cara del muerto el más leve rastro ni de incredulidad, ni de dolor ni de
odio. Años más tarde el señor Álvarez fue declarado hijo benemérito del pueblo,
pero todos, incluyendo a los liberales, ignoraron e ignoran quién fue Eugenio
Galarcio. Y no obstante que el crimen rompió un vínculo sagrado, vínculo al que
todos rendían culto, como era el del compadrazgo, ni la curia protestó y, por
el contrario, admitía en el templo al victimario.
Los rojos se debatían entre el deseo de combatir y la carencia de
armas. A la mortalidad de las balas solo oponían sus débiles cuerpos
desarmados. Una mujer adinerada, Teresa O, cariñosamente llamada Teresita,
viendo cómo huían sus copartidarios por carencia de armas, abrió la puerta de
corral de su establecimiento comercial en cuyo patio guardaba miles de palos de
leña, el combustible de la época, y clamando por el valor de los hombres, con
gritos de rencor y de rabia, los invitó a tomarlos para repeler la traicionera
agresión. Tiempo después se le acusó de ser agitadora y promotora de los
sangrientos hechos y de la “rebeldía contra las autoridades legítimamente
constituidas” y se le envió a una cárcel en Medellín por una larga temporada, y
no obstante pertenecer a la élite el pueblo raso la consideró heroína, y si
desapareció del mundo de la hipocresía social y de las páginas de la historia
local, se debió a que ya anciana, su corazón cometió la osadía y el pecado
capital de enamorarse de un mozalbete que tenía menos edad que sus nietos, y
por ello fue repudiada hasta por los miembros de su familia. Por mucho tiempo
se habló en voz baja, que entre la necesidad de presentar siquiera un culpable
y evitarle a los funcionarios y a los políticos el escándalo de un
cuestionamiento penal y la actitud de la bella mujer, prefirieron sacrificarla
y por ello cargó con toda la culpa. Pero la bella Teresita O. no fue a la zona
de votación, se quedó en su casa luciendo el fino vestuario rojo que había
escogido para el día y ni siquiera votó por el peligro que representaba
hacerlo.
Un largo verano se abatió sobre la región y para la fecha, los techos
pajizos estaban resecos. Al producirse la primera llama, el fuego se extendió y
numerosas casas reducidas a cenizas. Posiblemente las llamas que amenazaban
acabar con la población detuvieron la furia encarnizada de los hombres. En
mitad del tumulto, de las trompadas, de las luchas cuerpo a cuerpo, de los
disparos, de las carreras huyéndole al peligro, pocos notaron que, desde una
residencia en la segunda carrera, arrastraban los cuerpos de los que caían,
cazados por un grupo de jóvenes que, a nombre de las ideologías azules, tiraban
a mansalva y sobre seguro contra los que transitaban por el céntrico sector. En
medio de una francachela en la que cada uno alardeaba de la puntería o del número
de “mochorocos” cazados, francachela que las autoridades prohijaron, se pasaron
la noche cavando una fosa en donde metieron a los que aparecieron, por primera
vez en la historia del poblado, como “desaparecidos” y fueron las mismas
autoridades las que se atrevieron a afirmar que esos desaparecidos “fueron unos
cobardes que al escuchar el primer disparo salieron huyendo del pueblo”. Medio
siglo más tarde, la casona sigue allí, resistiéndose al progreso, a la espera
que cuando salga a flote la realidad, se pueda aseverar que se trata de un
cementerio indígena. Los demás, rojos y azules que murieron esa fecha, sin
contarlos ni identificarlos, fueron arrojados a la fosa común que estaba a la
entrada del cementerio. Cuando se entraba lo primero que se encontraba era un
lote enmalezado, lleno de basuras, de tablillas en confuso montón, en el que
los deudos arrojaban coronas el día de difuntos. Pero el paso del tiempo trae
el olvido. Los hijos se olvidan de los padres, los nietos de los abuelos y al
ordenarse el cierre del camposanto muy pocos guardaban remembranza de los acontecimientos
ni de la fosa y no se volvieron a levantar cercados ni a lanzar coronas ni a
prender veladoras ni a rezar responsos. El olvido sepultó más hondo aún a las
víctimas, a los recuerdos, a la historia de un día que jamás existió: el
treinta y uno de febrero. Y eso es parte de la respuesta de lo que me
preguntaste cuando estábamos en el parque, frente a los llamados “palacios”. El
tiempo siguió la marcha y los odios, los rencores, los llantos, los lutos y los
recuerdos quedaron atrás. Lejos del pensamiento, de la razón y de la realidad.
La consigna de la policía
política al ser creada fue impuesta desde Bogotá por altos funcionarios del
gobierno, que a su vez la entregaron a gobernadores y alcaldes de reconocida
beligerancia, caracterizados por sus actitudes violentas, para que la manejaran
en sus jurisdicciones y así eludir responsabilidades. El objetivo principal fue
disminuir la mayoría del liberalismo, bien sacrificando a sus parciales a
sangre y fuego, conforme a lineamientos trazados por el Ministro de Gobierno,
José Antonio Montalvo, o presionándolos para que se cambiaran a conservadores.
En este lugar convencieron a la fuerza a muchos, como un señor Torrente, que
ningún nexo tenía con los señalados atrás, propietario de una tienda, y al hijo
de un jefe liberal de una región río arriba, que vendió sus ideales partidistas
por una inspección de policía. El cambio de partido de este individuo trajo a
María de los Ángeles Barrera, propietaria también de una tienda, la cual se
vestía de rojo de pies a cabeza, se paraba en la puerta de la tienda y en voz
alta peroraba sus ideales partidistas.
Al ver a quien creía una víctima del partido gobernante, le pidió que
hiciera algo para expulsar a la policía y a cambio fue conducida en calidad de
detenida al Manguito, en donde quizás por sus atributos de belleza, fue
desnudada y obligada a trotar a punta de sablazos ante detenidos y policías. De
allí salió casi muerta luego de tres días de vejámenes y nunca, jamás recuperó
sus facultades, pero eso sí, no dejó de pregonar su liberalismo.
Historias perdidas
e Historias escondidas.
Da vueltas de uno a otro lado sobre el
mullido colchón de la cama del hotel, en un vano intento de encontrar acomodo y
conciliar el sueño. En su primera salida del poblado hacia otros horizontes,
tampoco pudo dormir por extrañar la hamaca de cepa de plátano en la que
reposaba por las noches luego de duras y por tanto agotadoras jornadas de
trabajo y su cuerpo parecía rechazar el colchón. Después se acostumbró en su
trasegar por el territorio nacional a dormir sobre cualquier cosa que lo
elevara siquiera unos centímetros del suelo. Aprieta los párpados y se hace
daño. Se siente a veces en suspenso, ni dormido ni despierto, y como si allá
dentro, en lo más recóndito de su cerebro.se hubiera abierto una esclusa en la
represa de sus vivencias, que brotan atropellándose mutuamente, sin concierto,
confundiéndose las más recientes con las más antiguas. En momentos como éste se
pasa horas, días y hasta semanas enteras en la búsqueda del curso regular y por
tanto entendible de sus pensamientos y sus recuerdos. Sintió el primer ramalazo
de persistencia en uno de los momentos en que dialogaba con sus dos amigos en
el kiosco junto al Camajón. Ahora debe canalizar recuerdos y pensamientos para
que afloren en orden, adecuadamente. En el período de la niñez, lo que pudo
comprobar con creces en la juventud, demostró que poseía una mente fotográfica.
Así, con mirar un grupo de letras y preguntar qué decía, aprendió a leer por sí
mismo desconociendo el nombre individual de cada letra de la palabra que tenía
al frente.
Los años no pasan en vano. Notó que las
sensaciones las archivaba, pero le resultaba fácil evocar los tiempos de la
niñez como si se tratara de la proyección de una película, mientras que no localizaba,
pese a los esfuerzos, el dato de una ocurrencia cuyo tiempo no era mayor de una
hora antes. A ello se sumaba la evacuación desordenada de los recuerdos que le
creaban una confusión total. Si persistía la confusión, el desorden, se
dedicaba a trabajos físicos para desentenderse del problema hasta que retornara
la normalidad.
Una de esas prácticas es
retrotraerse mentalmente en el tiempo para hilvanar los recuerdos en orden, uno
tras otro, como si repasara las páginas de un libro leído hasta llegar al punto
deseado. Se aferró al recuerdo más antiguo como el del día de su bautismo, y
repitió la escena de un coche tirado a caballos al que lo subieron unos
padrinos y la solicitud de un joven larguirucho con un lunar piloso en una de
sus mejillas, que caminaba gracias a dos muletas de madera, al que los
asistentes le dijeron que sería la “madrina de puerta”. Años adelante se enteró
que se trataba de un primo lejano de nombre Calixto Giordanengo, hijo natural
de uno de los italianos que amasó una fortuna en estas tierras, fortuna que
desapareció como por encanto de las manos de los que en razón de las medidas
económicas del gobierno cuando la segunda guerra mundial, fueron designados
secretamente por varios extranjeros en custodios temporales de los bienes que no deseaban ver confiscados por el
gobierno, pero ello no hizo más que facilitar el robo descarado por esos “amigos” la mayoría
extraídos del mundo de la pobreza
en que habían vivido. Ese detalle se encadenó al momento en que llevaron a su
hermano Jorge a una ceremonia igual. Conoció allí al primer sacerdote negro,
mientras que la primera monja negra la vio unos cuarenta años más tarde. El
sacerdote negro era de apellido Gómez y en la sotana se dibujaba claramente la
cacha de un revólver que llevaba en la pretina permanentemente. Al preguntar
qué nombre se impondría al niño y saber que sería Jorge Eliécer, explotó con un
grito que debió escucharse varias cuadras a la redonda. Maldijo a quien había sugerido
ese nombre e insultó a los padrinos por faltar al respeto al sagrado templo de
Dios, porque Jorge Eliécer era un nombre que ni siquiera debía imponérseles a
los perros. Faltó poco para que revólver en mano las emprendiera a patadas
contra los asistentes a la ceremonia. Finalmente aceptó que se le llamara Jorge
Enrique. Años
más tarde entendió la actitud del sacerdote negro, que no era distinta a la de
casi todo el clero, que tomó parte en la lucha partidista que ensangrentaba al
país uniéndose a una de las dos partes comprometidas en el conflicto. Hacía muy
poco que las “fuerzas oscuras”, suficientemente conocidas, asesinaron al jefe
del otro partido, Jorge Eliécer Gaitán Ayala. Los sacerdotes no se detuvieron
en el análisis de lo que constituía involucrar a Dios como protector de una
parte del pueblo contra la otra, y fomentar la violencia.
Pero el sectarismo del cura negro fue mucho
más allá. Cuando presidía procesiones, cambiaba el recorrido normal para
dirigir a los feligreses hacia el templo levantado por evangélicos y al llegar
al sitio ordenaba arrojar piedras contra la casa de Satanás o “casa de
perdición”, pero jamás llevó los desfiles hacia la zona de tolerancia en donde
estaban enclavados los prostíbulos y en los que él permanecía, en paños
menores, varios días de farra. Nunca se definió si el párroco Máximo Mercado
había tolerado o no había podido controlar los desmanes de su subalterno.
Tampoco logró el padre Mercado romper con una
costumbre de verdadera discriminación social dentro del templo católico llamado
“Casa de Dios”. Recordaba que fue víctima de los excesos físicos y verbales del
padre Gómez, negro como él, que al verle sentado en una de las primeras bancas
y frente al altar mayor, le agarró por una oreja lo maldijo, lo trató de basura,
de podredumbre y preguntándole que, si no sabía que estaba prohibido a los de
mala clase sentarse en las bancas de los de la sociedad, le tiró contra el piso
para que no olvidara que esas bancas no podían ensuciarse con las ropas
podridas de los engendros del mal. La costumbre de entonces otorgaba el
privilegio a los ricos del pueblo de donar bancas para el templo, pero
solamente para uso del donante y su familia. Estaban en el centro de la nave y
en el respaldo se anotaban los apellidos de cada familia, como los Méndez,
Lemaitre, Gómez, Mendoza, Lacharme, Kerguelén, Dereix, Cabrales, Pineda, Berrocal,
etc. etc., aun cuando los etcéteras eran escasos porque en cada pueblo los
ricos son muy pocos. Ser rico es una condición, mejor, un privilegio que Dios
otorga a muy pocos seres humanos.
Hilvanando recuerdos religiosos vino a su
presente la experiencia infantil en la que acompañaba diariamente a la abuela
paterna al caserón llamado mercado que estaba a la orilla del río al lado de
una bonga centenaria, talada por un alcalde atrabiliario e inconsciente. Hasta
ahí llegaban las monjitas conocidas como Hermanas de la Caridad a reclutarlos
para que asistieran al convento, localizado en la esquina del parque y
enseñarles las oraciones apropiadas y habilitarlos para realizar la primera
comunión, ofreciéndoles a los que más rápido aprendieran, un confite. O sólo
tenían uno o eran injustas con los demás, por cuanto en cada visita al convento
recibía el premio María Hernández, hija de Manuela Berrio, mientras que, al
Lole, al loco Villa, a José, el nieto de la china Garcés, al mono Llanos, hijo
de Lucila Plazas, y los hermanos Ayala, nos dejaban esperando y conjuntamente,
después de consultarlo con Andrés Carrascal, a quien llamaban Chicharrón con
Pelo, decidimos no volver para no seguir siendo engañados.
Sin embargo, al llegar la denominada Santa
Misión con el embeleco de vender dizque pedacitos de la cruz en que fue colgado
Jesús, lo que venían haciendo a lo largo y ancho de los países de habla hispana
y las largas colas para adquirirlos, le hicieron pensar que al hijo de Dios no
lo habían crucificado en dos listones de madera sino en dos árboles de un
kilómetro de diámetro y cuatro o cinco kilómetros de largo, como para que
produjeran tantos pedacitos. Con esa misión vino una mujer linda entre las
lindas, que quién sabe por qué abrazó la vida conventual y adoptó el nombre de
Sor Josefina y con una voz maravillosa era la encargada de emitir todas las
mañanas un programa de catecismo. Llegaba a la emisora cuyo nombre era el del
río que pasa por el pueblo, se encerraba en la discoteca, buscaba el disco en
donde Gilberto Urquiza canta el poema Bodas Negra del poeta Julio Flórez y lo
escuchaba incansablemente por más de media hora. A ello se unía la magnanimidad
del sacerdote y párroco Máximo Mercado y las jocosidades del padre Quijano.
Entre los tres cambiaron en algo su concepción de la iglesia católica, porque
fueron diferentes y no cayeron en el absurdo ni en la prepotencia, no imitaron
a un López Umaña, no repitieron los abusos del negro Gómez y de otros
religiosos cuyas “hazañas” llegaban por el correo clandestino, como las de
Monseñor Miguel Ángel Builes, tildado “el moderno azote de Dios” para los que
no compartían sus afectos partidistas. Muchas cosas alcanzó a leer en las
cuatro páginas del periódico La Verdad, del que llegaba al pueblo un solo
ejemplar y él estaba encargado de llevarlo y recogerlo entre los lectores
clandestinos. Para leerlo se ocultaba en los rastrojos y por ello se enteraba
de cosas como las masacres de Sangre Negra, el Capitán Venganza, Tiro Fijo,
Efraín González, Chispas, Charro Negro y muchos otros que bañaban de sangre el
suelo de la patria a nombre de los dos partidos. Los nombres de los líderes y
las circunstancias en que eran asesinados, los enfrentamientos de la chusma con
la popol, el fatídico concierto de pitos y de plomo en los salones del
Capitolio Nacional, los grandes negociados de la clase dirigente liderados por
los hijos de los presidentes, y otra serie de hechos que no aparecían en las
páginas de los grandes rotativos.
Sor Josefina se hizo popular entre los pobres
del pueblo por sus bondades, por su sonrisa, por su mirada compasiva o plena de
alegría, por la entrega de ayudas a los más necesitados. La Santa Misión siguió
su ruta comercializando los pedazos de madera “santos” pero ella se quedó con
inmensa satisfacción de los pobres del lugar.
El padre Quijano, por su parte y
contrariamente a las actuaciones desmedidas del negro Gómez, hacía que brotara
de las gargantas de los demás la risa franca.
Fue el vendedor estrella del periódico El Catolicismo, un voceador que
introdujo todas las variaciones posibles, que salía de la Casa Parroquial con
un paquete de periódicos y regresaba con más dinero del que representaban.
Pocos dejaban de comprar, porque si la excusa era que el dinero no le
alcanzaba, entonces él preguntaba cuánto tenía y conforme a la suma le
entregaba desde un periódico entero, una página, media página y hasta un cuarto
de la misma, pero por falta de dinero no dejaba de vender. Muchas veces se le
vio entregándole a alguien un periódico entero sin recibir nada a cambio.
Andaba de un lugar a otro encaramado en una vieja bicicleta Bianchi Milano y
cuando los muchachos le gritaban al paso: ¡Arriba padre, que va ganando!,
respondía: “Gracias hijo, dile a tu mamá que me espere en la meta con el
premio”. Así, luego de cumplir con las tareas religiosas, se la pasaba el padre
Quijano, alegre, extrovertido, dicharachero, mamador de gallo. Tal vez por ello
en el pueblo se le recuerda con agrado y pocos, muy pocos, están enterados que
hubo un cura negro de apellido Gómez.
Al evocar cómo aprendió a leer sin conocer
las letras, vino al momento la imagen de doña Julia Hoyos, una educadora que le
guardó una consideración sui géneris patentizada en un odio cerval que se
manifestó uno o dos minutos después de ser matriculado y su padre no habría
llegado a la esquina ni él pronunciado una palabra y ella lo castigó
arrodillándole en la puerta de entrada, donde los que pasaban se burlaban de
él. Siempre que lo miraba trataba de achicarlo, considerándolo como a un vil
gusano. Al recordar el nombre de la maestra, mecánicamente dirigía una mano a
las rodillas para sacudirse los granos de arena que lo atormentaron
introduciéndoseles en la piel. Cierto que habían transcurrido muchos años, pero
la sensación persistía. Durante el año lectivo pasó más tiempo arrodillado en
la puerta de la calle que sentado en el salón de clases, y era el momento en
que se preguntaba si acaso no hubo exceso de la maestra en los castigos,
cualquiera que hubiera sido la falta cometida. Lo odiaba y no sabía por qué, al
considerar que las faltas no fueron más que pilatunas. Lo convirtió en el
adorno de la puerta principal de la escuela y allí, prácticamente, pasó casi todo
el tiempo. El loco Espejo, Naide, una morenita alta y fornida, y otros dos
muchachos cuyos nombres se le perdieron en la memoria, le jugaban trastadas a
la maestra Julia. Fue Naide, a la que todos llamaban Nadie, la que enardeció el
salón y volvió añicos la rígida delimitación entre los blancos y ricos a la
derecha y los negros y pobres, que son la misma cosa, a la izquierda, listos
para empacarlos y remitirlos a la última paila del infierno.
Una mañana, al salir la maestra a tomarse un
refrigerio y reposar unos momentos, Naide se alzó la falda, se quitó el moruno
y retó a las blancas, ricas y bonitas a comparar sus “cricas” para establecer
cuál la tenía más grande, confiada como estaba en que su vulva exuberante no
tendría similitudes casi ni fuera del aula. El reto se mantuvo hasta unos diez
días más tarde, cuando M., una linda muchachita de ojos verdes, hija de un
ganadero, la cual caminaba y actuaba como si fuera una monjita en misa
concelebrada, fue la primera de la diestra en salir a defender su clase social
y como si no fuera suficiente exhibir los genitales, llamó a Marquitos Rosales
para que se la acariciara, al ver que la retadora recibía la mano golosa de uno
de sus pobretones camaradas. Cada salida del aula de doña Julia, reanudaba como
por encanto la lucha de clases y de culos que se desató en la escuelita, hasta
llegar a palpar, besar y morder los sexos de las jóvenes y aún de las niñas,
sin discriminaciones, alternándose en un mismo sitio y una misma labor ricos y
pobres, blancos y negros, en una demostración pocas veces alcanzada de que la
desigualdad social, tan difícil de erradicar, es factible y accesible con las
intimidades al sol, sin dobleces ni gazmoñerías. Para el sexo no hay
discriminaciones, concluyó en ese entonces estando en plena niñez, cuando
conjuntamente los de la diestra y de la siniestra, los remitidos
anticipadamente al cielo y al infierno, rogaban que la maestra se quedara
dormida hasta la hora de salida.
Pero todo tiene un principio y un fin, y el
de dicho acontecimiento se encargó el loco Espejo de finiquitarlo cuando no
contento con meter la nariz en la panocha de Margarita, la abrazó, metió la
lengua por delante y deslizó aviesamente ano arriba su largo y negro dedo y
ella lanzó un grito de dolor. La maestra no se tragó el cuento, pero ninguno
reveló el secreto y sólo hoy, cuando la mayoría ha muerto, se atreve a recordar
esas experiencias.
No terminó el año lectivo a pesar de que
faltaba poco tiempo para ello, debido a un par de trompadas que cayeron sobre
la nariz y la boca de Carlitos Arbeláez y se destaparon las cañerías y la azul
y noble sangre de quien llamaban el turquito
Jarardina se derramó abundantemente en la calle, en los andenes vecinos dejando una estela hasta la casa del muchacho y el consecuente
escándalo y los reclamos airados de la clase alta ante doña Julia, de tan buen
corazón, que aceptaba negros maleantes en la escuelita, los que debían estar
por siempre internados en la correccional de Turbaco. Años después, en el cabaré
de Zila Romero, agresor y agredido salían uno de la sucursal bancaria en donde
trabajaba y el otro de la emisora en que peroraba sin descanso y mientras
descansaban libando cervezas bien frías y abrazados a bellas jovencitas, se carcajeaban
celebrando los hechos del pasado y cómo llegaron a vincularse mediante el
sagrado misterio del bautismo al compadrazgo.
Su padre le aplicó lo que para la época se
consideraba un castigo, al matricularlo en la escuela San Jerónimo, que
regentaba don Diego de J. Echenique, más conocido como “El Mocho Diego”,
precedido de una vieja y bien ganada fama de corrector de entuertos, a quien le
confiaban niños y jóvenes rebeldes, incluyendo a los que arrojaban de las filas
militares y que él domaba en poco tiempo. Don Diego no tuvo nada de mocho,
palabreja utilizada en la región para distinguir a quienes les amputaban en
todo o en parte un miembro. Su deficiencia física se debió a una enfermedad
infantil, quizás parálisis, que le dejó las piernas retorcidas como bagazo de
caña, que le impidió caminar como los demás. A cambio, la naturaleza le dotó de
una facultad inagotable en la masa cerebral para dominar con facilidad los
temas intelectuales y trasladarlos, entendibles, a sus discípulos, así como una
pasmosa habilidad y agilidad para desplazarse de uno a otro lugar utilizando
banquillos de madera. Igualmente se desplazaba como un experto en la bicicleta,
que apenas utilizaba para las giras al campo a estudiar sobre el terreno lo
relacionado con la fauna, la flora y la mineralogía, enmarcadas en una parte
del pensum de aquellos tiempos como Ciencias Naturales. Quien no visitaba sino
esporádicamente, tal vez dos veces al año, la zona rural del poblado, sabía más
de flores, de plantas medicinales, ornamentales, de árboles utilizables, de
mariposas, abejas, avispas, hormigas, piedras, tierra, etc., que los que
prácticamente se la pasaban por esos lares en función de entretenimiento o
trabajo.
Los alumnos discutían alrededor de la tesis
de que, si la enfermedad no le hubiera afectado, habría sido lento para
movilizarse, ante el fenómeno de que la naturaleza desarrolla en otros sitios
lo que cercena en un cuerpo. Don Diego tomaba una banca tras otra colocándole
una nalga y fueron incontables quienes al pensar que en esa forma podrían
burlarlo y escapársele, se sorprendían en la carrera al mirar atrás y encontrar
que el viejo estaba ahí, a su lado. No obstante, el castigo jamás excedió la
falta. Paladín del sistema “La letra con sangre entra”, mantuvo en el escritorio
tres elementos para sancionar. Una regla de veinte centímetros que utilizaba a
la hora de examinar el aseo personal. Al encontrar sucias las uñas de las manos,
golpeaba con la regla los nudillos y la hilaridad en el salón se hacía
presente. El segundo consistía en una regla gruesa y larga en uno de cuyos
extremos estaban grabadas las letras “D” y “M”. Antes del castigo, pedía al
alumno que en voz alta repitiera las letras y luego señalaba que era el mismo
afectado quien pedía que le dieran y golpeaba los palmares. El tercer elemento
consistía en una pequeña barra de caucho duro que se usaba para borrar. La
lanzaba con tanta rapidez que cuando el alumno trataba de evitarla ya había
sido golpeado en la frente. La treta le daba resultados al mantener la atención
de los estudiantes en el tema. Nunca se equivocaba ni en el tiro ni en el
escogido como blanco, porque parecía tener ojos por todos lados.
El viejo, en el trato común y corriente, no
solo con los padres o los amigos, sino con los mismos alumnos, era diferente.
Respetuoso, amable, comedido, con una rara inteligencia para leer libros,
analizarlos, asimilarlos y retransmitirlos adecuadamente a sus discípulos que,
por la manera fácil y entendible, parecía el autor de la obra.
Un día cualquiera y sin que él lo hubiera
solicitado, cansado de rogar a las autoridades locales auxilios para mantener
la escuelita en donde solamente estudiaban los hijos de la gleba, llegaron tres
enormes cajas que contenían textos escolares para bachillerato y allí solamente
había un estudiante en primer año de secundaria, Adalberto Arrieta. La remesa
provenía directamente de la Presidencia de la República, en esos momentos en
manos del doctor Mariano Ospina Pérez, y don Diego fue incapaz de contener las
lágrimas de la emoción y en medio del llanto agradeció a Dios el presente
recibido y pidió bendiciones para el Presidente, diciendo que de esta manera el
hombre más importante de su partido se había acordado del más humilde de sus
militantes. Los textos sirvieron mucho. El maestro los leía por las noches a la
luz de mechones y al día siguiente, como un docto en los temas en ellos
tratados, los trasladaba a los alumnos que los asimilaron desde el grupito de
ocho o diez párvulos hasta Adalberto Arrieta. ¿Cómo? Todos los cursos se agrupaban
en un solo salón y en el recinto se escuchaba hasta el vuelo de una mosca,
todos pendientes de la clase, aprovechaban la ocasión. Visitadores del Ministerio de Educación se
sorprendían al revisar las listas y encontrar que las preguntas dirigidas a los
de último año de primaria las contestaban niños de primero o segundo y daban
explicaciones a veces no pedidas. Claro que no todos ejercían sus capacidades.
Uno de apellido Corcho y otro, el flaco Pitalúa, fueron paradigmas del
“cerramiento de mollera”; como a un coco, no había forma de meterles los temas
sin correr el riesgo de reventar la corteza.
No obstante, el país rodaba hacia el abismo y
la modesta escuelita San Jerónimo de Diego de J. Echenique no podía evitarlo.
Por mucha convivencia que en ella se pregonara, se exigiera y se practicara, en
otros lados otros actores obraban diferente. La llamada Seguridad Nacional
desplazó al poblado a dos de sus miembros, uno nativo de Ciénaga de Oro que
gozaba de mucha popularidad entre la juventud al que llamaban “Mandarria” y un
ciudadano del interior del país de apellido Betancourt. Éste alquiló un
apartamento al frente de la escuela y a los pocos días consideró que le
perturbaba su tranquilidad, pese a que el pequeño establecimiento se distinguía
por la moderación. No se escuchaban gritos, las clases se desarrollaban en tono
normal, La escuela podía competir en silencio con un convento. No logró cerrar
ni quitar del sitio a la escuela que tenía varios años de funcionar allí y
recurrió a la calumnia. Acusó al maestro de inculcar a los alumnos ideas y
doctrinas comunistas, al tratarse temas como libertad individual y colectiva,
democracia, derechos humanos, derechos y deberes constitucionales, rechazo a la
violencia, practicar los pormenores de unas elecciones populares, etc. Tampoco
fue cerrada la escuela, porque para desgracia del acusador, el maestro militaba
en su mismo partido político. Optó entonces por obstaculizar la labor académica
y adquirió un enorme aparato de radio que parecía no caber en el pequeño
apartamento y lo colocaba en la puerta de la calle al máximo volumen,
desestabilizando la tranquilidad varias cuadras a la redonda. Gracias a esas
arbitrariedades del detective, que el maestro no denunció quizás por temor, se
enteraron los alumnos en el momento en que estaban en fila para entrar al salón
de clases que, a la una de la tarde, acababan de asesinar en una calle de
Bogotá al doctor Jorge Eliécer Gaitán Ayala.
El maestro aceleró el llamado a lista y al
comprobar que estaban todos los educandos, informó sobre la gravedad del hecho,
la importancia y el valor de un hombre como el asesinado y las consecuencias
que ello traería para el país, por lo que no ordenaba, sino que rogaba que cada
uno volviese de inmediato a su hogar ya que el peligro era latente. Si las
órdenes del viejo maestro se cumplían a rajatabla, en esta ocasión el eco de
los disparos provenientes de los lados del mercado y de la avenida del río
fueron un impulso para comprender la situación y todos a las volandas se
precipitaron a sus hogares, mientras que el ruido asesino parecía venir de las
nubes para abatirse sobre quienes corrían despavoridos.
Sentía complacencia profunda cuando escuchaba
el nombre del líder asesinado. Este había visitado el pueblo unos meses antes,
en lo que tal vez fue su última visita a la región Caribe. Al saber en dónde se
alojaba, que era la residencia del médico Julio Baquero, recogió varias plantas
que en ese entonces crecían en los jardines a ras de piso y que arrojaban
diariamente florecillas de cuatro pétalos y de un rojo encendido, formó un ramo
y se fue al lugar, en donde se introdujo metido en la fila entre su abuela
materna y María de los Ángeles Barrera, su tía abuela. Se plantó frente al
dirigente político, que sentado en una silla al final de la escalera, lo miró
detenidamente. De pronto le dirigió la palabra preguntándole que hacía allí y
le entregó en respuesta el ramo de flores. Gaitán le preguntó cómo se llamaban
esas flores y él le respondió con orgullo: Sonrisa de Gaitán. El indio lo miró
silenciosamente, le tomó la mano y le dio un abrazo y lo invitó a entrar,
porque allí no se permitían niños. Poco tiempo después, escuchó los comentarios
en voz baja de los adultos, en los que mostraban su intranquilidad porque el
periodista llamado La Morrocoya, no se escondía para afirmar que Gaitán sería
asesinado en pocos días.
Luego del asesinato, en la bocina del Teatro
Variedades y en el Club Fadul, ambos frente al río y a pocos pasos de la vieja
plaza de mercado, repetían un disco que decía:
“Ya
se cayó el arbolito
Donde
dormía el pavo real
Ahora
dormirá en el suelo
Ahora
dormirá en el suelo
Como cualquier animal.
Dicen
que soy hombre malo
Malo
y mal acostumbrado
Porque
me comí un durazno
Porque
me comí un durazno
De corazón colorado”.
A gritos, algunos remedaban la letra de la
canción y decían: “Ahora vivirá en el suelo como cualquier liberal”.
No obstante la edad, comprendió que el
problema político era insoluble. Su abuela paterna se sentía orgullosa y así lo
pregonaba, incluso y preferentemente, cuando estaba cerca de un miembro de la
popol, de ser liberal y gaitanista. Su abuela materna no hacía alardes de
política, pero se le señalaba como una de las que alojaba en su residencia a un
asesino del bajo Sinú de apellido Ariza que, al margen de la policía, por
cuenta propia, dedicó su vida a sembrar el terror y a liquidar mochorocos,
mientras que el resto de la familia se preciaba de militar en el conservatismo.
Las dos abuelas evitaban ponerse frente a frente.
Muchos le negaban sus recuerdos y aseguraban
que no hacía más que repetir lo que oía a sus mayores. Por ello optó por el
silencio y durante decenios se marginó de cualquier charla al respecto. Pero él
sabía lo que había visto, oído y sufrido. Se traslada de inmediato a recuerdos posteriores,
pero no tan alejados el uno de los otros, como el traqueteo del volquete
municipal en el que se movilizaban las patrullas policiales para hacer cumplir
el toque de queda, medida cuyo propósito no era más que despejar las calles
para no dejar testigos de las tropelías planificadas con anticipación. La
primera casa de la treinta y siete frente a la que se detienen es la del
dirigente popular del liberalismo, Salvador Payares, sobre la que disparan
hasta cansarse y se trasladan a la de sus padres sobre la cual los fusiles,
alegremente y sobre las endebles paredes de rústicas balsas, arrojan sus
letales descargas, mientras sus padres, abuela, tíos y hermanos se hunden en el
suelo para evitar la muerte. Por las rendijas observa al policía apodado
“Barranquilla”, que enarbola un sable de acero que sube y baja para sincronizar
las descargas de los fusiles, mientras la luna llena se refleja en la hoja
plateada.
Entre los policías alcanza a ver al cabo
Ramón Genes, a El Pulguita, el Diablo Morelos, pero al intentar identificar a
los otros alza la cabeza que de inmediato es presionada por la mano de su padre
que lo revienta contra el piso rompiéndole la nariz del golpe, pero pese al
dolor y la abundancia de sangre no grita, ni siquiera gime, porque entiende su
imprudencia y el momento es de los que solamente el silencio garantiza la vida.
Hasta ese momento le temía a los policías municipales como el Mono Aguirre, el
negro Medrano o el inolvidable Mano Pello que, junto a otros, nunca andaban armados y se dedicaban
a llevar citas para los despachos judiciales, capturar a los infractores de
normas policiales, de agarrar a los muchachos que se hacían la leva en sus
colegios, para calmar los ánimos en las furruscas vecinales o para acallar a
las viejas escandalosas en sus enfrentamientos triviales con otras mujeres
iguales o peores. Pese a ello, gozaban de la amistad de todos y aún se escuchan
las anécdotas de Mano Pello, que al verse en la necesidad de detener a un
borracho y éste le brindaba un trago, le decía: Te lo acepto, pero de que, vas
vas. No había forma de compararlos. Como puede y aprovechando la luz de la luna
ve a otros policías que no conoce, pero en sus rostros se refleja el odio, unas
intenciones asesinas, una perversidad. Intuye que en la casa vecina las
hermanas Isabel y Sol Hoyos, deben estar arrodilladas frente al altar casero
rogando por la vida de sus vecinos, mientras que un poco más allá, la madre del
policía El Pulguita, debe empinar una botella de licor mientras se deslizan por
sus mejillas las lágrimas de la frustración, no solo por el destino torcido de
su propia vida, sino también por tener un hijo que heredó lo peor de ella. Con
seguridad que detrás de cada descarga intenta levantarse para gritarle al hijo que
ya está bueno, que dejen tranquilo a ese hombre, pero algo más fuerte se lo
impide. Maldice su propio orgullo y su propia maldad. Sus sueños se trocaron y
antes que al hombre que un día imaginó tener como compañero para siempre en su
cama, el padre de sus hijos, hoy su cama recibe a muchos hombres que nada
significan para su corazón, menos aun cuando la tomó como negocio en la que se
acuestan parejas que ni siquiera conoce y que quizás buscan, vanamente como
ella, el amor que no pudo atrapar en su ya lejana juventud. Y ese hombre ideal,
ese hombre anhelado, está allí, a pocos pasos, expuesto a las balas que dispara
el hijo que con él aspiró a engendrar.
Ignoraba la razón para que no se hubieran ido
de la casa para otro lugar mientras la popol realizaba su trabajo. El Mono
López, cabo de la misma institución era amigo del viejo desde sus años
infantiles y mantenían excelentes relaciones de amistad. Dos muchachos de la
familia que colindaba con la casa por la parte de atrás, también pertenecían al
cuerpo armado y los tres le habían informado que por la noche se realizaría el
ataque por orden del comandante El Charro, y alentado por El Albañil,
aparentemente segundo en el orden de mando.
Ellos recibían instrucciones del alcalde, de La Morrocoya, que dirigía
el periódico del partido de gobierno y quién sabe de quién más, para las
jornadas nocturnas que atemorizaban a los del otro partido, o simplemente para
arrestarlos por cualquier minucia y humillarlos en El Manguito.
Sabe quién es El Albañil y mira su avieso
rostro. Nunca supo si ese era el apellido del hombre o un remoquete. Para la
época, los chulavitas se enorgullecían de los apodos, ya que a través de ellos
ocultarían su real identidad y mentalmente consideraban que así y hasta la
posteridad, sus crímenes quedaban impunes. En todo caso a este lo califican
algunos como Sargento, otros como Teniente y no pocos como Capitán. Fueron
incontables las veces en que el tenebroso individuo llegó solitario y en el más
completo silencio, sable en mano, se arrimaba a las paredes de balsa con el
sigilo de las serpientes, calculaba la altura de las camas y hundía la larga y
filosa hoja de acero por entre las rendijas, en el intento de sorprender a
alguien que se hubiera descuidado en la toma de precauciones. Pero todos dormían
en el suelo. Un tiempo después, El Albañil, el Diablo Morelos y otro chulavita
de la popol, fueron a la tienda y residencia del cachaco Rudas en la primera
calle de Colón para buscarle camorra. Como la esposa dijo que Rudas se
encontraba en el batallón del ejército, entre los tres empezaron a forcejear
con ella y a tocarle sus partes íntimas. Solamente con rascarse el pecho, antes
de que Rudas saliera del cuarto, los de la popol ya corrían por la calle. El
cachaco llegó a la puerta y desde la distancia disparó un tiro para cada uno
cayendo muertos. Se fue de inmediato para el cuartel, mientras que el terrible
Albañil caía frente a la casa de un conocido y respetable caballero, a quien le
había reducido a sillas de ruedas a un hijo, propinándole con el yatagán
heridas en las piernas sin razón alguna. El hombre miró al muerto, le agarró
por una de las piernas, como si se tratara de un perro sarnoso y muerto, y gozó
del inmenso placer de arrastrarlo por en medio de la calle una cuadra y media,
entre el aplauso de los vecinos que ante la inevitable represalia se escondían
en sus casas. Todos, rojos y azules, ricos y pobres, justificaban la actuación
porque sabían lo ocurrido. El delito del muchacho fue aparecer, citado por una
agencia internacional de noticias y publicada en primera plana del diario El
Tiempo, como uno de los ingenieros más importantes de ese año en los Estados
Unidos. Cuando muchas personas lo esperaban en el pequeño aeropuerto, al bajar
de la aeronave llegó la comisión encabezada por El Albañil, dijo que estaba
siendo investigado como enemigo del gobierno, lo llevó a El Manguito, lo sentó
en una silla y en medio de carcajadas le informó que le daría el más preciado
trofeo por ser un “mochoroco” inteligente y le hundió en ambas piernas el
filoso yatagán en más de tres ocasiones en cada una. Media hora después,
creyendo que con la sangre derramada no duraría mucho tiempo vivo, lanzó el
cuerpo a la calle como quien arroja desperdicios ante la mirada atónita de los
pocos que transitaban por el lugar. Pero el ingeniero Puche Olivella se salvó pese a que vivió el resto de sus días
fuera de su pueblo, sobre una silla de ruedas, en el país del norte. Arrastrar
el cadáver del autor de este hecho, limó en algo el dolor de un padre que había
estado esperando una venganza. Porque en veces, la venganza es la más dulce y
agradable de las bebidas, la ambrosía de los dioses olímpicos.
Fue testigo presencial de la actitud del cabo
Ramón Genes, que no satisfecho con las giras nocturnas, llegó varias veces a
plena luz del día, generalmente en las
horas de la tarde cuando se reposaba del almuerzo, entraba abusivamente, sacaba
el arma de dotación y la aplicaba a la sien
de su progenitora y mientras dirigía su aviesa mirada al viejo sentado
al lado, le preguntaba si era o no cierto que en la noche habían hecho el amor
varias veces y ella debía responder que sí, que si le había gustado y ella
nuevamente decía que sí, pero el viejo,
que en medio de la balacera de la noche que acababa de pasar tenía
abrazada a su mujer y a sus hijos guardaba silencio. En su rostro no se
vislumbraba ningún ademán, ningún reproche, porque si lo hacía recibía a cambio
uno o varios balazos. Era lo que pretendía el “agente del orden”, pero el
viejo, como si se encontrara en otro lugar muy lejos de allí, o fuera sordo y
ciego, nada lo conmovía. Amaba entrañablemente a su mujer, conocía su leal
comportamiento, no dudaba de su amor y por ello miraba sin mirar y oía sin oír,
convirtiendo su mente en una gruesa muralla sobre la que se estrellaban
vanamente los intentos del policía y de todo aquello que no fuera su propio
pensamiento, si acaso pensaba, y si lo hacía no era más que en la espera de un
mañana distinto, de un futuro pleno de justicia, en donde los humildes de
corazón, los mansos de espíritu y los perseguidos de la justicia tengan
asegurada una vida diferente, en un mundo del que nadie ha regresado para
confirmar que efectivamente existe un tribunal en el que se juzga a los que
dejan la ruindad de la tierra.
Piensa que su niñez y su pubertad fueron
secuelas de las que obtuvo enseñanzas inolvidables y experiencias que le
signaron para el resto de su existencia. Al igual que sus compañeros de la
niñez, había vivido una etapa que tal vez continuaría hasta el fin de la vida,
no obstante ser ahora mejor como retribución al trabajo en medio de la penuria
de la pobreza. Alcanzó a saborear en la etapa de la niñez los deleites de la
riqueza, pero El Charro y los chulavitas se encargaron de que fuera efímera en
el tiempo y de un momento a otro, sin conocer la razón, estaba hundido junto a
sus padres, hermanos y otros familiares en la más aberrante miseria. El viejo
se acostó rico y despertó pobre. El Charro y sus alegres muchachos, como los
llamó algún día el doctor Rafael Yances Pinedo, se encargaron de dilapidar su
establecimiento comercial.
No pudo continuar los estudios y apenas
regresaron al poblado después de una temporada de tristezas y amarguras en el
barrio Lo Amador de Cartagena, a donde fueron a parar otros desplazados, como
el rico comerciante Felipe Castañeda, cachaco a quien le quemaron la
cacharrería y lo acusaron de ser el autor, pero no tenía ningún seguro para
amparar su negocio, o Joaquín de Oro al que silenciosamente esquilmaban,
mediante la extorsión y las amenazas de asesinarlo, dedicó más tiempo a leer.
Aprovechando a los amigos y sus experiencias, como las de Carlos Failache que
conducía camiones de alto tonelaje y viajaba por el país, las opiniones de
Jorge Payares que leía con juicio las obras literarias que llegaban a la
Papelería Mogollón, donde trabajaba, la
afición por las matemáticas y la economía del “Muelú” Acosta, que a solicitud
de ganaderos, al salir de la universidad, estudió el futuro de la industria y
demostró que la situación, si no variaban los procedimientos, sería
catastrófica y recomendaba acciones encaminadas a evitarlo, pero los ganaderos
y terratenientes, antes que recibirlas, se negaron a divulgar el documento ante
los periodistas convocados al efecto y optaron por contratar a desocupados
dispuestos a matar y el campo se llenó de sangre; de los abogados Cabrales
Pineda, dirigentes conservadores a los que llamaban Los Abejones Monos, que lo
distinguían con una sonrisa y un abrazo afectivo al llegar a la oficina para
debatir disímiles problemas que había “apuñaleado” en los, libros,
especialmente de la violencia, de las diferencias entre liberales y
conservadores, que según los abogados no existían doctrinariamente porque donde
unos aseguraban decía hermosura los otros reprobaban porque la verdad era que
decía belleza. También concurría a la oficina de Rafael Yances solamente para
leer los lomos de los libros apiñados en la biblioteca que ocupaba tres de las
cuatro paredes, pero de la que se retiraba cuando llegaba la esposa del
abogado, que lo miraba como a plasta de caca de gallina o de gato. No demoraba
mucho allí, pero se complacía al saber que existían unos códigos reguladores de
la vida de su país, los cuales leería y comprendería en el no lejano día en que
pudiera matricularse en la universidad para estudiar derecho y ciencias
políticas y administrativas, como rezaba en los diplomas que colgaban en las
oficinas de sus amigos abogados, si es que podía llamarlos así, amigos, siendo
ellos de la alta sociedad del poblado y él de los extramuros. Pero le daban un
trato diferente. Tal vez sería por el interés que mostraba en todos los temas,
los que se atrevía a debatir según su saber y entender, pero abandonaba la
terquedad al recibir las explicaciones pertinentes.
Esa actitud y esa demostración de que si no
hubiera atracado en el muelle de la pobreza habría podido enfrentar la
inmensidad del océano de la sabiduría e internarse en él en buques de alto
bordo, fueron, pensaba en este momento, las razones para que las personas
mayores y más entendidas lo acogieran, como Yances Pinedo, los Cabrales Pineda,
Mendoza Castell el inolvidable Verdolaga, Moncho Berrocal, Gustavo Giraldo,
Mendoza Soñert. Hernando Torres Gambín y muchos otros. Un día cualquiera, otros
amigos lo invitaron a una reunión muy reservada y de ella salió como miembro de
un grupo especial del Partido Comunista, cuyo objetivo estribaba en el
espionaje y la adquisición de conocimientos para fabricar bombas y otros
explosivos, y al mismo tiempo, aprovechando la confianza que le reservaban los
elementos mencionados de los partidos tradicionales o miembros del gobierno,
reportara informes sobre temas determinados. Ni Mora, ni Portnoy, ni Nieto
Visbal, en fin, ninguno de los que aparecían en los cuadros directivos del
partido o furibundos camaradas, se enteró del caso. Ni siquiera cuando se
abstuvo de viajar a Moscú a estudiar en la Universidad Patrice Lumumba en donde
se forjaban los dirigentes comunistas del futuro. Pesaron más sus compromisos
de no dejar morir de hambre a la familia además de la posibilidad de una vida
tormentosa huyendo de las autoridades y señalado como hombre peligroso, a lo
que se sumaba el de traidor de los amigos que tanta confianza le habían
entregado. De la misma manera que entró salió del grupo misterioso. Luego sus
antiguos camaradas lo calificaron de traidor por haberse enrolado en un
organismo del gobierno, a través del cual se controlaban lo asuntos políticos
del país.
Esos temas, sin embargo, no le agradaban y
por ello buscaba no evocarlos ni con frecuencia ni con largueza. Prefería las
anécdotas de su vida en cercanías de la zona de tolerancia de la treinta y
nueve o la más hermosa y enriquecedora del barrio Obrero. Como en los demás
sectores se presentaban actos reprochables, pero lo común era el respeto entre
los vecinos, entre los jóvenes y niños y entre éstos con los de mayor edad. Los
ancianos merecían un acatamiento serio y si bien se les hacía objeto de
travesuras, ellos las ignoraban y las quejas no se escuchaban. La presentada
por doña Carmelina Oliveros, una mujer que prefirió mantener a los hombres a
buena distancia y que en plena juventud fue una incansable dirigente liberal en
su pueblo natal, El Limón, hasta que una patrulla de la popol intentó
humillarla amarrándola desnuda en la plaza del caserío rodeada de todos los
liberales que allí vivían y los que conducía amarrados a pecho de paloma. Pero
se equivocaron, ningún hombre la miró y pasó ignorada en medio de la plaza con
sus intimidades al aire hasta que los “valerosos” miembros del gobierno
abandonaron el caserío dos días después. En el barrio Obrero su queja fue
contra tres jovencitos de una misma familia que se turnaban para enamorarla e
invitarla a una jornada sexual porque si esperaba demasiado se le iba a podrir
el himen y el resto del órgano. Pero fue suficiente la queja y no volvió a
presentarse el acoso, porque la patota analizó el asunto y recordó a todos que
cuando no había ni una moneda de reserva, la vieja mujer daba en calidad de
crédito a los muchachos lo que necesitaban, a sabiendas de que no habría quién
le negara las deudas. Hubo un hecho que avergonzó, además de él que pagó la
novatada en asuntos sexuales, a los de la patota. Recordaba la forma sigilosa
en que Cordero llegó a su residencia a invitarlo a presenciar un hecho
prodigioso y se reunieron unos cuatro. Fueron a la residencia del que invitaba
y con la mayor cautela entraron a la vivienda y el dueño abrió
intempestivamente la puerta de la alcoba principal, en donde Toño estaba en
plena sesión sexual con la esposa del hombre. Cada vez que repetía ese recuerdo
se maldecía por no estudiar con cuidado el caso antes de aceptar la invitación
y por cerca de tres años se vio obligado a ir a las citas en un juzgado para que
repitiera lo mismo que dijo la primera vez.
Otro caso de traición, y se preguntaba si
acaso allí no fueron otras las causas, como solía ocurrir con frecuencia en el
viejo sistema de ser los padres los que decidían con quién se casarían las
hijas. Pedro S., tenía una hermana muy hermosa. El Chibirico se enamoró de ella
y ella correspondió. Los arrumacos vespertinos se convirtieron en algo normal
para los habitantes del barrio. El Chibirico hacía cuentas del valor de los
muebles de alcoba, sala, comedor, cocina, así como de otros utensilios caseros
para instalar un hogar bien organizado. Trabajaba con tal fervor que
prontamente los ahorros satisfacían los requerimientos. Se le veía eufórico,
pleno de confianza, anhelante de cumplir la promesa de adquirir la dotación del
hogar antes de pedir la mano de la muchacha. Durante el largo tiempo del
noviazgo ningún otro pretendiente fue conocido en el barrio ni fuera de él. Si
la muchacha debía salir del sector, siempre pedía la compañía de uno de los
miembros de la patota. Pero una bomba estalló un día miércoles, al recibir en
cada casa del barrio y en otras de los barrios cercanos, una tarjeta de
invitación al matrimonio de María, tal era su nombre, con un individuo que
nadie conocía. El mismo Pedro S., se mostró tanto o más sorprendido que los
demás. Y se trataba de su propia hermana. La patota se trasladó en la tarde del
jueves a la residencia de la muchacha, pero ella no quiso recibirlos y los
padres se negaron a dar explicaciones. No fueron suficientes los reclamos, las
amenazas y los insultos. Los personajes principales guardaron mutismo cual tres
estatuas. Ni siquiera se conmovieron los padres al acusárseles de haberla
vendido como quien vende una vaca o una marrana. El galán, el favorecido con la
entrega de María, ni siquiera fue aludido en todo el proceso.
Le encomendaron preparar una acción de
protesta para el día del matrimonio de la que el novio frustrado, El Chibirico,
no participaría, porque él se marginó de inmediato del grupo y fue a los demás
a los que dolió inmensamente el engaño, en cumplimiento de la consigna de los
mosqueteros: Uno para todos y todos para uno. Los mayores de las cincuenta y nueve
restantes casas del Obrero, gran parte de Granada y Miraflores, se encargaron
de azuzarlos para demostrar el rechazo general a la traición.
El domingo, a las seis de la mañana, la
patota estaba concentrada en los alrededores de la casa de la novia en completo
silencio. Le costó trabajo evitar que los más pequeños llevaran piedras para
lapidar a la falsaria, como leían en los libros sagrados se hacía con las
mujeres adúlteras en la antigüedad. A la media hora aparecieron los pajes con
canastillas en las que portaban las arras y los anillos. Los niños no eran del
barrio, porque los locales ni fueron invitados ni habrían aceptado tomar parte
en la traición y menos a El Chibirico, a quien idolatraban. Los mayores a lado
y lado de la calle lo miran para establecer cuál el paso a dar y él les pide
calma. Al asomarse a la puerta la novia del brazo de su progenitor, El Marucho
grita: “¡Sale la traidora!”, pero él, con un ademán, impide que el grito se
repita. María viste toda de blanco, de la cabeza a los pies. La mamá lleva la
larga cola del vestido y cuando llegan a la mitad de la calle, el padre la
entrego al novio, que vestía de negro. Vestido entero, camisa marca Primavera,
zapatos negros de charol, relucientes, y sobre ellos se reflejan como en un
espejo los rayos del sol. La toma por el brazo derecho y se encaminan hacia la
carrera nueve. En los rostros de la pareja no se muestra ningún indicio, ni por
bueno ni por malo, y todos se preguntan por qué van como dos extraños que se
ven por primera vez. No miraron ni a los pajes que, hábilmente dirigidos,
emprenden el camino con caras de asustados porque en medio del silencio intuyen
que algo no anda bien. Y se escuchó en coro la frase de batalla:
Chibirico…chibirico…chibirico…
A una señal previamente convenida, la patota
y los del barrio cantan en alto volumen una adaptación de la canción ranchera
que decía:
Mala mujer…mala mujer
Hoy no vengo borracho
No
preciso del trago
Para venirte a insultar*
Tu corazón de mujer
Que no es de mujer
Es de una traidora*
Repiten el estribillo de
chibirico y al llegar a la entrada del barrio, cambian de canción por otra que
dice:
Eres como la baraja
Tentadora y traicionera
Te gusta jugar con hombres
Como jugar con muñecas
Y así te burlas del macho
Hija de la mala vida.
El hermano marchaba en el cortejo nupcial y
lo miraba ante una posible reacción violenta como consecuencia de las burlas,
pero de sus ojos emergió un mensaje para que le observara la mano que llevaba
libre, ya que con la otra conducía a su pareja, y los más cercanos entendieron
el mensaje. Pedía a la patota cantar una consigna que se utilizaba,
especialmente en las jornadas de boxeo con los muchachos de barrios vecinos, y
el representante del Obrero asestaba uno o más golpes efectivos que decía:
¡Buena esa! Una, dos y tres, pégale otra vez.
¡Duro! ¡Duro!
Al llegar a las primeras casas de los barrios
Panamá y Balboa, se detuvo la protesta y todos regresaron al barrio, en donde
fueron ovacionados.
Inusitadamente pasa a sus lecturas, a las
consultas con los más ancianos del poblado, que a su vez habían recibido los
detalles de sus bisabuelos y abuelos, sobre cómo apareció y quiénes levantaron
a su pueblo y repite sus propias conclusiones:
El poblado surgió de pronto, sin que
nadie se propusiera levantarlo. En un remoto pasado, los aborígenes preservaron
la región como coto de caza por sus riquezas fáunica e ictiológica, basada ésta
en varias quebradas, arroyos, caños, ciénagas y ríos. En el momento en que la
“civilización” relegó a los nativos a lo profundo de la selva, los colonos
cercanos mantuvieron la zona para los mismos fines y de allí derivó el nombre
que aún conserva.
Inicialmente fueron los
cazadores y más tarde los taladores de árboles los que levantaron trojas sobre
las que dormir y eludir el ataque de los tigres y las grandes serpientes. Los
espacios por los que se colaban los rayos del sol se hicieron más amplios y
cercanos el uno del otro hasta que la tupida selva perdió los bríos para ceder
al poder del hacha y de la sierra. Se construyeron los primeros bohíos y
llegaron las primeras mujeres y niños y se formaron los hogares alrededor de
los sembríos de pan coger como yuca, ñame, plátano, además del arroz. Un ataque
enfurecido de los aborígenes arrasó el poblado, que la terquedad del hombre
blanco trasladó a donde hoy se encuentra, resistiéndose a todos los ataques.
Aparecieron las primeras
canoas para aprovechar el río, los primeros pilones para pilar el arroz, las
primeras bateas en donde lavar las vestimentas, mientras que el rico y
vitamínico chere, como llamaron los indígenas al pez luego denominado
bocachico, mantenía bien en alto el ánimo y traquetearon los rústicos camastros
a la par que oleadas de mosquitos atacaban inclementes los cuerpos. Y nacieron
los primeros niños y las primeras niñas en una tierra singular que con el paso
del tiempo se convirtió en una raza orgullosa, fornida, alegre, trabajadora y
pacífica.
Al esfuerzo de los primeros
habitantes se unió el de los aventureros, en algunos casos, pocos, por cierto,
miembros de ricas familias europeas atraídos por la facilidad de explotación de
la madera, del caucho, de la ipecacuana y otros renglones de la economía
agrícola de la época. Se unieron en el amor los blancos con las indias y al
llegar al puerto las lanchas que los nativos llamaban barquetas o barquetonas,
según el tamaño, se presentaron los primeros hombres negros y se realizó el
milagro de la mezcolanza de razas para finiquitar la formación del nuevo
nativo.
El río sigue en su proceso
de bajar desde las alturas para confundirse en un abrazo con el mar quién sabe
desde cuándo, desde qué remotas eternidades. Apacible en la superficie, pero
con traicioneros remolinos en el fondo que los nativos llaman cantiles, lleva
en su alma las emociones de sus montañas y de sus extensos valles y de quienes
las habitan desde el principio de los tiempos. Cristalino en los veranos, ocre
y furibundo en los inviernos, cansado quizás de tanta carga que se le viene
encima desde cientos de vertientes de todos los tamaños que lo alimentan a lo
largo de su recorrido.
La lancha recibe el jalón
del timonel dirigiéndola a la izquierda y los motores aumentan el rugido como
si fueran fieros animales y así meter miedo a la corriente del río para que de
esta manera alivie la tensión y le permita conducir la pesada carga al descanso
de la orilla. El Capitán sigue las operaciones desde su privilegiada posición y
otea las aguas para divisar o adivinar si bajo ellas puede venir un elemento
contundente que golpee el casco de la nave y le ocasione daños. Con una mano da
la señal al timonel y se oye un campanazo al fondo de la embarcación y el
práctico (el que atraca la embarcación o inicia el zarpe) comienza a mover
palancas y el ruido va reduciéndose hasta el mínimo, para dejar la nave
sometida a la corriente, pero al lado mismo de la margen derecha.
Dos fornidos marineros
corren a la banda de estribor y con gruesas y largas pértigas empujan la lancha
más a la orilla. Una gruesa soga vuela de la nave a la barranca y es colocada
alrededor de un poste que a manera de noria resiste las fuertes acometidas del
río que trata de llevarse la nave con sus tripulantes, sus pasajeros y su
carga.
Solo entonces el Capitán
mira a la orilla, en la que una cincuentena de personas con rostros alegres
vitorea no tanto la hábil maniobra de atraque como la llegada de la motonave y
sus ocupantes. Unos esperan las cartas de sus amigos y parientes que viven allá
en el otro mundo, un sitio remoto conocido como Cartagena de Indias. Otros dan
la bienvenida a los pasajeros para conducirlos prontamente al cobijo de un
refrescante techo pajizo y soportar así la canícula inclemente. Aquellos para
curiosear, los niños para entretenerse, pero un grupo de ciudadanos, los más
distinguidos del poblado, para recibir algo muy importante para ellos y que los
mantuvo en expectativa hasta el momento en que escucharon el ronroneo de los
motores y el estridente y largo pitazo de la lancha al tomar el recodo de la
Playa de la Brígida.
Asegurada la embarcación
por la proa y la popa, aferrada a la barranca, desembarca primero el contador
para garantizar el manejo correcto y seguro de los pasajeros y de la carga que
transporta. Inmediatamente y en fila india por encima de un tablón, que amenaza
con quebrarse bajo el peso, los pasajeros desembarcan. Los últimos forman un
grupo especial que porta extrañas maletas. Uno trae una inmensa bolsa de lona
que lo duplica en altura. El Capitán cierra la fila y le da un apretón de manos
al alcalde y luego sale en dirección al ambulante, como se califica a los
kioscos ubicados a la orilla del río, uno de ellos es la cantina de Emeterio
Suárez.
Los últimos diez pasajeros
hacen malabares para responder a los saludos y al mismo tiempo pasar con las
maletas largas, anchas, redondas, descomunales como aquella por la que asoma
una inmensa boca o ésta que semeja las curvas del cuerpo de una mujer sin
cabeza ni extremidades. El alcalde les dirige un breve mensaje de bienvenida y
los invita a comenzar su trabajo para paliar un poco la angustia de la larga
espera, que uno de los recién llegados achaca a una parada en la Boca de Lara
para dejar una carga. De inmediato abren sus extrañas maletas. Los niños ríen a
carcajadas cuando la maleta que parecía una mujer deja al descubierto un
aparato de cuerdas gruesas que porta el más alto y delgado, mientras que el más
bajo y gordo, saca un reluciente instrumento que se introduce por la cabeza y
que le da tres vueltas en el cuerpo y termina en una larga y ancha boca.
Se trata de una banda de
músicos, la primera que llega al poblado a romper la monotonía natural de la
región, hasta entonces a cargo del trinar de las aves canoras que abundan, del
paso del viento por entre el ramaje de los árboles, la estridencia de los
cantos de las guacharacas, las bandadas de loros, pericos y guacamayos y de las
pavas congonas, o el ronroneo amoroso de las palomas torcaces, así como en las
tardes el gemido melancólico de la flauta de millo o del pito cabeza de cera.
Y los músicos hienden
intempestivamente el aire con el sonido de una hermosa danza y los niños,
después de salir en estampida, asustados, vuelven al lado de los músicos a
seguir con detenimiento la ejecución de cada uno de los instrumentos. Y van de
uno a otro y le dedican tiempo a los que ejecutan un instrumento negro y
brillante que se confunde en la boca de los hombres tan negros y brillantes
como el aparato, hasta llegar al que con movimiento acelerado y sosteniendo dos
palitroques entre los dedos golpea acompasadamente el cuero de un redoblante,
así como al que lleva sobre el estómago un tambor inmenso que llaman bombo y al
cual golpea cansinamente con una porra. Y son los niños los primeros en
rechiflar y aplaudir y también los primeros en colocarle remoquetes a la
agrupación. La banda “Chifla jopo”, calificativo que no escandaliza a
nadie, ni siquiera a los músicos.
El maestro Ladeo, le dicen
al que dirige la banda. Los niños no van al río por varios días para no
perderle pisada al hombre gordo que carga la tuba y que se ganó desde el primer
momento el cariño de estos por su simpatía. El maestro Ladeo es un hombre
delgado, alto, negro, musculoso, de ojos grandes y negros, que lanza miradas
inquisidoras, pero que cuando van dirigidas a una fémina se tornan
enamoradizas. La mirada lo hace atractivo a veces y francamente atrevido las
más. Ladeo mira primero a los pies de la mujer, sigue hacia arriba deteniéndose
lascivamente en determinados lugares para finalmente llegar a la cara de la
dama objeto de su lujurioso examen. Pero no todas las mujeres pueden aseverar
que Ladeo las haya mirado con una segunda y secreta intención.
Tiempo más adelante, cuando
Ladeo pasa los últimos años sentado sobre una butaca de madera a un lado de la
puerta de la covacha que le quedó de su larga vida musical, le confió el
secreto de su mirada. Y se lo dijo porque le indagó la razón para que, a todos,
hombres y mujeres, niños y viejos, les mirara primero los pies.
— Los pies de una persona,
como las patas de un animal, te dicen cuánto quieres saber. Por ejemplo, las
mujeres. Si quieres saber si una mujer es ardiente, amorosa o fría, mírale los
pies y las piernas. La ardiente muestra inquietud, no sabe dónde pararse y sus
pies van de uno a otro sitio y si se sienta, cruza las piernas una encima de la
otra, como para que no la enardezca ni el aire. La fría es de pies estáticos y
piernas tensas, buscando la manera de que no la miren. Si es por el tamaño de
su intimidad, la forma de comprobarlo sin tener que desnudarla, es observarla
cómo camina. Si tropieza una rodilla con la otra, no tiene nada. No olvides el refrán: “Desde lejos se conoce
la mujer de crica chiquita, tiene el tobillo seco, la rabadilla larga y la
cintura delgadita” – y se reía como si tuviera sordina en la boca – y el otro:
“A la mujer tobillo grueso le pesa la rabadilla y el culo lo pega contra la
cama.”
Agobiado por la pobreza en
el barrio Getsemaní, desde muy niño se dedicó a una variada serie de
actividades para ganar el sustento. Por la madrugada salía con una palangana
sobre la cabeza llena de empanadas, buñuelos, carimañolas y arepitas dulces con
anís hacia el barrio Manga, a despertar con sus gritos a las muchachas que
trabajaban en las elegantes mansiones para que le ganaran tiempo al trabajo
mañanero y prepararan el desayuno para los “blancos” y los doctores. A eso de
las ocho de la mañana corría al mercado a ofrecer sus servicios para cargar los
canastos de los compradores. A las dos de la tarde se metía por los callejones
de Chambacú para llegar al Playón del Blanco a recibir clases de música hasta
las seis de la tarde, cuando volaba a la Calle Larga a preparar los anafes en
la venta de café y fritangas de la vieja Catalina, que funcionaba todas las
noches frente al arsenal. A las diez de la noche se iba para la Calle de la
Media Luna y esperaba hasta que el último cliente abandonara el club La Marina,
para barrer y trapear los pisos, sacudir y lavar las sillas y mesas y dejar
todo reluciente para cuando abrieran nuevamente el establecimiento. En muchas
de esas noches se entretenía pescando en la bahía del frente o se llevaba una
banca para imitar, golpeando con sus dedos y los palmares la dura madera y
trepado sobre una de las solitarias murallas del Corralito de Piedra, la
percusión de los timbales o de la tumbadora de la orquesta que amenizaba allá
abajo las noches del club.
Aprendió a ejecutar el
clarinete y se enroló en una pequeña orquesta, al ver en la música una puerta
de escape para sus requerimientos económicos, pero en el Corralito la
competencia es grande y hay muchos músicos veteranos y de gran valor en la
ejecución, por lo que sus ambiciones de llegar a dirigir una orquesta se le
hacen remotas. Aprovecha a otros músicos jóvenes como él, y funda una banda
dedicada a viajar a poblaciones cercanas en las que animan bailes y festejos como
en Pasacaballos, La Boquilla, Turbaco, Arjona y otras localidades, en las que
se les reconoce como una banda de buena calidad. En esas estaban al ser
contratados para viajar a este recóndito lugar, en donde por las deferencias de
que son objeto y sin competencia alguna, deciden quedarse. Los nativos se
deslumbran con las cosas nuevas que llegan, como en el caso de los músicos
negros, o el de los extranjeros que buscan minas de oro o intentan robarle
pepitas del metal al caudaloso río y sus afluentes, y regresan embrujados a sus
tierras de origen a buscar dinero para volver y montar aserríos en los que
procesar las maderas.
Y se llevaron la riqueza
maderera de la región para pavimentar las calles de Paris y establecieron
empresas con alemanes, franceses e italianos, fundaron sus propios bancos e
impusieron su particular papel moneda y la deslumbrante riqueza corría por las
calles del poblado como río desbordado y los humildes macheteros, vaqueros,
aserradores, lavanderas y demás trabajadores se volvieron locos de la dicha y
organizaban y realizaban fiestas patronales que duraban sesenta días y
dividieron al poblado en dos grandes sectores para competir en aspectos
baladíes como el de mejor música, el de mayor alegría, y construían gigantescos
carros alegóricos a la libertad, a la marsellesa, adornados con la más bellas
jovencitas, y quemaban banderas de billetes y colocaban fuentes en las esquinas
por las que salían chorros de agua de cananga, el más fino perfume de la época
que en países cuerdos era un lujo permitido y reservado a los más ricos y a los
miembros de las cortes reinantes, y prendían los paquetes de velas en las
ruedas de los fandangos con los billetes de más alta denominación y los gruesos
tabacos encendidos una y otra vez con billetes en llamas. Y adornaban los
escotes y los peinados de las bailarinas con billetes.
El pueblo, perdida
colectivamente la razón como consecuencia de la bonanza, se unía en un solo haz
para dilapidar dinero, tiempo, juventud, fortaleza física, fortaleza moral,
capacidad de amar, de odiar, de luchar, de trabajar, para entregarse a una sola
farra, mientras los llamados místeres y musiús cohabitaban con las mujeres
jóvenes y bonitas y con no pocas casadas, y nacían nuevos hombres y mujeres con
título de cimarrones y en la insensible tarea de gozar, los peones se
anticipaban en cinco y diez años de salarios para quemar banderas de billetes
que los aventureros europeos incentivaban para mantenerlos dominados con los
documentos que durante la pérdida de la razón, en el embotamiento alcohólico,
firmaban indolentes e inconsecuentes y embargaban no sólo su presente y su
fuerza de trabajo en el futuro, sino que los intereses los pagaban con la vagina de sus hijas y sus nietas y el
trabajo físico de hombres que muchas
veces aparecían como hijos de pobres pero que en verdad eran fruto del
adulterio de los que tenían el poder y el respaldo de la compañía maderera.
Así transcurrieron los
primeros tiempos del poblado. Sin protesta alguna de los nativos por los abusos
de los europeos, que acapararon la tierra, los ganados, las minas y los hombres
en una esclavitud disimulada que les permitía amasar más y más fortuna. Los
aventureros, los mismos que salieron de pueblos deprimidos de la frontera que
separa a España y Francia, tan pobres como los de acá, pero con un bagaje
diferente, fueron apropiándose de la tierra para establecer latifundios que
quizás no se conocieron antes en la historia de la humanidad y a los que
colocaron nombres llamativos y por ello inolvidables como Mundo Nuevo, Marta
Magdalena, Los Pericos, El Torno, y otros, que no conocieron más que en los
planos levantados por los agrimensores porque la vida no les alcanzó para ir de
uno a otro límite, fijado caprichosamente en los registros notariales con vagos
puntos de referencia, como asegurar que el feudo partía de un punto en el norte
desde el árbol de campano, de allí a la ceiba que está en el recodo que hace el
río y después se va en línea recta hasta el sur a la loma de tierra negra y de
ésta a la bonga mella en el oriente y de esta al punto de partida.
Delimitaciones imaginarias que favorecían a los extranjeros y por ello, lo que
en un principio apenas sí llegaba a las cien hectáreas, crecía de tal manera
que diez años más tarde eran diez mil hectáreas. Y los llamados indios, los
aborígenes, se replegaron paulatinamente huyéndole a la civilización y a los
civilizados internándose por los ríos Verde y Manso hacia la espesura de selvas
inexploradas. La indiferencia del gobierno nacional fue tal, que los
extranjeros establecieron sus propios bancos, emitieron su personal emisión de
billetes sin más respaldo que su palabra. Por eso alentaban a los nativos a
quemarlos en las largas parrandas organizadas por ellos. Cuando tuvieron el
control de la tierra, desaparecieron los billetes ilegales y los bancos
familiares.
Los otros nativos, los
criollos, despreocupados por la facilidad de alimentarse con sancochos de
bocachico, cachama, moncholes y barbudos que sacaban fácil y abundantemente del
río o de las ciénagas, de engullir un plato de arroz o la carne de animales
silvestres que cazaban desde el alero de las chozas, se limitaban a designar a
los extranjeros como compadres y a respetar la palabra empeñada y a cumplir las
promesas que supuestamente hicieron en estado de beodez, perdida la conciencia
por efectos del licor, y a rogar que les permitieran sembrar el pan coger en
un pedazo del latifundio, partiendo la
producción y comprometiéndose a sembrar pasto para el ganado. Y los musiús, los
italianos y los españoles, además de imponer su papel moneda, crearon su propia
justicia apropiándose del derecho de definir qué era o no delito o
contravención, fijar las penas y las multas y promovieron la reaparición del
oprobioso cepo, que con la “matrícula”, fueron la peor expresión de la
esclavitud no declarada ni reconocida pero abiertamente practicada. Y con sus
esbirros montaron alambiques con el nombre de zacatín y en muestra de
munificencia y de confianza entregaban las damajuanas repletas de embrutecedor
líquido a sus propios peones para que las pagaran a largo plazo y se vieran
obligados a afincarse en el latifundio por el resto de sus días.
Y los sacalaguas, porque
los zambos no brindaban confianza a los amos, comenzaron a sisarle a las
damajuanas, a la sal, al azúcar, a las telas y a los demás artículos que los
“blancos” vendían en los comisariatos de sus propios latifundios y basaron así
sus futuras riquezas y le robaban a los “amos”, que en muchos casos los
reconocían indirectamente como hijos, los terneros que encontraban perdidos en
las montañas, mostrencos, de los que ignoraban su existencia y por eso no los
reclamaban o por considerar que era una manera indirecta de traspasar parte de
sus bienes a la parentela que no llevaría sus pomposos y en veces
impronunciables apellidos, pero sí su sangre “azul”, porque todos los
aventureros que llegaron al nuevo mundo parecían obtener títulos nobiliarios y
tradiciones monárquicas con solo cruzar el océano, por lo que los hierros
grabados a fuego en sus cuerpos por una esclavitud redimida poco antes de
venirse de sus países, desaparecían como por encanto, se borraban las huellas
de las largas condenas de presidio y la sangre que les había caído en las manos
al atravesar cuerpos humanos en las batallas o en las escaramuzas o en las celadas
en oscuros callejones, se lavaba así misma como si ellos hubieran recibido el
don divino para regir un pueblo ignaro.
Pasaron los años y los que
alegremente quemaron banderas de billetes en honor a sus amores, amores que tal
vez pasaban primero por debajo de los extranjeros que con los billetes y el
poder obtenían derecho a la pernada o compraban los virgos desde que las niñas
llegaban a los diez años de edad, se enfrentaron intempestivamente a un mar de
deudas, metidos profundamente en una letrina, ignorantes del hontanar del que
solo manan maldiciones en que se originaron o haciéndolo ex profeso, porque al
lado de la inmundicia que les llegaba a la boca también estaban sus hijos y
estarían sus nietos, que en la época de la bonanza no imaginaron que tendrían
más adelante.
Y con el conocimiento de la
verdad, con la concepción de la situación real, empezaron a refunfuñar. El
dolor de sentirse esclavos, la ignominia de saberse hijos de los que los
esclavizaban, la tristeza de entender a qué tan abajo habían descendido, creó
en la mente y en los corazones la necesidad de cambiar el escenario, pero la
limitación de conocimientos, del contacto con la civilización y la mínima o
ninguna instrucción, apenas les hacía saber que no era normal lo que acontecía,
pero les cortaba las alas de la imaginación y detenían el vuelo de la rebeldía.
Sin embargo, no temían
expresarlo, aun cuando no supieran hilvanar las opiniones, porque la sangre de
sus venas provenía de tres vertientes distintas que chocaban entre sí. El
aborigen, mal llamado indio, que en el caso que nos ocupa fue confundido con
los Caribes, de talante belicoso y que en su furia no descansaban hasta
masticar el último pedazo de la carne de sus enemigos, y la altiva y orgullosa
de los zenúes, con la del blanco español que salió de las cárceles o de los
campos de batalla en Europa para en una de las más extraordinarias odiseas del
hombre, librar batallas contra la inhóspita tierra nueva, y la de los mismos
aventureros que ahora veía y consideraba enemigos, no menos terribles en la
guerra, con la del negro traído como esclavo pero que en un pasado remoto,
milenario, fue tan guerrero como los demás. La mezcla de sentimientos, de
orgullos y de belicosidades que corría por sus venas les daría valor para
iniciar un proceso que duraría eternidades para alcanzar la libertad total del
hombre americano.
Gabriela, una mujer bella
en la que se entrelazaron el albo color de los españoles y el cobrizo de los
zenúes, símbolo de la mujer que siglos más tarde alcanzaría el reconocimiento
de su valor como ser humano, proveniente de Chinú, cantaora de bullerengues al
compás de los tambores y de las gaitas, de inusitada rapidez mental para
hilvanar versos en los combates verbales de la décima sencilla o de pié pisado,
sin prevenciones ante las limitaciones que sufría el sexo débil, llegó a la
región con quien al final logró robarle su corazón y con el que se unió en el
más hermoso de los matrimonios, que es el que bendice la naturaleza en nombre
del Supremo Creador, con Manuel Hernández, de San Jacinto, la tierra de las
hamacas y de las gaitas.
Hombre sencillo, trabajador
incansable, pulcro y honesto como no había otro, compañero leal y marido fiel,
se ganó el aprecio y la amistad de los que compartían con él la pobreza, y
Gabriela, que le apoyaba trabajando en la cocina de la Mayoría del latifundio
de los musiús, ampliaba el círculo con sus bullerengues y con los duelos de
pícaras décimas en las que intervenían con entusiasmo los vaqueros, los
jornaleros, los aserradores y otros trabajadores.
Esa fue la desgracia de
Manuel Hernández. La belleza de Gabriela, la picardía y el doble sentido de sus
palabras, llamaron la atención de los musiús que pretendían el derecho a la
pernada y acosaban sexualmente a la mujer que, por su parte, hacía esfuerzos
para no sucumbir. Mientras tanto, su marido descuajaba selvas, abría trochas,
macaneaba montes para preparar el terreno destinado a las siembras. Para Manuel
Hernández el machete era una extensión de su brazo, que penetraba con fuerza en
las tupidas marañas de palos, bejucos y ramas que encontraba al paso. Los
musiús vieron en él un extraordinario machetero sobre el cual apoyar el
proyecto de abrir una trocha hacia la ciénaga más cercana, en donde los zapales
formaban una acerada e impenetrable barrera, que de ser derribada permitiría
extender los límites del latifundio y una explotación más adecuada de la fauna
y de la flora del inmenso depósito natural de agua dulce. Pero también miraron
en Gabriela la delicia de una mujer con curvas incitantes y donde debían estar,
con una piel que invitaba a la caricia, con un rostro que podría ser envidiado
por las reinas, princesas y cortesanas de las monarquías europeas, con una
sonrisa de ángel, una voz de ave canora y una inteligencia fuera de lo común.
Se reunieron todos los
ingredientes para cocer la desgracia. Manuel Hernández fue enviado con otros
macheteros destacados en el latifundio a construir la trocha hacia la ciénaga,
pero los musiús no tuvieron en cuenta que Hernández tenía poco tiempo en la
región y por ello vio en el sistema que imperaba el abuso apoyado en el poder
del dinero. Aun cuando no era bullanguero porque tendía a la introversión, fue
explicándole a sus compañeros la triste condición del trabajo que ejecutaban en
todos los frentes de la inmensa propiedad de los extranjeros.
Gabriela por un lado y
compañeros que se quedaban en la casa de mayorazgo, informaron a Manuel
Hernández de las intenciones de los musiús y del inocultable acoso que sufría
la mujer, lo que lo llenó de celos. Se iba entonces a poblados más o menos
cercanos a la ciénaga y bebía y hablaba imprudentemente y en voz alta de las
injusticias que cometían los patronos con los trabajadores.
Vino al pueblo y durante
tres días no hizo más que ingerir licor sin ninguna medida y regó por todas
partes su propósito de crear una organización tendiente a conquistar para los
humildes macheteros, vaqueros y otros peones que trabajaban en tan precarias
condiciones en los latifundios, las reivindicaciones a que tenían derecho y que
para la época no pasaban de exigir un buen salario y el pago del mismo en
moneda oficial y no con la particular de los terratenientes ni mucho menos en
especies. Las despechadas palabras de Manuel llegaron a los oídos de los
extranjeros que dominaban en la región y a ello parece obedecer el que se
hubiera pasado abiertamente a exigir de Gabriela los favores de su cuerpo, de
manera tan flagrante, que cuando Manuel llegó a la Mayoría todos estaban
enterados que entre uno de los musiús y Gabriela había acontecido algo y que se
revelaba para que llegara prontamente a los oídos de su marido.
En la confusión de los
acontecimientos posteriores, pocos recuerdan el papel de Gabriela y muchos
aseguran que fue ella la primera víctima de la furia incontenible de Manuel
Hernández que, al enterarse de lo ocurrido, ingirió enormes cantidades de ron
con pólvora y afiló con singular dedicación su machete, con el cual fue bajando
cabezas y extremidades a diestra y siniestra. El musiú que gozó de las delicias
sexuales de Gabriela le hizo varios disparos a quemarropa con una escopeta,
pero Manuel los eludió con ágiles esguinces, y no solamente eludió los disparos,
sino que le asestó dos profundos cortes en los hombros y con un tercero le
cercenó la rubia cabeza.
Varios de los compañeros de
Manuel Hernández, bajo la promesa de una suma extra en el siguiente pago,
integraron las cuadrillas que al mando del capataz Juan Jiménez, lo
persiguieron sin pausa y sin desmayos por diferentes lugares de la extensa
propiedad hasta el interior de la ciénaga. Como fueron muchos los disparos que
le hicieron sin atinarle y las ropas del hombre escurrían la sangre de sus
víctimas, se dijo que tenía varios “Niño en Cruz” en el cuerpo y por esa razón
las balas no lo herían, pero ante la larga y extenuante fuga, especialmente
cuando entró a la ciénaga y se vio precisado a correr por encima de los firmes,
perdidas las fuerzas, Hernández se descuidó y pasó a la otra vida con el
infamante mote de El Boche. Y se tejieron cientos de versiones y el capataz
persistió en la suya de que sólo cuando tomó un cartucho y le hizo al plomo una
cruz, pudo penetrar el cuerpo del machetero.
Horas más tarde el desquite
por la muerte del extranjero se reflejó en el corazón de los que dominaban con
su dinero a la población. Manuel Hernández, guardado el secreto, no había
muerto con el tiro que le hizo Juan Jiménez, no moría y se atribuía la
resistencia a la muerte a los “Niño en Cruz”, por lo cual se envió a buscar una
bruja famosa que moraba en el pueblo de Purísima para que se los sacara.
Ninguno observó el accionar de la bruja que se pasó todo un día encerrada en un
cuarto con el moribundo, ni vieron los diabólicos niños y por ello no se
enteraron de la forma en que finalmente falleció el machetero. La creencia
general es que los Niño en Cruz salen en vómitos consecutivos del cuerpo de
quien los tiene gracias a las oraciones del perito en el asunto, que a su vez
los traga sin limpiarlos. Luego tomaron el cadáver, lo amarraron por las axilas,
lo arrojaron a las aguas, ataron la
cuerda a la patilla de una canoa y desde la ciénaga pasaron al río y de éste a
la orilla de la albarrada al término del humillante viaje, en donde un hombre a
caballo enlazó el cadáver y lo arrastró por las calles dejando pedazos de piel
en las aristas de los terrones y de las piedras, en medio de aplausos de los
mirones que así querían congraciarse con los dueños del poder, hasta llegar a
la alcaldía y de allí llevado al cementerio en donde fue condenado por el cura
párroco a no ser enterrado en el camposanto, porque los pecadores “no deben
reposar en tierra sagrada y son condenados a sufrir el fuego eterno del
infierno”. A un lado de la entrada se abrió una fosa y allí fue lanzado sin
cuidado alguno, pero varios de los testigos afirmaban después que el largo
recorrido, arrastrado por el caballo, dejó el cuerpo de Hernández prácticamente
destrozado y sobre la vía los trozos de la piel que le hacían falta, los cuales
vendrían a ser con el paso de los años, un símbolo de la rebeldía.
Con esto se satanizó a
Manuel Hernández y se pudo disfrazar el abuso de poder cometido contra un
hombre humilde, porque los humildes parecen condenados a ser víctimas de los
más fuertes. No es suficiente la promesa divina de que los humildes heredarán
la tierra, esa misma tierra por cuya tenencia habían muerto miles y miles de
sus antepasados y por la que serían vejados, encarcelados y sacrificados sus
descendientes. La misma tierra que por la fuerza de las armas y las
maquinaciones cortesanas de quienes nunca la pisaron ni habrían de conocerla,
pasó a manos de personas que jamás imaginaron que llegarían a ser sus dueños.
No basta la promesa divina de heredar la tierra. Para ello, además de humilde,
se requiere tener un corazón humanitario y esa doble condición nunca se
alcanza. Primero se arrojó del edén a los aborígenes y cuando quinientos años
más tarde regresaron a pelear sus derechos, se les tildó de “invasores” de las
tierras que habían sido suyas de manera natural y que a nadie vendieron ni
cedieron.
El Boche fue el nombre con
el que se asustó a los niños por un largo período de la historia del poblado,
hasta que se decidió afrontar las críticas, los reclamos, las demandas y las
represalias y se sacó la verdad a la luz pública. Y El Boche, después de un mote
infamante, signo de locura y de muerte, como en el caso del INRI de Jesús, se
tornó en una expresión de rebeldía, precursora de la lucha por la libertad y la
igualdad regional.
Todo eso había ocurrido en
los inicios del pueblo en el que acababa de libar cervezas con amigos del alma
alrededor de una mesa que recibía con frecuencia el sobijo de un trapo
humedecido para quitarle la capa de polvo, debajo de un árbol llamado el
camajón, en cuyas cortezas está impregnada la historia de la rebeldía.
Un registro diferente le llega a la memoria y
se sonríe. Sabe lo que ocurre. Como las olas del mar, sus recuerdos van y
vienen, pero en la playa de su vida no hay arena suficiente para contener las
arremetidas. En la soledad de las alcobas en las que ha dormido durante años,
lejos de su terruño, como si se tratara de las colchas de retazo en que su
bisabuela María Cleofes o su progenitora ocupan los pocos espacios desocupados
en sus permanentes ajetreos domésticos, no encuentra cómo elegir el parche más
llamativo. Y por ello deja que las aguas de su mente se encaucen por sí solas
hasta llegar al océano del olvido en el que terminan las veleidades humanas.
Las gentes de su
pueblo no saben o no quieren protestar, ni siquiera cuando atentan contra sus
vidas. Y atentar contra la vida de un ser humano no solamente se patentiza
cuando se aplica en la sien el cañón de un arma de fuego o un puñal en el sitio
en que se encuentra el corazón. Y ese olvido o esa ignorancia es lo que permite
a los que detentan el poder jugar con la existencia de los demás. Los pocos que intentaron e intentan un cambio
tropiezan con la indiferencia ciudadana. A nadie parece importarle lo que
hacen, denuncian o descubren abriendo las cortinas de la indiferencia o las de
los arcanos en que se esconde la realidad.
Un cura español,
que nació tardíamente porque habría sido un inimitable miembro del
“descubrimiento”, de la etapa de “colonización” o de la “inquisición” si
hubiera surgido en épocas anteriores, llegó a la rectoría del colegio nacional,
en el que se educaban los hijos de la plebe e impuso un sistema tiránico
tendiente a evitar que sus discípulos conocieran la realidad de un mundo que
evoluciona, para bien o para mal de los pobres, y ello obligó a muchos de los
mencionados en estas remembranzas a crear un colegio con el nombre de Atenas,
en donde la libertad de cátedra era la única norma. De inmediato se les
registró en los prontuarios políticos de las autoridades como comunistas, lo
que los convertía en parias de la sociedad, en lacras de la comunidad y por
tanto debían ser perseguidos para conducirlos tras las rejas de las cárceles a
pagar tan grave delito. Porque las élites de los pueblos califican al
pensamiento como un atentado para la tranquilidad ciudadana, o mejor, para la
tranquilidad que ellos gozan.
En su deambular por
todas partes se enteró de la existencia del colegio Atenas y de un hecho que lo
hizo reír el día en que lo supo. Lenny Portnoy Solano, Antonio Mora Vélez,
Roberto Yances Pinedo, Cujavante y otros, servían de profesores en el
Atenas. La clase pudiente obtuvo que las
fuerzas del orden (?) iniciaran un proceso de persecución para detenerlos. La
orden se impartió en la noche y los educadores habían fijado el día siguiente,
sábado, para realizar un examen de lo que hasta entonces habían realizado, y
los primeros que llegaron al establecimiento fueron Edgardo Nieto Visbal,
Antonio Mora Vélez y Lenny Portnoy en una vieja bicicleta Raleigh. No acababan
de entrar cuando sorprendieron a los agentes secretos tratando de ingresar para
arrestarlos, por lo que recurrieron a escapar por la parte trasera rompiendo la
cerca. Lo risible, pese a su dramatismo, me lo contaron testigos, fue que había
una sola bicicleta y tres los que requerían escapar. Lenny impulsaba la
bicicleta, Nieto Visbal se subió a la barra y Mora Vélez, sin lugar en el
endeble vehículo, debió colocar un pie a cada extremo del eje que sostenía la
rueda trasera. El espanto fue tan grande, que los detectives no los alcanzaron
pese a perseguirlos entre la indiferencia de los testigos por más de cuatro
cuadras del sector hasta que se pusieron a salvo.
Al día siguiente,
al abrir la puerta de su casa oficina, el abogado Roberto Yances Pinedo recibió
la visita de miembros del servicio de inteligencia que le anunciaron que
quedaba detenido por perturbar el orden público. Con su habitual parsimonia,
tomó un maletín que había preparado ante la convicción de que sería el primero
en caer en las redes policiales, le recomendó a la esposa que lo esperara con
paciencia mientras las fuerzas encargadas de guardar el orden ciudadano lo
dejaran en libertad, si es que acaso podían demostrarle el delito de que se le
acusaba. Y nadie en el pueblo protestó. El hermano, Rafael Yances, en compañía
del señor Argumedo, el señor Nieto y dos o tres más, en plena época de la
violencia mantenían vivo el periódico Noticia, destruido una noche en la que
los sobrinos de La Morrocoya, con la alegría del “gordolobo” lanzaron a la
calle los chibaletes, esparcieron los tipos, arruinaron el plomo, los clichés,
destruyeron los carretes de papel periódico. A Rafael se le azotó como a niño
malcriado para que aprendiera con las cicatrices, que los gobiernos son para
eso, para mandar y abusar, lo que nunca pudo entender un ex presidente como el
señor Darío Echandía. Y el pueblo, con el terror sacudiéndole el esqueleto, se
mantuvo quieto, en silencio, indiferente, mirando hacia el lado contrario para
no declarar en las que ya se calificaban “exhaustivas” investigaciones. Él, en
cambio, testigo presencial, jamás fue citado al respecto, tal vez porque se
trataba de un niño para la época.
Un ligero cambio de voltaje en el sistema eléctrico
produce un traqueteo en el ventilador que gira a toda velocidad en el techo del
cuarto de hotel, con el que pudo soportar el intenso calor de la noche y el
ruido espanta la cronología de sus evocaciones y lo regresa a la realidad. Por
la claridad que se cuela por la ventana del cuarto comprueba que comienza la
mañana de otro día sin haber pegado los ojos. Una vez más, imaginación, la loca
de su casa, lo mantuvo en vela en un viaje que indistintamente lo llevó al
pasado, lo condujo al futuro y no se detuvo en el presente, porque el hoy es
mucho más cruel que todo lo vivido y lo pensado.
FIN
GLOSARIO
:
A
Acusetas: Delator
Aguaje: Rimbombancia en el
lenguaje, la vestimenta, el caminar, etc.
Alcantarilla: Tapa la…. “No
hables tanta mierda”
Animalejo o aparatejo: aparato
que se desconoce
Arrechera: (arrechan,
arrechado,) enardecimiento de la libido
Arrechiná: Rebote de una cosa
que se tira. Solamente se usa en el juego de canicas.
B
Babillona: Mujer adulta.
Babuchero: Fabricante o vendedor
de babuchas, especie de calzado de lona.
Bacanidad: Naturaleza festiva, sin
complicaciones, persona agradecida y colaboradora que a todo le encuentra el
lado bueno.
Barrigón: De abdomen abultado.
Barrilete: Cometa
Billo: billete, papel moneda.
Boche. El…Nombre que los
italianos daban a los alemanes por su excesiva crueldad. Se le dio a Manuel
Hernández, humilde machetero oriundo de San Jacinto, Bolívar, al protagonizar,
tal vez por celos, una de las tragedias más reputadas del Sinú.
Brinca y pea: Da el salto al
tiempo que lanzas pedos.
Burundanga: Droga
alucinógena. Le echaron….
Burrear: Apareamiento sexual con
una burra, zoofilia o bestialismo.
C
Cacorrongo: Afeminado. Sin
embargo, al decir Cacorro, el sentido es el del hombre que practica el sexo con
homosexuales.
Cachacos: Específicamente es
hombre bien vestido, elegante y de buenas maneras. En la Costa Caribe se aplica
a los oriundos del interior del país.
Cachama: Pez de río.
Cachón: Marido cornudo.
Cagar: Evacuar los intestinos.
Se derivan, entre otros, cagadera, cagada, Cagón, etc. También hacer algo mal.
Regarla.
Cagajunto: Barrio al que le
dieron ese nombre por la disposición de las letrinas que por economía se
construyeron unas junto a las otras en las cuatro esquinas de los linderos.
Caga parao: Las letrinas eran
muy angostas.
Calabazo: Recipiente hecho del
fruto del totumo para el servicio doméstico.
Caliche: Piedra caliza
desmenuzada que se utiliza en construcciones.
Camonina: Se usa en el juego de
billar, para destacar que uno de los participantes juega más que el otro, pero
si hay apuesta de por medio, entonces finge ser novato.
Clus: forma campesina de llamar
los sitios de recreación de la élite de los pueblos.
Cocobolo: Pequeño pez de agua
dulce, casi extinguido, que vive en ciénagas.
Colgar los tenis: Morir. También
abandonar un a actividad.
Cuadro: Amigo, compañero.
Cucho: (a): Hombre o mujer de
edad avanzada, muy anciano. Generalmente se usa para referirse a los
progenitores.
Cueros. En… Desnudo.
Culo: Ano. Se aplica también al
órgano genital femenino.
Culitis: Miedo serval.
Comae: Mujer con la que se
contrajo el compromiso de bautizar un niño y cuando se agrega “laura”, se
refiere a la hembra del golero, ave carroñera.
Compae: Apócope de Compadre.
Congargalla: Se usa con el mismo
sentido de animalejo y aparatejo.
Coralibe: Se usó por muchos años
para calificar al hombre ignorante o al que salía de la montaña a los pueblos y
por ello desconocía el avance de las cosas. Montañero.
CH
Chá Chá Chá: Ritmo cubano
bailable, de gran aceptación.
Chakespeare: Forma en que, por
pronunciación figurada, se usa para hablar del escritor William Shespeare.
Chandoso: lleno de sarna. Perro
sarnoso.
Charúa: Nombre que se le da al
pez en otros lugares llamado Dorada. Se aplica a quien trata de acaparar en su
beneficio cualquier cosa.
Cheleca: Ave de pequeña altura,
que habita en pantanos y ciénagas.
Chévere: Agradable
Chócoro: Elemento del que en el
momento no se recuerda, o se ignora el nombre. También se denomina a los
utensilios de cocina, junto con trasto.
Chondo: Rápido. Inefable,
ineludible. Sorpresivo.
Choquehuancano: En alusión a
Choquehuanca, en donde el cura párroco escribió uno de los mejores elogios al
Libertador Simón Bolívar.
Chucha Barata: Chucha es uno de
los nombres que se aplica a la vulva de la mujer. Cuando se le agrega Barata,
quiere decir que una mujer se entrega sexualmente por pocos pesos.
Chucho: Apelativo popular para
designar a Jesús de Nazaret.
Chulavita, gentilicio de los
nacidos en ese poblado de Boyacá. Odiados y temidos por su carácter violento y
las acciones sangrientas que realizaron en gran parte del país en condición de
policías.
Chupundún: Onomatopeya que se
produce cuando algo cae a agua.
Chusmero: Calificación que se
dio a los que, para defenderse de los ataques de la política, se refugiaron en
las montañas y lucharon contra las fuerzas del gobierno en la época llamada “de
la violencia”.
D
Despepitado: de ojos saltones,
como si quisieran salirse de las cuencas.
E
¡Eche! Interjección que se usa
en distintas formas según el tema de la charla. Admiración, extrañeza,
desprecio, etc.
Enchichar: Ponerse furioso.
Enojado.
Empostado: Novillo gordo y
macizo.
Escolgar: Rodar hacia abajo.
Dejarse rodar.
F
Federico: Refuerza el diálogo.
Te digo Federico. Se usa como la frase: “Mejor dicho, Chicho”, o “Reymundo y
todo el mundo”
Feos: Calificativo despectivo
que se le daba a los miembros del servicio secreto de la policía, en la época
en que se distinguía a las oficinas con letras.
Fichar: Incorporar a los
prontuarios de la policía.
Fotuto: Tubo rústico, hueco. En
ocasiones se aplica a las gaitas y al órgano sexual masculino.
Frías: Cervezas.
Furrusca: Pelea, escándalo de
poca trascendencia.
G
Golero: Especie de buitre, ave carroñera.
Gordolobo: Ron costeño fabricado
en Cartagena.
Guaracha: Ritmo cubano bailable,
de especial aceptación y del cual derivó la Salsa. En mucho tiempo se llamó así
una zapatilla femenina.
Guapirreo: Grito alegre que se
lanza en momentos de júbilo, o en el trasteo de uno a otro potrero del ganado
en el campo, en los bailes denominados Fandangos.
Guayabera: Un camisaco de origen
cubano, que algunos proponen sea el atuendo en zonas calurosas, ya que dan
elegancia a quien la usa.
Güevas: Testículos
Guevonadas: Cosas sin
importancia.
J
Jacarandoso: Alegre.
Jaretas: Tiras para amarrar
pantalones e interiores.
Jedentina: hedentina
Jermu: Mujer
Jeta: Boca, cara
Joda:jJoder, del que derivan
Jodida, jodido, jodencia, y otros. Según el caso. También indica algo
desconocido: ¿qué es esa jod
Joguillo: asma
Jolón: Recipiente rústico para
conducir sobre animales diferentes tipo de carga, elaborado comúnmente en enea.
Jopo: ano.
L
Lombriciento: Niño o adulto
plagado de lombrices.
LL
Llaga: Cosa corroída, incurable,
trasto viejo.
M
Mamador de gallo: Juguetón,
dicharachero, chistoso.
Man: Vocablo del idioma ingles
que significa hombre.
Manguito: Árbol de mango de
mediana o pequeña altura
Manzano: Variedad de banano. En
este caso, la frase es: soy un man sano. Es decir, libre de asuntos engorrosos.
Mapalé: Ritmo bailable oriundo
de la zona costera, sumamente rápido y agotador.
María Manuela: acción de
masturbarse. Para decirlo sin ofender a los interlocutores.
Marica: Homosexual. Se derivan
mariquita, mariqueta, mano partida, y mil o más vocablos.
Marucho: El más pequeño de los
trompos. Se usa solamente para deleite de quien lo lanza. Carece de cabeza,
gira a gran velocidad y silenciosamente, por lo que también recibe el nombre de
“trompo sedita”.
Materire: Con dos acepciones. 1=
Dar muerte. 2=Gozar de los favores sexuales de una fémina.
Mea: Orina
Meneco: Asno
Mierda: excremento humano.
Conforme al tono y a la configuración facial, tiene una serie de significados.
Mojarra: Tilapia. Hay una
variedad de este pez de ciénaga. Negra con amarillo llamada africana, blanca,
rosada y roja, que a veces se confunde con el pargo rojo de mar.
Mocho: Que perdió una de las extremidades inferiores. Pantalón corto y
también acto sexual.
Mojón Rodao: Nombre de barrio
que, por haber sido levantado en la cima de una loma, se decía que las
evacuaciones intestinales rodaban loma abajo.
Moncholo: Pez de pantanos y
ciénagas.
Mondongo: Asadura de los
animales
Morunos: Interiores femeninos,
que por años recibió este nombre por haberse conocido con la llegada de inmigrantes
árabes.
Moroline: Pomada que se usaba
para sentar el cabello al peinarse. De excelente calidad prevaleció gran tiempo
en el mercado hasta ser desplazada por la brillantina Palmolive.
N
Negramenta: Conjunto de personas
de color negro. Aun cuando se ponga en duda, es más utilizada por los negros
que por los de las otras razas.
Níquel: Moneda antigua
Ñ
Ñame: Tubérculo regional, muy
apetecido. Base del plato típico sinuano-sabanero llamado Mote de Queso.
Ñapa: Llapa. Adehala.
Ñeja: Estiercol humano
P
Paja: Masturbación
Panola bayeta, trapo
Pará: Por “parada”.
Papayo: Sitio al que
supuestamente conducían a los que iban a ser ajusticiados.
Papindó: corte de pelo famoso en
los primeros años del Siglo XX
Pargo Rojo: Billete de la más
alta denominación en la circulación de papel moneda.
Peluda: Uno de los nombres para
designar el órgano sexual femenino.
Pendejo: Bobo, menso. También
vello púbico.
Pinrieles: Zapatos
Pirámide: Pañuelos, camisas y
pantaloncillos con esa marca, considerados de fina calidad.
Pizingo o Pisingo: Pato silvestre, diezmado por los cazadores. Aves migratorias.
Platirrino: Nombre que designaba
a un tipo de orangutanes, aparentemente extinguidos.
Polimata: Unión de vocablos para
designar a los cuarteles de la policía y para disimular la sindicación de
asesinar a ciudadanos. Fue acuñada y muy utilizada en la denominada “época de
la violencia”.
Popol: Policía política. Dos
vocablos usados solamente durante la época de la violencia, cuando se acusó al
gobierno de crear una policía destinada a la persecución e inmolación de los
contradictores.
Pueblo Pescao; Un sitio que se
distinguía por su figura, en donde la base era más larga que los flancos y
abarcaba un largo trayecto de la avenida del río. En un principio fue
asentamiento de mujeres dedicadas a la elaboración y venta de alimentos y poco
a poco invadida por toda clase de personas. Se le llamó también El Triángulo de
la Vergüenza.
Q
Quiubo: A manera de saludo
indaga qué ha pasado desde que no se veían. “Quiubo, cómo te va”.
R
Raicilla: Raíz medicinal, cuyo
nombre es el de Ipecacuana.
Raicillero: El que en la selva
busca las matas de raicilla para apoderarse de la raíz.
Rechauchío: Excesivamente
arrugado. Anciano.
Remilgar: Aparentar, creerse
superior.
Rueda en la torre: El nimbo de
los santos
S
Saca las trabas: hombre anciano
que parece andar con las piernas atadas.
Sardina: Impúber, mujer que ha
dejado de ser niña, pero aún no alcanza la pubertad.
Sitio: Concentración urbana
T
Tartarita: Sombrero tejido de
palma, redondo, de ala corta, tiesa y dura, adornado con un cintillo ancho.
Generalmente blanco y cintillo negro. El más famoso fue, tal vez, el usado por
el artista francés Maurice Chevalier en sus presentaciones de baile.
Tarulla: Especie de planta
acuática que en ciénagas crea una plataforma sobre el agua y cuya densidad
permite transitar por ella.
Tetra hijueputa: Hijo de puta al
cuadrado, una lacra.
Trucutú: Personaje de tiras
cómicas que aparentemente solo circuló en dos o tres periódicos del país en el
siglo pasado. Representaba a un cavernícola que todo lo solucionaba con un
garrote que parecía ser parte de su cuerpo.
Tres Puntá: Abarcas de tres
puntos de amarre.
Tira: Detective del Servicio de
Inteligencia Colombiano —SIC—
Tirar: Tener relaciones sexuales
Tirria: Encono, odio,
malquerencia.
Totumo: Pequeño árbol que
produce unas bolas de las que los campesinos confeccionan cucharas y una
especie rústica de jarros.
Torra; Cabeza
Tirria: Encono, odio,
malquerencia.
Tragadero: Garganta
Traquetear: Hacer ruido
V
Vacilón: A manera de burla.
Vacile, vacilando, vaciladero, son algunas
Vallenato: Generalmente hombre
negro que va perdiendo la melanina. Inexplicablemente los nativos de
Valledupar, cuyo gentilicio es valduparenses, fueron aceptando lo de vallenato
y hoy se enorgullecen de lo que antes rechazaban airadamente.
Viejito (a):: Forma cariñosa de
llamar a los ancianos.
NOTAS
.
1- El Camajón fue abatido por un vendaval en la noche del 30 de agosto
de 2013.
2-En las versiones originales los versos resaltados dicen: “Para venirte
a insultar”; “Es de una cualquiera”; “Te gusta el trago del macho”
3- La visión del autor sobre las condiciones de Pueblo Pescao, difieren
mucho de la realidad al compararlo con otras zonas deprimidas del país o de
otros lugares del mundo. La bucólica aldea en que se desarrollan las acciones
no tiene semejanza alguna con barrios de Río de Janeiro, Sao Paulo o Manaos conocidos
como Fallevas, o de Calcuta, en la India, en donde transitar por algunos
barrios de los extramuros obliga a introducir los pies hasta más arriba de los
tobillos en corrientes de aguas putrefactas, cadáveres de animales y seres humanos.
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